La tragedia del hombre anuncio
Regala esta noticia Añádenos en Google Fachada de un «Compro oro». (A. Mingueza) 04/07/2026 a las 00:01h.Algo cambió el día en que permitimos que, en el concesionario del coche que nos acabábamos de comprar, nos pusieran una pegatina en la luneta ... con su nombre y sus datos de contacto. Creo que empezó ahí, pero quizá fue simultáneo a cuando empezamos a llevar polos con un cocodrilo, o la primera camiseta de Los Ramones, perdonen que no tenga claro el orden. Sé que comenzaban los ochenta, eso sí lo recuerdo.
Pensaba, porque aquí no se veían, que era algo exótico, casi tanto como los aborígenes que salían en los documentales con un disco de madera inserto en el labio. Algo cultural y ridículo, tan ridículo como me parecían aquellos sombreros estrafalarios de las mujeres negras de Harlem o las chupas de cuero de Starsky y Hutch.
Un día de esos tempranos 80, paseando por la Puerta del Sol de Madrid, vi a mi primer hombre anuncio real, era un tipo que llevaba un cartel de «Compro oro» y se mostraba sacando pecho a los transeúntes que, aún, no eran todos turistas. Como en aquellos tiempos todo lo que se consideraba genuinamente americano (los cigarrillos, los chicles, las chaquetas…) era tan bien visto, lo consideré un avance, ya teníamos aquí nuestra versión de los que salían en las películas, no tardarán en llegar los sombreros de las mujeres negras.
Si damos el salto al «ahora», aquellas primeras concesiones han derivado en un batiburrillo de hombres anuncio. Hoy, todos vamos con el cartel de algo que no necesariamente, nos representa.
Tal ha sido la normalización de portar mensajes que, solo en un paseo ayer por mi ciudad, vi a una persona obesa con la camiseta de un gimnasio, a un tipo en la cola de Doña Manolita con una de Extremoduro, a un marroquí con la de Torrente Presidente, a una mujer que jugaba nerviosa a las maquinitas de un bar con una de »Mr. Wonderful que rezaba: «Cree en ti».
Vi fumando a una que vende lotería contra el cáncer, vi escupiendo en la calle a alguien que pedía solidaridad con Venezuela, vi con una yonkilata de cerveza a un Super Mario de la Plaza Mayor, vi a un anciano caminando con bastón con una desvaída gorra de Rosalía, vi a un homeless con una mochila de La Caixa…
Ya todos vendemos oro, su oro.
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