Estadios vibrando con miles de veinteañeros que alzan los brazos, con los ojos cerrados, cantando a Dios. Estrellas del pop internacional posando con hábitos de monja en las portadas de sus discos más esperados. Y, como telón de fondo, un aluvión incesante de titulares anunciando lo impensable: el retorno masivo de la juventud a los bancos de las iglesias. Durante los últimos meses, el mundo parecía asistir en directo a un giro de guion fascinante. La Generación Z, la cohorte demográfica más laica y secularizada de la historia, estaba volviendo a abrazar el cristianismo.
Sin embargo, al rascar la superficie de este aparente despertar espiritual, lo que asoma no es una epifanía colectiva, sino una trampa. Un gigantesco espejismo demoscópico. Lo que nos vendieron como el gran renacer de la fe es, en realidad, un monumental error de cálculo donde los ejércitos de inteligencia artificial, la picaresca de las encuestas online remuneradas y el ansia por creer en un revival han distorsionado por completo la verdadera —y mucho más compleja— transformación religiosa de los jóvenes. Creíamos que la fe volvía a las calles, pero el fallo estaba en el método.
La chispa que encendió la narrativa del gran renacer cristiano saltó en Reino Unido con la publicación del informe The Quiet Revival, encargado por la Bible Society. Basándose en datos de la encuestadora YouGov, el estudio arrojaba una cifra espectacular: la asistencia mensual a la iglesia entre los jóvenes ingleses y galeses de 18 a 24 años se había cuadruplicado, pasando de un marginal 4% en 2018 a un rotundo 16% en 2024.
La noticia corrió como la pólvora. Diócesis enteras celebraron conferencias para "subir el volumen" a este renacimiento, y políticos en el Parlamento británico usaron el informe como prueba de que "el cristianismo no está oprimido ni decaído", según ha recogido BBC.
Sin embargo, los expertos en demografía no tardaron en hacer saltar las alarmas. Encuestas consideradas el "estándar de oro" de la sociología por utilizar muestras probabilísticas aleatorias —como la British Social Attitudes o la Labour Force Survey— mostraban una película diametralmente opuesta. Según estos medidores rigurosos, el porcentaje de cristianos practicantes entre 18 y 34 años no solo no había subido, sino que había caído del 8% en 2018 al 6% en 2024.
En Xataka
El catolicismo "pop" de Hakuna y Llamados está llenado pabellones con miles de jóvenes. El problema: parecen evangélicos
El peligro de las encuestas opt-in
Si los jóvenes no están llenando las iglesias, ¿de dónde salen las cifras del milagro? La respuesta está en la propia arquitectura de internet. El informe de la Bible Society se basó en encuestas opt-in, es decir, paneles donde los usuarios se inscriben voluntariamente a cambio de recompensas económicas o puntos.
El demógrafo Conrad Hackett advierte que este formato sufre una "amenaza existencial". Quienes responden a estas encuestas suelen buscar maximizar sus beneficios rellenando cuestionarios a toda velocidad, mintiendo sobre su edad para acceder a más sondeos, o usando Redes Privadas Virtuales (VPN) desde otros países para cobrar en divisas fuertes.
Peor aún, la Inteligencia Artificial ha entrado en juego. Los investigadores han detectado ejércitos de chatbots programados para imitar a humanos y rellenar encuestas masivamente. Los jóvenes falsos de estos sondeos son tan poco fiables que, en estudios similares realizados en EEUU, un 12% de los encuestados opt-in menores de 30 años llegó a afirmar que tenía licencia para pilotar un submarino nuclear. El "gran despertar" fue, en gran medida, un alucinación algorítmica.
La situación en nuestra tierra
En España, la ilusión óptica es similar. Fenómenos como Hakuna Group Music lograron reunir a 12.000 jóvenes en el Palacio de Vistalegre, mientras que eventos como Llamados congregaron a 6.000 personas en el Movistar Arena. Ambos apuestan por la Contemporary Worship Music (CWM), un formato de evangelización de herencia protestante y evangélica, repleto de pantallas gigantes, pop-rock y emociones a flor de piel.
