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Contra el olvido: el molino de San Antón que salvó una familia de Periana

Contra el olvido: el molino de San Antón que salvó una familia de Periana
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Situado junto al río Guaro, en Periana, hoy se conserva en perfecto estado uno de los últimos ingenios hidráulicos de la provincia de Málaga, gracias al empeño de dos hermanos, Paco y Dionisio

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Paco Camacho junto al molino de San Antón. Contra el olvido: el molino de San Antón que salvó una familia de Periana

Situado junto al río Guaro, en Periana, hoy se conserva en perfecto estado uno de los últimos ingenios hidráulicos de la provincia de Málaga, gracias al empeño de dos hermanos, Paco y Dionisio

Javier Almellones

Málaga

Lunes, 23 de febrero 2026, 23:42

«Esto lo van a tirar», pensaron entonces, en una época en la que -recuerdan- «todo lo viejo parecía no servir para nada». Antiguas posadas, estaciones, almazaras o edificios emblemáticos fueron cayendo en muchos pueblos bajo la promesa de una modernidad que no siempre supo distinguir entre progreso y pérdida. El molino podía ser el siguiente.

Arriba, molino harinero. Abajo, molino de aceite y una caja de cervezas Victoria con muchas décadas de historia.

Lo que encontraron al abrir sus puertas era un edificio deteriorado, con vigas podridas, artesonados dañados y muros debilitados. Pero bajo esa capa de abandono seguía latiendo una estructura sólida, con barro original en sus paredes y piedra encalada como se hizo en su primera construcción. Los documentos sitúan su origen en el siglo XVII, aunque Paco está convencido de que podría ser incluso anterior, por algunos elementos constructivos que considera más antiguos. Decidieron respetar ese origen. Nada de imposturas innecesarias.

La restauración fue compleja. Un molino hidráulico no es un edificio cualquiera. Las piedras de moler no pueden desplazarse «ni tres centímetros», explica Paco. Deben estar perfectamente alineadas con el rodillo y el sistema hidráulico. Para ello, hubo que desmontar, nivelar la bancada y volver a colocar las muelas exactamente en su posición original.

El funcionamiento del Molino de San Antón es una lección viva de ingeniería tradicional. El agua del río Guaro es conducida por una acequia hasta una alberca elevada. Desde allí cae por un cubo de unos ocho metros de altura. La presión generada por miles de litros que buscan salida por un orificio estrecho mueve el rodillo, que transmite la fuerza a las piedras del molino harinero. Todo depende de la gravedad, la altura y el cálculo exacto del caudal. Sin motores, sin electricidad. Solo agua y precisión.

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El interior del edificio es un auténtico museo.

Las piedras, además, cuentan su propia historia. No son de la caliza habitual en la zona, sino de sílex procedente de Francia. Se hicieron en la prestigiosa fábrica de La Ferté, en la región del Marne, y llegaron en barco al puerto de Málaga. Desde allí, el tren y luego las carretas las transportaban hasta aquel enclave estratégico, por donde transitaban arrieros de Zafarraya cargados de trigo. Aquellas piedras duras, más resistentes que las locales, reducían el mantenimiento y aumentaban la eficiencia.

Hasta mediados del siglo XX, el término municipal de Periana llegó a contar con una docena de molinos. El Guaro y otros ríos y arroyos alimentaban un sistema escalonado de ingenios que convertían el agua en harina y sustento. El de San Antón fue uno de los últimos en funcionar. Su última molienda data de 1962.

En 1945, anticipándose al declive del cereal y al final de la autarquía, el molino incorporó también una almazara. Allí, con tracción animal, se molturaba la aceituna y se prensaba el aceite en una prensa de capilla que aún se conserva. Esa doble vida -harinera e oleícola- es una de las singularidades que conserva este edificio, que bien podría ser un auténtico museo.

Pero el valor del molino no es solo técnico. Es también simbólico. La pequeña hornacina del interior recuerda su advocación original: San Antón. Durante años estuvo vacía. Los Camacho la recuperaron tras hallar referencias documentales entre papeles antiguos que hablaban de ventas de harina y cuentas del molino desde al menos 1915. Cada molino tenía su santo. Era su nombre y su identidad. Eso sí, los anteriores propietarios a los Camacho lo hicieron llamar como su apellido, el molino de Frías.

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El molino está junto al río Guaro.

Hoy, además de los dos molinos, este edificio conserva enseres y utensilios con décadas o incluso siglos de historia. Desde aperos y trillas para labrar las tierras hasta una caja de las primeras cervezas Victoria.

En 1929, un periodista de La Unión Mercantil, Francisco Pacheco Ruiz, pasó por allí y dejó constancia del lugar en una crónica titulada «Málaga-Periana». Describía aquellos «arcaicos molinos de exiguo rendimiento» alimentados por el Guaro. Ha tenido que pasar casi un siglo para que otro reportaje vuelva a detenerse en ese mismo punto del mapa. Entre una visita y otra, el molino sobrevivió gracias a la memoria de quienes lo trabajaron y, después, a la determinación de quienes decidieron no dejarlo caer.

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Aunque también es conocido como molino de Frías, su nombre histórico es el de San Antón.

Durante años, Paco abrió sus puertas sin cobrar entrada. Han pasado por allí escolares, grupos culturales, visitantes extranjeros e incluso cruceristas. No lo hacía por negocio, sino por convicción: «Para que la gente vea que merece la pena conservar el patrimonio», resume. En 2024, problemas de salud le obligaron a cerrar al público. El futuro inmediato es familiar. El objetivo, claro: conservarlo tal cual.

El molino de San Antón no es Bien de Interés Cultural. No tiene protección especial ni respaldo administrativo. Y, sin embargo, es una pieza esencial del patrimonio hidráulico de la Axarquía. Un testimonio de cómo el agua moldeó el territorio, organizó la economía y dio forma a los pueblos.

A su alrededor, el Guaro sigue su curso. El mismo río que movió esas piedras durante siglos. El mismo que nace casi al lado y que todavía, cuando baja con fuerza, recuerda que allí todo empezó con agua. Gracias a cuatro personas -dos hermanos y sus esposas- ese sonido no es solo pasado. Es presente.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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