Los rostros habituales de la otrora ficción adolescente de HBO Max se dejan llevar por una ordinariez in crescendo
Regala esta noticia Rosalía, en el episodio 3x04 de 'Euphoria'. (RC) 06/05/2026 a las 08:22h.Cuarta entrega de una esperada tercera temporada de 'Euphoria' que quizás no debería existir. Al que esto escribe le entretiene el espectáculo, pero tomando la decisión firme de olvidar todo lo anterior. El reseteo, a estas alturas, es más evidente que alarmante. El contagio «tarantinesco» roza la caricatura, con diálogos que cantan a descartse de una versión turca de 'Pulp Fiction'. A ratos el invento recuerda a un bodrio de la categoría de 'Sky Rojo', a evitar en Netflix, con una cinematografía más cuidada, todo hay que decirlo. La mimada estética sigue funcionando pero, en su conjunto, esta continuación de las aventuras y desventuras existenciales de Rue y compañía, en su edad adulta, reafirma su condición de catálogo de personajes convertidos en clichés andantes, adaptados a los tiempos que corren, a diferencia de las anteriores sesiones de la gallina de los huevos de oro de HBO Max, donde reinaba cierta originalidad. El final en alto, muy alto, de la segunda temporada, no encuentra su camino cuatro años después. Como ocurriera en el cierre de 'Vis a Vis', subtitulada 'El oasis', situar a los roles principales, que tienen el cariño del público, en un escenario -y mundo- completamente diferente, no tiene por qué salir bien. Cuando se juega con varios géneros, del western al thriller, pasando por el drama adolescente, la partida se complica.
Se echa mucho de menos la música de Labrinth (Timothy Lee McKenzie) en el regreso de 'Euphoria', aunque le haya sustituido un tipo de la talla de Hanz Zimmer. Era una de tantas señas de identidad, que aportaban carisma, diluidas en esta nueva entrega que pide a gritos repasar películas como 'Spring Breakers', de Harmony Corine, que contó lo mismo con más gracia y mala leche en 2012. De aquellos polvos vienen estos lodos, porque Sam Levinson, el artífice de todo esto, que acaba llevándose fatal con todo el mundo, perdiendo excelentes alianzas creativas, ya se inspiró, en exceso, en la cinta de culto mentada a la hora de concebir la película que le dio a conocer: 'Nación salvaje'. El memorable pinchazo que se llevó 'The Idol' aún late en las mentes de algunos seguidores de una filmografía desconcertante que sube y baja como la espuma, con una facilidad galopante.
La boda de Cassey y Nate no fue ni la Boda Roja ni la Púrpura de 'Juego de Tronos', provocando algún que otro bostezo, incapaz de ser aliviado por las escenas gore del clímax del tercer episodio. El cuarto capítulo de la otrora serie del momento, el ecuador de la misma, se decanta, tras irritarnos una y otra vez con la publicidad de Rosalía al inicio del visionado de cada entrega, por situar a la espabilada Rue siendo interrogada por la DEA, tras ser interceptada en la carretera y encontrar algo de droga en su vehículo. La pobre muchacha aficionada a los excesos está metida en un buen lío y no le queda otra que aceptar el papel de informante para el departamento estadounidense de lucha contra el narcotráfico. Al final esto va de mafias casposas, dinero sucio y estupefacientes a gogó, aunque no esté Guy Ritchie detrás de la cámara. Rue la soplona se va de fiesta criminal, con un previsible cliffhanger final.
A Levinson le gusta romantizar la prostitución y las adicciones. En este episodio, recién estrenado, se le ve el plumero especialmente. Nada que ver con el espíritu de la oscarizada 'Anora', de Sean Baker. El proxenetismo y las orgías se antojan pura estética y fetichismo, como ya demostrara en 'The Idol', una propuesta que se derrumbó, precisamente, por tropezar con los mismos errores que este cruce entre, cabe repetir la llamativa referencia, 'Sky Rojo' y, por añadir otra inspiración loca, 'Abierto hasta el amanecer', con yonkis e influencers en lugar de vampiros, en una verbena bastante más tediosa -con bebidas energéticas y cocaína en lugar de sangre y colmillos-, sin violencia salvaje pero con la representación discutible del desagradable abuso sexual que sufre una trabajadora del burdel donde Rue se gana los garbanzos como encargada (es testigo, a través de las cámaras de vigilancia del pestilente lugar, de la terrible agresión, lo que supone, por fin, una bofetada de realidad).
Por lo demás, Rosalía -la de la insistente publicidad de perfume a modo de prólogo en cada capítulo- quiere que la tomemos en serio como intérprete bailando pole dance; Cassey enseña carne, ombligo y animal print -Sydney Sweeney parece pasárselo pipa en el set-; y Jules dibuja penes con soltura. Es su superpoder. Se marca un Basquiat de palo en el plató de un rodaje, donde contribuye con su arte al atrezzo de una escena de una serie de moda. Hollywood en el disparadero, pero no tiene pinta de que la excusa sea para hacer autocrítica. No hay más comentarios, señoría.
Cada semana los redactores de Pantallas se turnarán durante la emisión de la tercera temporada de 'Euphoria' para hacer un repaso semanal de cada capítulo, que se publicará en esta web.
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