Pero el ruido de los estadios choca frontalmente con el silencio de las parroquias. La comparativa de las memorias oficiales de la Conferencia Episcopal Española (CEE) resulta demoledora. Si analizamos el paso de los ejercicios anteriores a los datos más recientes, la caída de los sacramentos es una constante innegable:
• Bautizos: Cayeron de los 152.426 registrados en 2023 a los 146.370 en 2024, lo que supone un descenso interanual del 3,97%. La magnitud del desplome se entiende mejor si miramos por el retrovisor: en 2007, la Iglesia celebraba nada menos que 325.271 bautismos anuales.
• Comuniones y bodas: La inercia arrastra al resto del ciclo vital. Las primeras comuniones bajaron casi un 5% (situándose en 154.677), y los matrimonios católicos descendieron un 6%, quedándose en unos reducidos 31.462 enlaces eclesiásticos.El colapso institucional tiene otras derivadas sociales profundas. Ante el hundimiento de las pías bautismales, más de 150 ayuntamientos españoles ofrecen ya "bautizos civiles" o ceremonias de acogimiento laico para celebrar la llegada de los recién nacidos. Al mismo tiempo, la sangría de vocaciones ha dejado a España con solo 15.285 sacerdotes, cuya media de edad ronda unos preocupantes 65 años. El problema es tan acuciante que ha obligado a obispados como el de Tui-Vigo a oficializar a mujeres laicas para que dirijan "Celebraciones de la Palabra" en las aldeas ante la total falta de curas.
La única nota discordante —la pequeña tabla de salvación estadística a la que se aferra la Iglesia— es el bautismo de niños mayores de 7 años. Esta cifra experimentó un repunte, subiendo de los 11.835 de 2023 a los 13.323 en 2024. Un dato que sugiere un cambio de paradigma en el catolicismo español: conversiones mucho más meditadas, personales y menos condicionadas por la inercia "cultural".
La gran brecha entre Espiritualidad y Religión
Para entender a la Generación Z en España, hay que separar drásticamente dos conceptos: la institución católica y la búsqueda de lo trascendente. Aquí entra en juego lo que mi compañero en Xataka definió como: "La paradoja del 29-59%". Según el Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC) de 2025, el 61% de los jóvenes entre 18 y 24 años se declara indiferente, agnóstico o ateo. Solo un 29% se define como católico, una cifra muy inferior al 46% de la media nacional.
Sin embargo, que no pisen una iglesia no significa que sean materialistas puros. Ese mismo informe revela que el 59% de los jóvenes cree firmemente en la existencia del alma y un 45% en las "energías". Como bien explica la socióloga Mar Griera, no estamos ante un retorno al dogma, sino ante una "religión a la carta". Los jóvenes consumen espiritualidad de manera autónoma, combinando sin complejos la mística cristiana con la astrología (en la que cree un 29%) y el tarot (23%). Buscan consuelo, pero no en las instituciones tradicionales. De hecho, cuando se les pregunta qué da sentido a sus vidas, la religión ocupa el último lugar (31%), superada abrumadoramente por la familia (90%), los amigos (79%) e incluso por sus mascotas (47%).
Si los datos son fríos, ¿por qué la percepción pública es de fervor? Porque la religión ha salido del voto de silencio para convertirse en un elemento estético, identitario y cultural. Lo católico está de moda en la cultura pop. Rosalía, en la antesala de su disco Lux, posa con un hábito de reminiscencias cistercienses y cita a la filósofa espiritual Simone Weil ("El amor no es consuelo, es luz"). Directores como Los Javis en La Mesías o Alauda Ruiz de Azúa en Los domingos exploran la fe sin la ironía o la crítica feroz de décadas pasadas.
