Nicolás Sánchez Albornoz, historiador y protagonista de la mítica fuga de Cuelgamuros. Sara Fernández
PolíticaHABLANDO SOBRE ESPAÑA Cien años de Sánchez-Albornoz: "Al PSOE le pasa factura la corrupción. Añoro la honradez de la izquierda republicana"El último superviviente de la fuga de Cuelgamuros aboga por su demolición: "Hay que derribarlo. ¿Qué garantía tiene el futuro de su resignificación si Vox entra en el Gobierno?".
"En el Congreso de 1936, había polarización pero con mucho nivel. Hoy imperan los analfabetos que chulean".
"Tenemos un rey que cumple con la Constitución. La monarquía no está en tela de juicio".
Daniel Ramírez Publicada 15 marzo 2026 02:43hLas claves nuevo Generado con IA
No dejamos de mirarle las piernas. Son las últimas. Las últimas piernas que se fugaron, literalmente, del Valle de los Caídos.
Las cubren unos vaqueros. Las sostiene un bastón que acaba en un perro plateado. Y las cubre la cabeza de uno de los historiadores más reputados de la segunda mitad del XX.
Nicolás Sánchez-Albornoz (1926-inmortalidad) está mirando al infini…
–¡Oigan! ¡Para qué me ponen mirando al infinito si a mí lo que me interesa es lo que tengo enfrente! ¿Habéis venido para que mire por la ventana?
Se queja don Nicolás, que tiene sentido del humor pero también mala leche, a las fotógrafas. Es una frase que encierra esa manera de vivir que garantiza longevidad: no pensar en lo lejano, en lo abstracto; mantenerse radicalmente anclado a la vida, a lo concreto.
–¡Esperen, esperen! Que me abroche la americana.
Nicolás Sánchez-Albornoz: "Me fugué de Cuelgamuros con un tobillo roto y la Guardia Civil detrás"
Ahí aparece el Sánchez-Albornoz historiador, el del rito serio y académico. Su rutina está siendo un tanto engorrosa porque, con su cien cumpleaños, se le ha llenado la agenda de homenajes. Lo acaban de condecorar con la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio y con la de Isabel la Católica.
Siempre lo presentamos así, como el protagonista de una fuga, como el protagonista de una película –Los años bárbaros, de Fernando Colomo–, pero es también un historiador de prestigio internacional. El primer director que tuvo el Instituto Cervantes.
Nieto de un senador de la monarquía alfonsina, hijo de otro historiador, Claudio, que fue ministro de Exteriores de la República. Esto que está sucediendo ahora, en un piso a orillas del Retiro, es un ejercicio de magia negra.
¡Absoluta brujería! Cuando nació don Nicolás… no habían nacido nuestros abuelos. ¡Vio jurar la presidencia a Azaña en el Congreso! ¡Se despertó el 20 de julio de 1936 con tiros dentro de su habitación!
Tres cárceles y tres exilios. Se recogen en su libro Cárceles y exilios (Anagrama, 2012). Veía carteles de Gil Robles yendo al cole en autobús.
Se exiliaron a Francia. Llegaron los nazis. Volvió a España con sus abuelos. Lo encarcelaron por opositor clandestino en la universidad. Se exilió –fugó– otra vez a Francia. Acabó en Argentina. Otra dictadura. Se exilió a Estados Unidos.
Lo de la fuga… ¿cómo no iban a hacer una película? Dos chicas, las dos "Bárbaras", esperándoles a su compañero y a él en El Escorial, adonde llegaron campo a través en plena fuga. Un coche con banderines de barras y estrellas. Accidente. Retraso. Frontera con Francia. Desorientados en la noche. Un tobillo roto. La libertad.
Y aquí estamos, tanto tiempo después, como si todo y nada hubiera sucedido. Preguntando con cuidado, para que don Nicolás no nos pegue con el bastón. Está encantado, pero dice que se le hace largo.
Que para qué la entrevista si ya lo ha escrito en un libro. Por eso sus respuestas son concisas, porque no puede desprenderse del historiador y no quiere mencionar nada que no sea contrastable.
