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Con los 60 héroes de La Adrada que resistieron a las llamas para salvar su pueblo "con mangueras de jardín"

Con los 60 héroes de La Adrada que resistieron a las llamas para salvar su pueblo "con mangueras de jardín"
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EL MUNDO accede al pueblo abulense que estuvo a punto de ser calcinado por el incendio. Sus vecinos llevan una semana en combate abierto contra las llamas Leer

Una colada entera espera a ser recogida de un tendal de plástico blanco colocado bajo un porche de una vivienda de uso turístico situada en la calle Solanillo de La Adrada, a las afueras del pueblo, en la carretera que une esta pedanía del valle del Tiétar con Piedralaves. Frente al tendedero, un banco corrido y una mesa en la que hay un hule puesto y, encima, una jarra de agua de plástico y dos vasos, uno de ellos caído. Alrededor, humo y un paisaje en distintas escalas de grises que han convertido lo que era un paraíso en cenizas. EL MUNDO es el primer medio de comunicación español en acceder a La Adrada, uno de los lugares más castigados por el incendio de la Sierra Oeste y donde 60 vecinos llevan una semana en un combate abierto contra el fuego, sin apenas formación ni medios, pero con un objetivo: salvar su pueblo.

A la llegada de este diario, un camión de la Força Especial de Bomberos de Portugal se retiraba tras la noche de trabajo. Se cruzaban con varios soldados de la Unidad Militar de Emergencias; en concreto, un grupo de los 35 miembros del Segundo Batallón destacados en Canarias que llegaron ayer para sumarse a las labores de extinción. Iban a comenzar su primer turno de 12 horas. En las novedades que habían recibido, les informaron que todo estaba «en negro», pero que había que estar pendientes de la reaparición de posibles focos.

Pese a la presencia de estos militares, los vecinos que se negaron a obedecer las órdenes de la Guardia Civil y abandonar La Adrada expresan en numerables ocasiones su sentimiento de incomprensión hacia los protocolos para apagar el fuego. Pero, para entenderlo, hay que retroceder una semana.

Los vecinos de La Adrada veían las llamas coronando los montes que rodean su pueblo. «Nos hemos tirado tres días viendo el fuego sin que llegara ningún efectivo, ningún medio aéreo», asegura Roberto Alcocer, dueño de un concesionario en el pueblo y suerte de anfitrión para el diario. Cuando llegó el momento de evacuar, en torno a 200 personas se negaron a dejar el pueblo. De ellos, 60 organizados a través de un grupo de WhatsApp trabajan día y noche para salvar un territorio que es el que ha conformado los recuerdos de toda una vida.

«Nos saltamos todo a la torera para hacer cortafuegos entre los piornos y los pinares», confiesa Roberto, que cuenta la odisea que vivieron para salvar su monte, ahora entero quemado. Cuando conocieron el protocolo de apagar el fuego con fuego, se negaron y llegaron a hacer noche en el monte. «Al Seprona les dijimos que de allí nos sacaban esposados, pero que no nos íbamos», explica. A su lado, Lucía, la mujer del veterinario, está visiblemente afectada, no se quita de la cabeza una imagen que presencio cuando iban a trasladar a un potro a otra finca: «Vinieron las llamas y vi a mi hijo entre el fuego. Pensaba que se había quemado, pero salió», explica visiblemente afectada.

La comunidad cocina y reparte comida entre los afectados.

En este pueblo sin vida diaria por la evacuación, hay dos puntos de reunión: la caseta de Protección Civil, que cuenta con un camión con una cisterna de agua, una autobomba que tiene varias décadas y una pick-up; y el Ayuntamiento, donde se ha organizadoun cuarto para dar desayuno, comida y cena a los voluntarios. «Por lo menos que coman algo caliente». Con pocos suministros, pues les da miedo abandonar el pueblo y que no puedan volver a entrar, los alimentos los consiguieron gracias a que la responsable de un supermercado logró acudir el lunes dos horas para dar víveres a los voluntarios.

A las 11.50 horas de la mañana, en el camino entre el Puente Nuevo y Los Gorroneros, un grupo de tres voluntarios entre los que está un maestro del colegio de La Adrada tratan de sofocar un tocón de un árbol caído. Lo hacen con un fumigador relleno de agua, pala y hazadón. Cinco minutos después, una patrulla de la Guardia Civil llegada desde otra comunidad autónoma pide al propio Roberto consejo por si se reaviva el fuego en su punto.

De los 38 miembros que forman parte del grupo de WhatsApp de Protección Civil de La Adrada, apenas una decena está trabajando estos días. Y todos comparten desahogos en torno a la plaza del ayuntamiento. «Se ha abrasado el valle del Tiétar entero, y no nos hemos abrasado nosotros de milagro», dice emocionada una mujer. No exagera. Menos el núcleo urbano, todo está quemado, y un recorrido por carretera entre los pueblos lo confirma, con kilómetros de pinares arrasados, troncos que aún crepitan y árboles que se incendian de pronto mientras otros caen.

Así pasaba 10 minutos después de las 13.00 horas en Entrepajares, en un pinar donde las chicharras parecían querer demostrar que han sobrevivido, pese a que los agentes forestales corrían de un lado a otro a sofocar humos y llamas. «Hoy hace 46 años que se prendió toda La Adrada», comenta Lucas Mora, un joven en sus 20 años que monta aires acondicionados en Ávila y que no sabe si a la vuelta tendrá trabajo, pues en el pueblo no tienen cobertura desde que comenzó el incendio y no ha podido hablar con sus jefes.

A las 14.00 horas intentan comer: hay ollas con macarrones, gazpacho casero y una ensalada de patata para elegir. De pronto, una llamada. Todos salen corriendo hacia una vivienda a las afueras del pueblo. Hay fuego en un corral de gallinas, dos han muerto. Unas cuantas vecinas cogen palas y azadas; otros localizan mangueras de jardín. Hacen rápido empalmes y se ponen a echar agua desde otra casa hasta atacar el fuego y refrescar. En la explanada de fuera comienza a arder por dentro un árbol. Llega un camión de los Bomberos de Ávila, le piden que corra a sofocar el pino, que se consume por dentro en las pocas zonas donde se intuye el suelo sin quemar. Ellos se centran en el corral. Rebeca, auxiliar de enfermería que tan pronto cura un corte como coge una pala, hace una petición aguantando lágrimas: «Cuenta que nos estamos salvando entre nosotros con mangueras de jardín, porque es así».

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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