En el ámbito público, figuras como el actor Jaime Lorente confiesan abiertamente que ir a misa es su "refugio brutal" para lidiar con la presión y el ego, admitiendo que antes daba miedo decirlo porque te posicionaba "en un lugar político" ultraconservador. Al mismo tiempo, empresarios como Álvaro Moreno han hecho de la bendición de sus tiendas y del lema "Sea para gloria de Dios" un modelo de negocio y branding que conecta con un público sediento de empresas con propósito.
Como señala el profesor Ricardo Calleja, los jóvenes católicos "han salido del armario" y viven su fe con un tono identitario y sin complejos. Para esta generación, llevar un rosario al cuello es hoy, paradójicamente, un gesto casi outsider.
En Xataka
La mejor forma de saber si hay un "resurgimiento" católico en España es mirando los bautizos. Y son bastante claros
El misterio del "despertar cristiano" juvenil se resuelve en los matices. Las encuestas infladas por bots y usuarios codiciosos nos hicieron creer que la Generación Z estaba abarrotando las misas dominicales. Los datos rigurosos demuestran que las iglesias se siguen vaciando y los sacramentos desplomando.
Sin embargo, ese error estadístico destapó una verdad latente. Los jóvenes españoles están inmersos en una profunda crisis de sentido. Han rechazado las estructuras de la religión tradicional, pero han abrazado una espiritualidad fragmentada e individualista. Creen en el alma, cantan alabanzas con estética de festival indie, consumen mística en TikTok y reivindican su fe como un escudo contra el ruido moderno. El cristianismo no ha vuelto a las cifras de los años ochenta; simplemente, ha mutado para sobrevivir en el siglo XXI.
Imagen | Freepik
Xataka | El santoral cristiano parece una cosa muy seria y bien pensada. Hasta que descubres que "San Thor" existe
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La noticia
Creíamos que la Generación Z estaba volviendo en masa a la Iglesia. La culpa del espejismo la tiene un error en una encuesta
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
.
Creíamos que la Generación Z estaba volviendo en masa a la Iglesia. La culpa del espejismo la tiene un error en una encuesta
Un error en encuestas online británicas contaminadas por IA desató la euforia global. En España, el 59% de los jóvenes cree en el alma, pero la fe tradicional ha dado paso a una "espiritualidad a la carta"
La Iglesia española pierde sacramentos y sacerdotes a un ritmo alarmante. La Generación Z no vuelve a las instituciones, sino que usa la fe como refugio estético, identitario y terapéutico en la era de TikTok
Estadios vibrando con miles de veinteañeros que alzan los brazos, con los ojos cerrados, cantando a Dios. Estrellas del pop internacional posando con hábitos de monja en las portadas de sus discos más esperados. Y, como telón de fondo, un aluvión incesante de titulares anunciando lo impensable: el retorno masivo de la juventud a los bancos de las iglesias. Durante los últimos meses, el mundo parecía asistir en directo a un giro de guion fascinante. La Generación Z, la cohorte demográfica más laica y secularizada de la historia, estaba volviendo a abrazar el cristianismo.
Sin embargo, al rascar la superficie de este aparente despertar espiritual, lo que asoma no es una epifanía colectiva, sino una trampa. Un gigantesco espejismo demoscópico. Lo que nos vendieron como el gran renacer de la fe es, en realidad, un monumental error de cálculo donde los ejércitos de inteligencia artificial, la picaresca de las encuestas online remuneradas y el ansia por creer en un revival han distorsionado por completo la verdadera —y mucho más compleja— transformación religiosa de los jóvenes. Creíamos que la fe volvía a las calles, pero el fallo estaba en el método.
La chispa que encendió la narrativa del gran renacer cristiano saltó en Reino Unido con la publicación del informe The Quiet Revival, encargado por la BibleSociety. Basándose en datos de la encuestadora YouGov, el estudio arrojaba una cifra espectacular: la asistencia mensual a la iglesia entre los jóvenes ingleses y galeses de 18 a 24 años se había cuadruplicado, pasando de un marginal 4% en 2018 a un rotundo 16% en 2024.