Y tiene razón. Nos dedica el libro: "A mis ilustres pesados".
Feliz siglo, don Nicolás.
Un siglo entero.
¿Cómo lo ha celebrado?
Me han dado bastante la lata con unos cuantos homenajes.
¿Y en su casa? Más allá de la pompa y circunstancia.
Vino la familia. Como otras veces. Comimos, charlamos y bebimos.
Hombre, don Nicolás. Como otras veces…
Bueno, sí, libamos, libamos… Lo reconozco.
¿Qué recomendaciones médicas no ha seguido para llegar hasta aquí?
He tenido mucha afición a caerme. De joven y de mayor. Como me caí tantas veces de chaval, se conoce que mi cuerpo está acostumbrado. Mis huesos deben de tener buena encarnación.
Me falta un poco de estabilidad. Por eso llevo este bastón [lo miramos de reojo; don Nicolás tiene tanto genio como sentido del humor]. Este tobillo, el izquierdo, me lo he roto más de una vez.
Cuando se cayó durante la fuga de Cuelgamuros.
Sí, esa fue una. Estaba todo muy oscuro, no veía nada y me caí en una vieja trinchera de la guerra. Pero ya estábamos cerca. Poco a poco, llegamos a Francia.
Tres cárceles y tres exilios. No llega a ser así y cumple los doscientos años.
¡Ja! –suelta una carcajada–. Así fue. Primero, durante la guerra, me exilié en Francia. Después, tras la fuga, acabé en Argentina. Y, por último, en Estados Unidos.
Sánchez Albornoz es autor de "Cárceles y exilios". Sara Fernández
Usted estaba en el Congreso de los Diputados el día que Azaña juró su cargo como presidente de la República. Eso no es biología; eso es brujería.
Era un niño de diez años. Mi padre era entonces, aquel mayo de 1936, vicepresidente de las Cortes. Le pareció un momento histórico. Hizo arreglos para que mis hermanas y yo estuviéramos en el Parlamento.
Recuerdo estar asomado por la ventana hacia la Carrera de San Jerónimo y ver llegar a Azaña seguido por el regimiento de Alabarderos.
Los diarios de sesiones y las crónicas de Wenceslao Fernández Flórez de aquellos días revelan una tensión enorme, pero también un gran talento entre los oradores.
Sí, es cierto. Había polarización, pero el nivel era muy alto. Hoy son frecuentes los analfabetos. Analfabetos que, además, chulean. La mala educación en el Parlamento me resulta chocante. Y encima es aburrido. Los debates son aburridísimos. Casi siempre apago la tele.
En aquel 1936, la violencia política alcanzaba también a los niños. La política lo había carcomido todo.
En el colegio, unos éramos republicanos y otros eran monárquicos. Lo mismo sucedía en el edificio donde vivíamos. Nos peleábamos, nos pegábamos puñetazos en la cara. Recuerdo una pelea que tuve con el hijo del conde de San Luis.
Las derechas estaban cocinando el golpe militar. Además, como supimos después, en concertación con Mussolini. Ante la falta de razones, ante la ausencia dialéctica, se echaron en brazos de la violencia.
Su padre, Claudio Sánchez-Albornoz, representaba una estirpe política que ya no existe: el republicanismo liberal. Muy lejos de la extrema derecha, pero también de la extrema izquierda. Con la guerra y la dictadura, esa manera de entender la sociedad desapareció para siempre.
La disyuntiva monarquía o república se ha diluido bastante; supongo que luego lo comentaremos. Mi padre era hijo de un diputado y senador de la monarquía. Su evolución nos puede permitir entender cómo nació el republicanismo en España.
En aquellos años veinte, el Ejército estaba envalentonado por las operaciones del Rif. Alfonso XIII entregó la nación a un dictador militar. Las desigualdades, la tensión social y la ausencia de libertad fueron gestando el republicanismo. Sólo así se explica que mi familia, con cargos en la monarquía, se hiciera republicana.
Su abuelo, además de su padre, también abrazó el republicanismo.
