Leopoldo Calvo-Sotelo y su mujer, Pilar Ibáñez-Martín. Cedida
Política EL LIBRO DE LA SELVA Cien años de Calvo-Sotelo, el presidente que escribía sonetos a sus adversarios: un antídoto contra la polarización de hoyCumpliría 100 años el próximo martes, 14 de abril. Se recogen aquí los versos satíricos que dejó para que se publicaran sólo tras su muerte.
Daniel Ramírez Publicada 11 abril 2026 02:51hLas claves nuevo Generado con IA
Le dolió en el alma aquel día en que Hugh Thomas, el historiador, le dijo en Bath, en una mesa redonda celebrada a cien kilómetros de la tumba de Shakespeare: "Eso que usted ha dicho, ¿lo ha leído en un libro de citas? ¿O se ha leído la novela de verdad?".
El señor Thomas, un cachondo, además de un gran historiador, murió en 2017; y se ha perdido a toda esta generación de políticos españoles que, en su gran mayoría, no se acerca siquiera a los libros de citas.
Leopoldo Calvo-Sotelo (1926-2008), nuestro protagonista, que ahora habría cumplido cien años, sintió una estocada en el amor propio no porque Thomas le dibujara como un ignorante, sino porque la novela que había citado, Orgullo y prejuicio, le recordaba a él y a su mujer, Pilar.
Escribo estas líneas después de visitar la biblioteca del segundo presidente de la Democracia española, casi siempre injustamente olvidado, a través de una entrevista que le hizo el poeta Jaime Siles. Un recorrido por todos esos libros de los que, por pudor y contención, nunca presumió.
A Calvo-Sotelo lo olvidó Sánchez en el Congreso cuando recitó aquel discurso con el que dio las gracias a los presidentes anteriores por sus trabajos europeos. ¡Se olvidó a Leopoldo, que nos metió en la OTAN y dejó hecha la entrada en el mercado europeo para que Felipe González la firmara!
Calvo-Sotelo, el presidente que olvidó Sánchez en su discurso sobre Europa: "¡Qué imprecisión!"Lo peor es que lo olvidó sin querer.
De Sánchez podía esperarlo, pero no de todas las personas que estaban en la plaza de una capital de provincia el día de la despedida de soltero de mi amigo Asier. No nombro la ciudad porque, estoy seguro, habría sucedido lo mismo en cualquier otra.
En función de la pregunta que se le hacía, Asier debía intuir qué grupo de gente iba a ser capaz de acertarla. La pregunta era: "Nombre a los presidentes de la Democracia española". Cada vez que fallaban, Asier debía beber un chupito.
Nadie se acordó de Leopoldo Calvo-Sotelo.
Pobre Asier y pobre Leopoldo. Sobre todo, pobre Asier. Por culpa de Leopoldo se agarró la curda de su vida. Ahora, supongo, Asier repudia más la Transición que Pablo Iglesias.
La parte seria del artículo, la más aburrida pero la más importante, sería esta: de Calvo-Sotelo hay que acordarse porque, en poco más de un año, nos metió en la OTAN, dejó encarrilado lo de Europa, aprobó la primera ley del divorcio desde la República y, con el juicio del 23-F, encumbró ya para siempre al poder civil por encima del poder militar.
Leopoldo Calvo-Sotelo, detrás de Adolfo Suárez, el día que el pleno del Congreso debatió la Ley de Amnistía. Efe
Leopoldo Calvo-Sotelo es mi rosario laico. Le doy vueltas cada vez que se aparece, como Moby Dick, el monstruo de la política contemporánea en sus peores encarnaciones.
Desde que vi Midnight in Paris, de Woody Allen, y me hice consciente de cierta enfermedad melancólica, me repito con cada columna: "Cuidado, cualquier tiempo pasado no fue mejor". Con la UCD, sí.
Empiezo por lo más básico. Calvo-Sotelo, hierático y físicamente distante, es exactamente lo contrario al populismo sentimental de hoy. ¡Hasta el gélido Sánchez te da un abrazo si te despistas!