La noticia corrió como la pólvora. Diócesis enteras celebraron conferencias para "subir el volumen" a este renacimiento, y políticos en el Parlamento británico usaron el informe como prueba de que "el cristianismo no está oprimido ni decaído", según ha recogido BBC.
Sin embargo, los expertos en demografía no tardaron en hacer saltar las alarmas. Encuestas consideradas el "estándar de oro" de la sociología por utilizar muestras probabilísticas aleatorias —como la British Social Attitudes o la Labour Force Survey— mostraban una película diametralmente opuesta. Según estos medidores rigurosos, el porcentaje de cristianos practicantes entre 18 y 34 años no solo no había subido, sino que había caído del 8% en 2018 al 6% en 2024.
Si los jóvenes no están llenando las iglesias, ¿de dónde salen las cifras del milagro? La respuesta está en la propia arquitectura de internet. El informe de la Bible Societyse basó en encuestas opt-in, es decir, paneles donde los usuarios se inscriben voluntariamente a cambio de recompensas económicas o puntos.
El demógrafo Conrad Hackett advierte que este formato sufre una "amenaza existencial". Quienes responden a estas encuestas suelen buscar maximizar sus beneficios rellenando cuestionarios a toda velocidad, mintiendo sobre su edad para acceder a más sondeos, o usando Redes Privadas Virtuales (VPN) desde otros países para cobrar en divisas fuertes.
Peor aún, la Inteligencia Artificial ha entrado en juego. Los investigadores han detectado ejércitos de chatbots programados para imitar a humanos y rellenar encuestas masivamente. Los jóvenes falsos de estos sondeos son tan poco fiables que, en estudios similares realizados en EEUU, un 12% de los encuestados opt-in menores de 30 años llegó a afirmar que tenía licencia para pilotar un submarino nuclear. El "gran despertar" fue, en gran medida, un alucinación algorítmica.
La situación en nuestra tierra
En España, la ilusión óptica es similar. Fenómenos como Hakuna Group Music lograron reunir a 12.000 jóvenes en el Palacio de Vistalegre, mientras que eventos como Llamados congregaron a 6.000 personas en el Movistar Arena. Ambos apuestan por la Contemporary Worship Music (CWM), un formato de evangelización de herencia protestante y evangélica, repleto de pantallas gigantes, pop-rock y emociones a flor de piel.
Pero el ruido de los estadios choca frontalmente con el silencio de las parroquias. La comparativa de las memorias oficiales de la Conferencia Episcopal Española (CEE) resulta demoledora. Si analizamos el paso de los ejercicios anteriores a los datos más recientes, la caída de los sacramentos es una constante innegable:
Bautizos: Cayeron de los 152.426 registrados en 2023 a los 146.370 en 2024, lo que supone un descenso interanual del 3,97%. La magnitud del desplome se entiende mejor si miramos por el retrovisor: en 2007, la Iglesia celebraba nada menos que 325.271 bautismos anuales.
Comuniones y bodas: La inercia arrastra al resto del ciclo vital. Las primeras comuniones bajaron casi un 5% (situándose en 154.677), y los matrimonios católicos descendieron un 6%, quedándose en unos reducidos 31.462 enlaces eclesiásticos.
El colapso institucional tiene otras derivadas sociales profundas. Ante el hundimiento de las pías bautismales, más de 150 ayuntamientos españoles ofrecen ya "bautizos civiles" o ceremonias de acogimiento laico para celebrar la llegada de los recién nacidos. Al mismo tiempo, la sangría de vocaciones ha dejado a España con solo 15.285 sacerdotes, cuya media de edad ronda unos preocupantes 65 años. El problema es tan acuciante que ha obligado a obispados como el de Tui-Vigo a oficializar a mujeres laicas para que dirijan "Celebraciones de la Palabra" en las aldeas ante la total falta de curas.