Sí, por inercia. Ya le digo: así puede entender lo que era España. Cómo debía de estar España para que mi abuelo no tuviera inconveniente con la república después de tener cargo treinta años en la monarquía. Mi padre, creo, se hizo republicano en la universidad.
Usted también se hizo republicano activo, opositor clandestino, en la universidad. ¿Y hoy? ¿Sigue siéndolo? ¿Quiere una república o ese debate está superado?
Me parece que ese debate no está presente hoy apenas en la sociedad española. Tenemos un jefe del Estado que cumple con la Constitución. No hay urgencia para plantear el debate. El contexto social no tiene nada que ver con el de hace cien años. La gente podrá pensar de una manera o de otra, pero la monarquía no está en tela de juicio en este momento. Esa es mi opinión.
¿Usted echa de menos una izquierda liberal al estilo de la de su padre? Esa manera de entender la política ha desaparecido del Parlamento.
Usted exagera. Tiene menos peso, pero no ha desaparecido.
¿Dónde está?
Algunos diputados socialistas son bastante liberales y menos vocingleros que esa otra izquierda.
Usted, que padeció en carne propia el franquismo. ¿Vox es la resurrección del franquismo?
Hay que establecer una diferencia entre los dirigentes de Vox, que tienen ese tufo franquista, y los jóvenes que lo apoyan, que no saben lo que es el franquismo. ¿Cómo van a ser esos votantes nostálgicos del franquismo si no habían nacido cuando se murió Franco?
¿Qué le pasa a la izquierda? ¿Por qué, según las encuestas, no aspira a ganar ningunas elecciones?
Percibo una falta de inteligencia entre los dirigentes. Podemos surgió como un movimiento dinámico, de reacción a grandes problemas sociales. Yo compartía el diagnóstico. Lo que pasa es que el partido tuvo unos dirigentes deplorables. No supieron canalizar esa reacción social.
¿Y el PSOE?
Supongo que la corrupción le está pasando factura. Echo de menos la honradez típica de la izquierda republicana.
Julio Anguita me decía en una entrevista que era un error intentar construir la Tercera República pensando en la Segunda porque en aquel periodo no se logró la alternancia pacífica entre izquierda y derecha. ¿Se mitifica hoy demasiado la Segunda República?
Probablemente. Cada momento exige su fórmula política. No hay recetas que valgan.
Un momento de la entrevista. Sara Fernández
Vayamos al 19 de julio de 1936, al golpe de Estado que desemboca en guerra civil. Usted amaneció con tiros dentro de su habitación.
Sí. En Madrid, se sublevó el Cuartel de la Montaña, que estaba en frente de nuestra casa de la calle Ferraz. Mi padre había sido nombrado embajador en Lisboa y estaba allí con mis hermanas. Yo me había quedado en Madrid porque estaba enfermo. La sublevación fue la tarde del 19 y las fuerzas leales a la República lo asaltaron en el amanecer del día 20 de julio.
Yo estaba en la cama y empezaron a entrar balas por la ventana, que provenían del Cuartel de la Montaña. Mi abuela Teresa se tiró encima de mí para protegerme. Me llevaron a otra habitación, a la zona del interior de la casa. Recuerdo el ruido de las bombas. Fue un jaleo.
Sí, debió de haber mucho… jaleo.
Sacaron colchones de nuestra casa para los milicianos heridos. Las fuerzas republicanas utilizaron el teléfono que teníamos como enlace con el Ministerio de la Guerra.
Luego lo llevaron en barco a usted hasta Portugal.
Sí, me montaron en el principal barco de la Marina portuguesa. Me impactó mucho. Imagínese, un chaval de diez años recorriendo ese mundo de guerras metido en un buque enorme. Con todos los marineros uniformados.
El dictador de Portugal, Salazar, apoyó el golpe de Franco; hizo todo lo posible para que prosperara. Pero usted le reconoce en el libro haberle salvado la vida.
El "Gobierno de Burgos", así se llamaba en ese momento, quería acabar con los embajadores que se mantenían en sus puestos fieles a la República. En Portugal, como usted apunta, Salazar hacía todo lo que podía para ayudar a Franco, pero mi padre, el embajador, era republicano.