Criticaban a Leopoldo por esa falta de calidez. Por falta de carisma. Por esas condiciones inherentes que jamás intentó camuflar y que lo alejaron, por ejemplo, de ser candidato.
A Leopoldo, y con Leopoldo, pasó lo mejor que le podía pasar a él y lo mejor que podía pasar a los españoles: fue ministro y presidente sin tener que liderar una lista a las generales. Llegó con la dimisión de Suárez, golpe de Estado fallido mediante.
Un ministro de la UCD me contó que, claro, desconcertaba el contraste con Suárez porque "Adolfo" era un "abrazador", "el hombre que mejor daba la mano y abrazaba de España". No se le pasó esa tentación ni cuando una mujer –me lo dijo Ónega– le agarró por las pelotas en un mitin y se las sobó hasta comprobar su tamaño.
Y, de pronto, aparece Leopoldo, con su seriedad circunspecta y su distancia sideral. Calvo-Sotelo era un gran creyente. Hombre de una sola mujer. Familiar. De esos de antes, vamos. Dios se lo llevó para ahorrarle las cabalgadas de Ábalos.
Enlazo ahora con su formación. Otro elemento para colocar en el espejo del presente: Calvo-Sotelo fue ministro después de… ¡25 años trabajando en la empresa privada! Y, luego, fue presidente… después de ser varias veces ministro y vicepresidente. Alumno de institutos públicos, ingeniero de Caminos.
Leopoldo Calvo-Sotelo con Pedro J. Ramírez.
A través del verso
Leopoldo Calvo-Sotelo escribió un libro sensacional sobre la Transición. Irónico, ácido, contundente. Pero, para conocer los secretos de este hombre-antídoto, lo más importante no es su prosa, sino su poesía.
Calvo-Sotelo estuvo sesenta años escribiendo poesía satírica y amorosa.
Acaba de caer en mis manos el libro de reciente publicación que saca esos versos a la luz. Bastan estas páginas para alcanzar lo que su amigo Pedro de Silva –otro poeta y político, expresidente de Asturias, gran desconocido– llama "el corazón de la esfinge".
Se titula Poesía en la tangente. Lo edita Pigmalión. Basilio Rodríguez y su equipo han hecho un trabajo sensacional porque cada poema va seguido de su contexto.
Ahí es donde he encontrado la entrevista que le hizo Jaime Siles a Calvo-Sotelo sobre su biblioteca, que es la biblioteca de un curioso, el mar de libros reunidos sin más objetivo que el de "mariposear".
Hablaba Calvo-Sotelo con una modestia de sí mismo verdadera, no como la de Guardiola, y decía: "No he profundizado en nada". ¡Joder, pero sí recitaba a casi todos los clásicos de memoria!
Decía que no había leído literatura francesa y, en otra respuesta, sin darse cuenta, desmigaba las claves de la obra de Balzac. "Me dan pena los franceses porque, por culpa de su idioma, no han podido disfrutar del endecasílabo", contaba en otro rato. Y tocaba el piano. Era para matarlo.
Las cuestiones referidas al amor, a su mujer y a sus hijos, las dejo para otro artículo porque era un amor inconmensurable y porque tuvo tropecientos hijos. Pero la poesía… ¡ay la poesía!
Calvo-Sotelo, en una feria libresca, con un ejemplar de Unamuno, autor predilecto, en la mano. Cedida
¡Un hombre que escribía versos y no los publicaba! ¡Un presidente que publica libros que no escribe! España, qué nos estás haciendo.
No es que la editorial Pigmalión haya traicionado la voluntad del presidente Calvo-Sotelo publicando estos materiales a traición. El propio Leopoldo dejó escrito con soberana ironía: "Mi mujer podría ganar algún dinero, dentro de muchos años, publicando los sonetos más impertinentes y políticamente incorrectos".
Son sonetos, en sus propias palabras, bien medidos y mal intencionados.
Los utilizó para desquitarse desde muy chaval, desde que era ese capitán de quince años del poema de Gimferrer. Cuando le escribió un soneto al SEU –el sindicato facha–, tuvo la inconsciencia o la valentía de repartirlo entre amigos. Se buscó un follón.
