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"Colombia tiene una paranoia tras perder Panamá en 1903 que la ha llevado al aislacionismo en el Caribe, donde podría ser un motor"

"Colombia tiene una paranoia tras perder Panamá en 1903 que la ha llevado al aislacionismo en el Caribe, donde podría ser un motor"
Artículo Completo 1,859 palabras
La escritora Cristina Bendek escribió "Las pérdidas", un libro sobre la compleja situación en las islas colombianas de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.
"Colombia tiene una paranoia tras perder Panamá en 1903 que la ha llevado al aislacionismo en el Caribe, donde podría ser un motor"

Fuente de la imagen, Richi dos punto cero / Filbo

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  • Fecha de publicación 20 minutos
  • San Andrés, Providencia y Santa Catalina son tres islas colombianas en el Caribe con arena prístina, mar de cristal y una población que habla un creole influenciado por inglés, español y lenguas africanas.

    Están más cerca de Nicaragua que de Colombia: a 110 kilómetros del primero y 720 del segundo. Eso ha originado disputas diplomáticas y de soberanía entre ambas naciones por más de un siglo.

    Dos eventos recientes afectaron a sus 80.000 habitantes.

    En 2020 un huracán de máxima categoría destruyó entre el 95% y el 98% de la infraestuctura terrestre de Providencia y Santa Catalina y cientos de viviendas en San Andrés.

    En 2022, la Corte Internacional de La Haya pidió a Bogotá cesar operaciones patrulleras y controlar la pesca en aguas que, en 2012, tras un fallo del mismo tribunal, provocó que Colombia concediera casi 75.000 km² en favor de Nicaragua.

    Para muchos isleños esto supuso una pérdida. Y precisamente "Las pérdidas" es como llamó a su nueva novela la escritora y periodista colombiana Cristina Bendek, nacida en San Andrés.

    En poco más de 100 páginas la autora esboza en primera persona un sentir que muchos comparten en las islas: aflicción, reivindicación, sufrimiento, escasez, la sensación de abandono por un Estado al que reclaman comprensión.

    Bendek es una de las plumas más destacadas de San Andrés, una isla que, como otras periferias de Colombia, suele sentirse distante de un país históricamente centralizado.

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    La escritora conversa con BBC Mundo en el marco del Hay Querétaro 2026, el festival de literatura e ideas que se celebra cada año en esa ciudad de México.

    Fuente de la imagen, Joe Taylor

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    ¿Cómo le explicarías tú, una persona de San Andrés, la situación de las islas a quien no conoce el tema?

    Empezaría diciendo que son islas muy alejadas del continente. Intentaría llevarlos a la geografía, a los imaginarios del Caribe y del Caribe en Colombia.

    Porque el Caribe en Colombia tiene su propio sello, pero las islas se perciben como algo aparte sin vínculos con ese Caribe colombiano más reconocible.

    ¿Qué te llevó a hablar de tus islas desde el tema de las pérdidas?

    Regresé a San Andrés tras estar ausente mucho tiempo. Habían pasado solo tres años desde el fallo de 2012 y me di cuenta de que era un tema que reunía a la opinión pública.

    Todos estaban de acuerdo en asumir aquel fallo como una pérdida. Era un periodo de duelo y eso lo entendía un comerciante, un hotelero, un mototaxista, embajadores y quien interlocuta con el gobierno nacional.

    Me pareció un momento turbulento, pero rico. Habíamos perdido de vista lo que nos contiene: el mar.

    Quise traer eso a un lenguaje emocional que todos pudiéramos entender.

    Leyendo la historia uno se da cuenta de que es una región sometida a la pérdida, la desintegración, la fragmentación política.

    Desde las capitales donde se manejan las políticas fronterizas no se entienden nuestros vínculos culturales y comerciales con lo que nos rodea.

    ¿Cómo es vivir en una isla a la que la recortan tanto mar, tanto recurso, en una sola decisión?

    Nuestro día a día está dominado por la agenda del turismo. Transforma nuestra percepción del entorno, del uso de espacios y recursos.

    Casi toda nuestra economía depende del turismo. Sin turistas no hay viabilidad, a pesar de que nuestra viabilidad ambiental esté comprometida por esa actividad turística extractivista.

    Nuestro modelo turístico nos distorsiona las prioridades.

    Solo nos damos cuenta de los retos prioritarios en soberanía alimentaria y autosubsistencia, que el Estado debería garantizar, cuando hay desastres naturales.

    Las distorsiones marcan nuestro día a día.

    Fuente de la imagen, Getty Images

    Pie de foto,

    Los críticos del centralismo colombiano dicen que el Estado no entiende su multiculturalidad, su diversidad regional. ¿Qué crees que no entiende de las islas?

    El Estado no entiende nuestra condición de isla oceánica, ni el potencial de las islas para proyectarse hacia el gran campo político que es el Caribe, donde Colombia podría ser un motor.

    Un motor para el intercambio, la dinamización de sus economías, sus lazos culturales. Podría hacer un gran lobby con organismos internacionales.