Vivíamos prácticamente encerrados en el palacio de la embajada, en Lisboa. Mi padre no quería que saliéramos, temía que nos pasara algo. Entonces, el Gobierno de Burgos mandó un tirador para acabar con nosotros. Se lo dijo él mismo.
¿Cómo que se lo dijo él mismo?
Sí. El tirador fue a ver a mi padre y le dijo que, si no abandonaba la embajada, dispararía contra él y contra nosotros. Mi padre le dijo que se mantenía en su puesto, leal a la República: "Coja la puerta y márchese".
Cuando se fue, mi padre, en un gesto bastante flamenco, salió a pasearse por las plazas como diciendo: "Venga, si se atreve, dispáreme".
Nicolás Sánchez Albornoz, durnte la entrevista con EL ESPAÑOL.
Y actuó el gobierno de Salazar.
Sí. Mi padre lo comunicó al Ministerio de Exteriores portugués, que ordenó a la Policía que detuviera a ese hombre y lo pusiera en la frontera. La documentación del caso está en el archivo nacional de la Torre de Pombo, en Lisboa.
Salazar, muy derechista y muy franquista, no quiso que se produjera un hecho tan incivilizado, por decirlo de alguna manera. Apoyó mucho a Franco, pero se negó a aceptar que le mataran a un diplomático dentro de su país. Que te maten a un diplomático en casa es una deshonra para cualquier presidente.
"El Gobierno de Franco mandó un tirador a Lisboa para acabar con nosotros"
¿Cuándo y por qué se marcharon, entonces, de Lisboa?
Salazar optó por la solución más… tranquilizadora para él. Rompió relaciones diplomáticas con la República. Como consecuencia, el embajador español, mi padre, debía abandonar Portugal.
No podíamos regresar a España porque las fronteras ya estaban en manos de Franco. Nos fuimos en un barco inglés y desembarcamos en Francia. Nos instalamos en Burdeos porque mi padre era conocido allí, era doctor honoris causa por su universidad.
¿Cómo le contaría a un chaval de 15 o 16 años lo que fue la Guerra Civil?
Fue una guerra que jamás tenía que haber sucedido. Las fuerzas reaccionarias dieron un golpe de Estado que no prosperó porque la República se defendió con los militares leales y con el apoyo de la gente que se echó a la calle.
Al no prosperar el golpe, se produjo la guerra civil. El bando franquista se impuso porque recibió el apoyo de Hitler y Mussolini. Sin ellos, Franco ni siquiera habría podido llegar a la Península.
La República se alimentó, al mismo tiempo, de la Unión Soviética y de las Brigadas Internacionales. La guerra tuvo esa dimensión internacional.
Sí, pero fue un apoyo mucho menos cuantioso.
¿Está usted de acuerdo con la tesis del republicano Chaves Nogales? Esa según la cual, ganara quien ganase la guerra, saldría un dictador.
No estoy de acuerdo con esa observación. La República tenía frontera con Francia y relaciones diplomáticas con Inglaterra. No creo que hubiesen permitido la instalación en España de un régimen comunista parecido al de la Unión Soviética.
Una ironía del destino: estando ustedes refugiados en Burdeos, llegó la Ocupación y les obligaron a acoger como huésped a un nazi de la Legión Cóndor. ¿Cómo fue aquello?
Sí. Nosotros ya llevábamos unos años en Francia. Cuando llegó la Ocupación, mi padre tuvo la suerte de que una parte de la policía francesa, reticente a los alemanes, le avisó de que iban a ir a detenerle. Huyó rápidamente a la zona no ocupada.
En esos días, fue cuando los alemanes nos obligaron a acoger a un militar de la Legión Cóndor. Era un oficial, y no un político. Tenía sus normas de comportamiento y de cortesía.
¿Sabía él que ustedes eran republicanos exiliados?
Sí. Además, nosotros sabíamos alemán y eso hacía posible la conversación. Nos decía que había estado en España y que era un país que le gustaba mucho. Era un hombre noble, o así se comportó con nosotros.