Me ofende, sí, el fascismo declarado,
la retórica hueca, el visigodo
escalafón, que asciende al más osado.
Había que escribir eso en 1942, con la dictadura germanófila y la División Azul en ciernes.
Con ese soneto aprendemos que Calvo-Sotelo, a diferencia de otros compañeros, no fue siquiera un converso. Desde adolescente se vistió monárquico y era de esos chavales que hacía pintadas contra el régimen.
Aunque luego, cuando fue nombrado procurador y presidente de Renfe, adoptó esa postura más pragmática de cambiar desde dentro mucho antes de que muriera el dictador. Sería, al fin, un conservador-liberal, un moderado. Un conservador en lo social y un liberal en lo económico.
Carboncillo de Julio López Hernández que retrata a Calvo-Sotelo. Cedida
Lo peor del conservadurismo de Leopoldo es que no terminaba los tacos en sus sonetos. Los escribía con puntos suspensivos. Aquí vamos a hacerle, con su permiso a través de la ouija, la censura a la inversa. Porque gana en literatura.
Hay otro poema que tiene gracia y que conviene rescatar hoy. Lo firma en 1957, con 31 años, sin saber que iba a presidir los trenes, claro. Ahí va, querido Óscar Puente:
Las dos sin recursos,
y mal gobernadas
son claro trasunto una de la otra
la Renfe y la España.
Que Dios las bendiga y el Rey las rehaga.
Lo mejor de su poesía llega, paradójicamente, con la política. Cuando adquiere responsabilidades de poder. Lo más divertido es el verso amigo, la manera tan cachonda de solventar los líos internos, que en la UCD fueron brutales.
Por ejemplo, cuando le escribe al ministro, su ministro, Pío Cabanillas, un soneto que termina así: "Con su lío y sus follones, ¿qué cojones querrá Pío?". Lo hace en el propio papel timbrado del Consejo de Ministros.
O cuando, en 1985, ya fuera del Gobierno, bromea de esta manera sobre la deriva del felipismo:
Felipe va en el Azor
mareadísimo de pesca.
Guerra va de gresca en gresca
y Ordóñez de flor en flor.
Maravall de inquisidor
y Calviño de patraña.
¡Que Dios se apiade de España!
Mi poema favorito es este en el que simula un diálogo entre Felipe y Guerra por los cambios de opinión sobre permanecer o salir de la OTAN. Téngase en cuenta que Calvo-Sotelo había liderado esa entrada.
Alfonso de mis amores:
voy a quedarme en la NATO.
Da igual gato negro o gato
blanco, si caza electores.
Felipe, no me seas chulo:
hay que irse de la OTAN
porque si no, no nos votan
y nos darán por el culo.
Hubo un día en que Calvo-Sotelo sintió que un periodista manipulaba sus palabras. ¡Un bulo!, que dirían Moncloa o Génova. Ese periodista, de sentir los políticos de hoy tal manipulación, estaría vetado para siempre. Calvo-Sotelo le dio otra entrevista y le escribió:
Periodista mendaz que me interpretas
dando tu pluma a todos los venenos,
que has traducido en fárragos y cienos
mis palabras clarísimas y escuetas.
Sigo preso de tu arrogancia impune, periodista.
Mañana voy a darte otra entrevista.
Me sirven como cierre a esta semblanza otros versos del propio Leopoldo, esos en los que dice:
Un verbo que, a mi ver,
vale todo el diccionario.
El verbo es éste: volver.
Al amigo, a la patria, a la mujer.
Imagino a Calvo-Sotelo, el poeta y el presidente, que es el mismo, en la ribera de Ribadeo, como aquel día en que cogió la lira con otro expresidente, el de Colombia, y se pusieron a lanzar versos, unos mordaces y otros emocionantes, sobre las crueldades del poder.
Imagino a Leopoldo en la cara oculta de la Luna, avistado por Artemis, arrojando esos versos a la Tierra, sentado y con los pies colgando del satélite.
¡Viva Leopoldo Calvo-Sotelo!