    Lo que pasa es que el Estado colombiano está traumado por sucesivas pérdidas, especialmente tras perder Panamá en 1903.

    Colombia tiene una paranoia que la ha llevado a una política de aislacionismo en el Caribe.

    Tiene mucho que ver con el alineamiento casi irrestricto, durante todo el siglo XX, con la política exterior y estrategia de EE.UU. en la región.

    Al final tiene que ver con no entender esa condición del archipiélago y lo que puede significar un poco más de autonomía para esa zona.

    Colombia es un estado centralista y mantiene una visión colonialista sobre esa zona y sus fronteras. Homogeniza y aplana las diferencias culturales y lingüísticas.

    No se asume como esa nación pluralista que dicta la Constitución.

    Colombia no ha entendido eso en ninguna de sus fronteras. No reconoce nuestras realidades. Hemos sido considerados como un baldío, como si no hubiese personas dolientes.

    Somos una reserva de biosfera, con ecosistemas invaluables, y se privilegian los intereses económicos y turísticos sin tener en cuenta a la población local y la sostenibilidad de las islas.

    Los beneficios que se generan allí ni siquiera se quedan en el territorio.

    Fuente de la imagen, Juancho Torres/Anadolu Agency via Getty Images

    Pie de foto,

    ¿Cómo eso amenaza la identidad de tu pueblo?¿Qué es lo que más temes?

    Lo que más me preocupa es que se comprometa la viabilidad del archipiélago como un lugar para vivir por la explotación turística; que se comprometa el lugar donde seguimos haciendo cultura.

    No soy optimista. Temo mucho. Desde hace tiempo hay muchos proyectos de explotación minera y petrolera. Nicaragua hará lo propio.

    Creo que eso se pudo haber revertido en su momento, estableciendo planes de mantenimiento de zonas desprotegidas. Se desaprovechó.

    Hay grandes amenazas regionales para las que no estamos preparados, precisamente porque somos el corazón de la zona, pero no somos toda la zona.

    Creo que seguiremos viviendo procesos de escasez, de desintegración.

    Podemos seguir viviendo roces regionales y quiebres que comprometen nuestra pesca artesanal, de navegación, posibilidades económicas con pesca deportiva, turismo ecológico y de investigación científica.

    La viabilidad de todo esto se puede comprometer por la visión del Estado de explotar los espacios estrictamente para el turismo.

    Se ha desplazado de la cadena de producción a la población local.

    Elegiste la primera persona en el libro. ¿Qué te permitía eso y qué tiene que ver con que también seas isleña?

    Creo que no puedo hacerlo de otra manera. He intentado otras voces y no surge. No tiene la profundidad que necesito.

    Para un personaje que experimenta en su propio cuerpo y emociones la pérdida, la primera persona era lo adecuado.

    Esta novela la planteé primero como ensayo. Pensé que comunicaría ideas puntuales: geografía, cartografía, hablar de la pérdida territorial de 2012.

    Cuando escribía me noté llena de rabia, visceral. Me sentí expuesta.

    Descansando de los textos llegué a la novela. Eran temas duros y no podía quedarme en análisis.

    Creí que la gente se conectaría mejor con el viaje emocional del personaje.

    Fuente de la imagen, Joe Taylor

    Pie de foto,

    Te sentiste expuesta. ¿Qué tanto te sucede, dado que quizá cargas con la responsabilidad de contar la realidad de un pueblo con el que muchos lectores no están tan familiarizados?

    En las islas hay una literatura emergente e interesante, muy marcada por la identidad étnica, que tiene que negociar con muchas otras identidades.

    Siempre suelo aclarar que hablo en nombre propio. Uno está marcado por el colectivo, pero es una sola persona. No tengo una vocería.

    Todo lo que hago tiene que ver con mi ser colectivo. En soledad y aislamiento no podría poner mis palabras.

    Necesité de más voces para expresar muchos dolores, inquietudes y preguntas.

    Usualmente soy la única persona de San Andrés en algún espacio o ciudad y eso lo trato con mucho cuidado.

    ¿Hasta qué punto crees que la experiencia de las islas se vincula con otros tantos territorios periféricos en Colombia, aislados y abandonados por instituciones?

    Hay mucho en común. Vas al Pacífico colombiano y te das cuenta que no solo la condición de isla configura esas tensiones con el poder.

    En la selva también pasa. Hasta cierto grado, la selva es un mar.

    Es un espacio difícil de sondear, conocer y dominar para el Estado, sobre el cual se toman decisiones que impactan cruelmente. En el caso del Pacífico, en la vida de las personas, la lengua.

    Se interlocuta con un Estado que tiende a aplanar, negar y homogeneizar la diferencia y cuyos currículos educativos están marcados por esa intención.

    Venimos de un siglo conservador y esa es una herencia que arrastramos.

    No solo pasa en Colombia. En el mundo hay muchos pueblos cuyos proyectos de sociedad y comunidad difieren de las prioridades de sus Estados.

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Fuente original: Leer en BBC Mundo
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