Nicolás Sánchez Albornoz, historiador y protagonista de la mítica fuga de Cuelgamuros. Sara Fernández
Al poco tiempo, ustedes recalaron en España. Fue su primer regreso.
Mi padre no podía volver y se marchó a Argentina. Entonces, nos mandó a España a vivir con mis abuelos. Pese a que mi abuelo había sido diputado de la monarquía y ser un anciano en la posguerra, le pusieron una multa millonaria por haber "apoyado" la República indirectamente a través de su hijo.
¿Cómo era ser un joven con inquietudes culturales y literarias en la España de mediados de los cuarenta?
Se refiere a mi llegada a la Universidad, en Madrid. Antes tuve que examinarme por libre del bachillerato porque no me homologaban los estudios franceses. La universidad era oscura, porque la mayoría de profesores brillantes habían sido sustituidos por gente que tenía méritos de guerra y cosas así.
Me impactó mucho asistir a la clase que solía dar mi padre y que no estuviera él, que ya no fuera su asignatura. El sello de aquella universidad lo daban los curas; todo estaba lleno de curas. Y la Falange, con muchachos que desfilaban vestidos de camisa azul y correajes.
Después de las labores de oposición encuadrado en la FUE –la oposición universitaria–, lo detienen en Barcelona. Leída desde el presente, la escena es entre ridícula y surrealista. Casi berlanguiana.
¿Verdad que sí? Me dijeron que debían llevarme a la Dirección General de Seguridad, en los sótanos de la Puerta del Sol, y que no había dinero para el traslado. Tuve que elegir entre un viaje de dos semanas o pagar yo mismo el tren. Pagué el tren.
Es que esa España era así. Un cuartel enorme, todos mal pagados. En la DGS se torturaba no sólo por crueldad, sino también para ahorrar. Porque tener gente preparada para interrogatorios inteligentes es mucho más caro que torturar.
"En la España de Franco se torturaba no solo por crueldad, sino porque les salía barato"
Es usted el último superviviente del campo de Cuelgamuros, el último preso político con vida obligado a esa construcción.
Había trabajos muy duros. Otros, como el mío, no tanto. Porque a mí no me tocó poner ladrillos, el pico y la pala, ni cargar con el material.
Estaba en la oficina, con los papeles. Era un joven universitario que sabía escribir a máquina. Tuve suerte. Las condiciones de higiene y alimentación eran muy duras. Nos comían las chinches.
Ha dicho usted que era una jugada maestra para el régimen y para las empresas.
Sí, porque el régimen cobraba dinero a cambio de alquilarnos; y las empresas conseguían una mano de obra baratísima. Los benedictinos se inventaron esa infamia de la "redención de penas por el trabajo". Una fabulación del clero.
¡Y todavía dicen que nos pagaban! Nos ingresaban una cantidad miserable en una cartilla. Si no me hubiera fugado, me habría gastado todo ese dinero con el mero hecho de regresar a mi casa desde Cuelgamuros.
Hoy está abierto el debate sobre el futuro del Valle de los Caídos: ¿derribo o resignificación?
La resignificación me parece muy difícil, por no decir imposible. El derribo me parece lo más lógico.
Es un monumento cuya arquitectura impide la resignificación. Además, en el contexto actual, si no se hace nada, se caerá. ¿Debe seguir destinándose tanto dinero de los Presupuestos a mantenerlo en pie? Si se dejara de actuar, la naturaleza haría su trabajo.
Si se derriba Cuelgamuros, ¿no será mucho más difícil explicar en el futuro que hubo una dictadura nacionalcatólica que construyó ese mausoleo sobre una mitad de España y con el trabajo de presos políticos?
Usted habla de poner paneles explicativos y esas cosas. Más importante me parece que se publiquen libros y se hagan documentales. Además, si eso sigue en pie, ¿qué garantías tenemos de que esa resignificación perdure? Ahora que Vox va a entrar en el Gobierno, ¿lo van a resignificar? ¿Lo van a permitir?
Cuente la fuga. ¿Cómo fue?