La única nota discordante —la pequeña tabla de salvación estadística a la que se aferra la Iglesia— es el bautismo de niños mayores de 7 años. Esta cifra experimentó un repunte, subiendo de los 11.835 de 2023 a los 13.323 en 2024. Un dato que sugiere un cambio de paradigma en el catolicismo español: conversiones mucho más meditadas, personales y menos condicionadas por la inercia "cultural".
La gran brecha entre Espiritualidad y Religión
Para entender a la Generación Z en España, hay que separar drásticamente dos conceptos: la institución católica y la búsqueda de lo trascendente. Aquí entra en juego lo que mi compañero en Xatakadefinió como: "La paradoja del 29-59%". Según el Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC) de 2025, el 61% de los jóvenes entre 18 y 24 años se declara indiferente, agnóstico o ateo. Solo un 29% se define como católico, una cifra muy inferior al 46% de la media nacional.
Sin embargo, que no pisen una iglesia no significa que sean materialistas puros. Ese mismo informe revela que el 59% de los jóvenes cree firmemente en la existencia del alma y un 45% en las "energías". Como bien explica la socióloga Mar Griera, no estamos ante un retorno al dogma, sino ante una "religión a la carta". Los jóvenes consumen espiritualidad de manera autónoma, combinando sin complejos la mística cristiana con la astrología (en la que cree un 29%) y el tarot (23%). Buscan consuelo, pero no en las instituciones tradicionales. De hecho, cuando se les pregunta qué da sentido a sus vidas, la religión ocupa el último lugar (31%), superada abrumadoramente por la familia (90%), los amigos (79%) e incluso por sus mascotas (47%).
Si los datos son fríos, ¿por qué la percepción pública es de fervor? Porque la religión ha salido del voto de silencio para convertirse en un elemento estético, identitario y cultural. Lo católico está de moda en la cultura pop. Rosalía, en la antesala de su disco Lux, posa con un hábito de reminiscencias cistercienses y cita a la filósofa espiritual Simone Weil ("El amor no es consuelo, es luz"). Directores como Los Javis en La Mesías o Alauda Ruiz de Azúa en Los domingos exploran la fe sin la ironía o la crítica feroz de décadas pasadas.
En el ámbito público, figuras como el actor Jaime Lorente confiesan abiertamente que ir a misa es su "refugio brutal" para lidiar con la presión y el ego, admitiendo que antes daba miedo decirlo porque te posicionaba "en un lugar político" ultraconservador. Al mismo tiempo, empresarios como Álvaro Moreno han hecho de la bendición de sus tiendas y del lema "Sea para gloria de Dios" un modelo de negocio y branding que conecta con un público sediento de empresas con propósito.
Como señala el profesor Ricardo Calleja, los jóvenes católicos "han salido del armario" y viven su fe con un tono identitario y sin complejos. Para esta generación, llevar un rosario al cuello es hoy, paradójicamente, un gesto casi outsider.
El misterio del "despertar cristiano" juvenil se resuelve en los matices. Las encuestas infladas por bots y usuarios codiciosos nos hicieron creer que la Generación Z estaba abarrotando las misas dominicales. Los datos rigurosos demuestran que las iglesias se siguen vaciando y los sacramentos desplomando.
Sin embargo, ese error estadístico destapó una verdad latente. Los jóvenes españoles están inmersos en una profunda crisis de sentido. Han rechazado las estructuras de la religión tradicional, pero han abrazado una espiritualidad fragmentada e individualista. Creen en el alma, cantan alabanzas con estética de festival indie, consumen mística en TikTok y reivindican su fe como un escudo contra el ruido moderno. El cristianismo no ha vuelto a las cifras de los años ochenta; simplemente, ha mutado para sobrevivir en el siglo XXI.