Bettino Craxi en sus últimos días en Hammamet. Fondazione Roma Sapienza
Europa Craxi, el primer ministro que prefirió morir a la fuga a aceptar la condena por corrupción: "La muerte no me librará del fango"La obra 'Craxi, el último político de verdad' de Aldo Cazzullo reconstruye los últimos días en Hammamet del ex primer ministro Bettino Craxi.
Condenado en el macroproceso 'Manos Limpias', Craxi rechazó regresar a Italia pese a su grave deterioro de salud.
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Paolo Fava Publicada 11 julio 2026 02:42h Las clavesLas claves Generado con IA
"Dije que sólo volvería a Italia como hombre libre o como cadáver. Ahora, no volveré ni en un ataúd. Porque la muerte no me liberará, ahora que habéis enfangado mi figura". Benedetto 'Bettino' Craxi, primer ministro italiano de 1983 a 1987, rechazaba así dos meses antes de su muerte pactar su regreso de Túnez a Italia, donde le esperaba una condena por corrupción.
La salud del veterano socialista se había deteriorado rápidamente a comienzos de 1999, pero rechazaba contumaz las ofertas de conmutar la pena de cárcel por arresto domiciliario en su hogar de Milán o de hacerse tratar en otros países. "Me quedo en Túnez, me operaré aquí, y si debe ocurrir, morir aquí y aquí seré enterrado", pronunció en homenaje al país en el que se refugiaba desde su fuga en 1994.
La obra Craxi, el último político de verdad, reconstruye sus últimos días en su villa de Hammamet bajo la protección del autócrata Ben Alí. Su autor, Aldo Cazzullo, fue uno de los periodistas enviados a toda prisa desde Roma en cuanto llegaron los primeros rumores de que el ex primer ministro "se encontraba mal".
Meloni exhibe sus tiranteces con Trump en Ankara tras afirmar que su gasto militar será para empresas italianasHoy, la figura de Bettino Craxi está de actualidad por el informe del juez Juan Carlos Peinado que invoca su fuga para evitar ser juzgado en el macroproceso contra la corrupción 'Manos Limpias' (Mani Pulite) como justificación para retirar el pasaporte a Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez.
La comparativa, no obstante, apenas roza la superficie de las complejas circunstancias en las que Craxi optó por huir del país al que había dedicado su vida política y personal antes que enfrentarse al tribunal. La propia Italia maneja hoy con incomodidad su legado, el de un gran renovador que sacó a las instituciones de la parálisis y un referente del socialismo europeo, de Felipe González a François Mitterrand.
Craxi desvela el clave como símbolo del Partido Socialista Italiano en 1978 Il compagno
¿Pero no fue acaso un corrupto? Ahí está la clave: frente a la Tangentopoli ('Ciudad de los sobornos'), el sobrenombre que recibió el macroproceso, Craxi nunca negó la existencia de un sistema paralelo e institucionalizado de financiación irregular del que se beneficiaron proporcionalmente todos los partidos. Una manera informal de 'engrasar' el sistema democrático.
Craxi se inmoló a sí mismo con su confesión, tachando al resto de parlamentarios de "hipócritas" y encarándose con los manifestantes que le esperaron frente a su domicilio en Piazza Navona para tirarle monedas y billetes de cinco liras. "¿También quieres estas, Bettino?", le gritaban.
Siempre defendió que había obrado en pos del partido, nunca por lucro personal. Pero el tribunal que lo condenó in absentia y que lideraba el juez Antonio Di Pietro apreció que había usado parte de esos fondos para financiar la carrera televisiva de dos de sus amantes, Ania Pieroni y Patrizia Caselli.
"No se puede decir que 'si todos son culpables, ninguno es culpable'", escribe Cazzullo. "Pero no se puede negar que Craxi pagó mucho más que los demás, y puede que incluso pagase en lugar de otros".
Il Cinghialone, 'el gran jabalí'
Craxi tuvo muchos apodos a lo largo de su carrera. Cuando ascendió a secretario general del Partido Socialista Italiano (PSI) en 1976, los periódicos lo llamaron Signore Nessuno. Era un joven desconocido del aparato que había sabido navegar entre las facciones para presentar una causa común: disputarle la hegemonía de la izquierda al Partido Comunista Italiano (PCI).
En el poder, su estilo personalista de gobernar a golpe de decreto -el Decisionismo que fascinaba a Sánchez- le valió motes como 'el Amín blanco', en referencia al sanguinario dictador ugandés Idi Amín. Él usaba como sinónimo 'Ghino de Tacco', un personaje del Decameron, un aristócrata bandolero con el que le gustaba compararse en su forma de hacer política.
Sin embargo, durante el proceso 'Manos Limpias', para la prensa él era Il Cinghialone, el gran jabalí que supone la pieza de caza mayor en una batida. Tras dos legislaturas en las que Craxi había tenido que mantener un complejo juego entre el PCI y la Democracia Cristiana (DC) con la que tuvo que aliarse, todavía lideraba el PSI con mano de hierro.
Carteles de campaña de Craxi Wikimedia Commons
En 1992, Mario Chiesa, un cargo subalterno socialista, fue detenido por cobrar un soborno de una empresa de limpieza. Craxi lo despreció llamándole "truhán", lo que indujo a Chiesa a 'tirar de la manta' y describir a los fiscales la existencia de una red de corrupción institucionalizada.