Me habían condenado a seis años teniendo yo 21. Pensé: "Voy a salir de aquí con 28, sin estudios y sin experiencia laboral. Con media juventud perdida". No lo soportaba. Y nos pusimos a organizar la fuga mi compañero Lamana y yo, en conversación con la FUE de París.
La conversación era posible porque el campo tenía un régimen particular.
Sí, no era un campo de concentración como los alemanes. No había alambradas y todas esas cosas. Estábamos vigilados por la Guardia Civil, pero en campo abierto. Las familias podían venir a vernos los fines de semana. A través de la novia de mi compañero, estábamos en contacto con París.
Era un campo barato, que se acompasaba a esa España. Era un campo barato. En España había muchos campos, ¿eh? Pero no había dinero para rodearlos todos con verjas electrificadas. Hacían recuentos cada cierto tiempo. Lo estudiamos. Buscamos el momento.
Nicolás Sánchez Albornoz, durante la entrevista con EL ESPAÑOL. Sara Fernández
Les esperaron aquellas mujeres, junto a su amigo Paco Benet, en El Escorial.
Nos escapamos corriendo con lo puesto. El Escorial era fácil de encontrar, se ve casi desde cualquier parte de la montaña. Eran Paco Benet, hermano de Juan, el novelista; y dos chicas norteamericanas. Una de ellas hermana de Norman Mailer, el escritor, que fue quien puso el coche. La fuga estuvo bien preparada, la verdad.
Llevábamos documentación falsa y ropa nueva. Nos lo habían llevado. Eso nos permitía ir pasando los controles de la Guardia Civil. Éramos dos españoles jóvenes haciendo turismo con dos jóvenes americanas. El coche con los banderines y tal.
¿Hubo tantos momentos de humor como en la peli?
No. Pero no me molestó la peli. De hecho, colaboré en lo que pude con el guion. Es una ficción levantada sobre un hecho real. Me pareció bien. Pero no hubo, por ejemplo, ese baño desnudos y tal.
¿Qué fue lo más angustioso?
El final, cuando llegamos a la montaña, en Cataluña, y hubo que cruzar a Francia a pie. Como llegamos tarde, el guía que nos iba a cruzar se había marchado. Habíamos tenido un accidente y eso lo retrasó todo mucho.
Nos dijeron que nos bajáramos en la undécima curva y que, así, estaríamos muy cerca. Imagínese: contar curvas en plena noche… Nos equivocamos. Acabamos desorientados. Tardamos tres días en encontrar el camino. Me caí en una trinchera, como le contaba, me rompí el tobillo.
De repente, apareció un hombre… que hablaba en francés. Lo abrazamos como nunca en nuestra vida. Lo habíamos logrado.
¿Ha vuelto a Cuelgamuros alguna vez?
No. Ni pienso volver. No se me ha perdido nada allí.
Regresó del exilio junto a su padre en 1976. ¿Le convenció a usted la Transición?
Me parece que se quedó muy corta. Muchos esperábamos más. Se hizo como se pudo.
De las cosas que suceden hoy en el mundo, ¿cuáles le va a doler menos perderse?
Las guerras.
¿Y qué es lo que más le gusta de vivir con cien años?
Es un tanto engorroso lo de tener que levantarse tantas veces a orinar por la noche. Pero, bueno, no lo llevo mal. Dentro de mis limitaciones, estoy bien. Tengo familia y amigos que me llaman, vienen a verme…
Todos los días paseo un rato por la calle. Es una suerte que las aceras de aquí abajo sean tan anchas. Veo a los niños, a los perros, a los viejos… Me divierto.
Con un siglo a la espalda, esta pregunta no es tan tópica. ¿Qué cosas hacen más feliz una vida?
Por lo pronto, la mera existencia. Y, después, sobre todo, el afecto. Estar rodeado de afecto.
Muchas gracias, don Nicolás. Esperamos no haber sido muy pesados.
Hombre, han sido bastante pesados. ¿Cuánto llevamos charlando?
Disculpe… No, si la culpa es mía por haber abierto la puerta [se despide con otra de sus carcajadas… y poniéndose en pie].