La Tangentopoli consistía en que todos los contratos públicos concedidos en Milán aparejaban un porcentaje de 'mordida'. Esta, a continuación, se repartía entre los partidos según su representación municipal: un 50% al PSI, un 20% a la DC, otro 20% a los comunistas y el resto a los minoritarios.
Entre 1992 y 1996, se investigaron a más de 4.500 personas y fueron condenados 1.233 políticos y empresarios por diversos indicios de corrupción, malversación y cohecho. La Cámara de los Diputados tuvo que rechazar en cuatro ocasiones en 1993 levantar su inmunidad parlamentaria mientras los partidos tradicionales se desplomaban electoralmente.
La Liga Lombarda, germen de la Liga Nord, iba convirtiéndose en partido mayoritario en Milán. Se decía que su líder, Umberto Bossi, ordenaba votar a favor de proteger al líder socialista para azuzar a las masas. Las televisiones de Silvio Berlusconi martilleaban sobre el 'caso Craxi' pese a la íntima amistad entre ambos hombres.
Silvio Berlusconi y Bettino Craxi en 1984 Wikimedia Commons
Craxi renunció a volver a presentarse en 1994, perdiendo su inmunidad. Cuando la Justicia quiso retirarle el pasaporte en mayo de 1994, ya se había fugado junto a su familia a la villa tunecina de Hammamet, El tribunal le condenaría en rebeldía; él siempre defendería su inocencia, considerándose un "exiliado".
La fuga supuso un escándalo; posteriormente, se normalizó. Con sus bienes incautados, el político llevaba una vida de anacoreta rodeado de su familia y sus fieles. "Pregunté a su hija Stefania dónde estaba el 'tesoro' de Craxi", preguntó Cazzullo. "Me contestó que no existía tal tesoro de Craxi, existía el tesoro del PSI".
Sus últimos días
A sus 65 años, Craxi todavía presentaba un aspecto enérgico, una figura estilizada que rozaba el metro noventa de altura. Pese a su temprana alopecia y sus gruesas gafas, siempre fue un seductor. "Sólo mi madre supo quedárselo", comentaba Stefania sobre Anna Maria Moncini, la esposa que le acompañó hasta el final.
Sin embargo, aunque trataba de minimizarlo, la diabetes le había minado la salud en los últimos años. El político se jactaba de controlarla con una dieta frugal, pero rara vez cenaba solo y "picoteaba del plato de todos", recuerdan, postres y gelatti incluidos. "Nadie se atrevía a decirle nada".
Inicialmente, cuenta Cazzullo, la gravedad de su situación se infravaloró. Colándose en el hospital militar de Túnez haciéndose pasar por familiares, pudieron ver su habitación a la que Ben Alí mandó rosas rojas -no había claveles, el símbolo del PSI- y entrevistar a un celador, que aseguraba que el político plenamente estaba plenamente activo.
La afectación renal causada por la diabetes, contó el trabajador, estaba remitiendo, por lo que se marcharon sin dar importancia al hecho de que no habían visto a Craxi por están en la sala de radiografías. Pero fue precisamente esa prueba la que detectó una mancha en sus riñones. Posteriormente se confirmó que era un tumor.
El juez Antonio Di Pietro, principal magistrado de 'Manos Limpias'. Wikimedia Commons
La operación no era sencilla, porque Craxi padecía también una cardiopatía que podía complicarse durante la intervención. Rechazó buscar tratamiento en Francia o Estados Unidos. No se fiaba de Jacques Chirac, que había derrotado a su amigo Mittérand. Tampoco de la inquina de la CIA tras la crisis con Ronald Reagan en Sigonella, cuando no le entregó a los terroristas palestinos del Achille Lauro.
Finalmente, un equipo del hospital milanés San Raffaele voló hasta Túnez para intervenirlo. Cazzullo califica la operación de "rocambolesca", porque el neón que iluminaba la sala se rompió y un enfermero se vio obligado a iluminarles con una linterna.
"Antes de la anestesia, Bettino había llorado por miedo a no volver a despertarse. A medianoche seguía intubado, pero lo había conseguido. Cuando se despertó, Stefania le susurró: 'Papá, no te quieren ni ahí arriba'".
La perspectiva de que Craxi muriera en condición de fugado era un quebradero de cabeza para la clase política italiana. El presidente de la República, Carlo Azeglio Ciampi; el primer ministro, Massimo d'Alema; y el propio Berlusconi planteaban opciones opuestas, desde el encierro domiciliario al indulto.
La reforma de la ley electoral con la que Meloni promete estabilidad choca hasta con sus socios: "Sólo le beneficia a ella"No hubo tiempo: Craxi no aceptaría nada que no fuera la absolución completa. El 19 de enero de 2000, Stefania lo encontró muerto sobre su cama tras sufrir un edema pulmonar seguido de ataque al corazón. El ataúd que le encontraron era pequeño para él, y fue inhumado en la postura agarrotada en la que encontraron el cuerpo.
El funeral se celebró en la catedral de Túnez: D'Alema había ofrecido un funeral de estado en Italia, pero la familia no quiso controversias. Entre los viejos aliados que viajaron a dar su último adiós se encontraba Berlusconi, que después se quejaría de que sobraron "tantos gritos en árabe".
Craxi descansa hoy en el cementerio cristiano de Hammamet, "entre la medina y la playa", bajo un epitafio que reza: 'Mi libertad equivale a mi vida'. "Él fue el último verdadero político", concluye el autor. "La Primera República no murió con Aldo Moro, murió con él".
La tumba de Bettino Craxi en el cementerio cristiano de Hammamet. Wikimedia Commons