Reconozco haber sentido y sentir una cierta soledad a la hora de compartir pensamientos o ideas
Regala esta noticia Añádenos en Google Un grupo de jóvenes usando el teléfono. (Archivo) 18/09/2026 a las 00:02h.Mi vida ha girado en torno a la lectura, a la palabra escrita, a la comprensión de la información que recibo de la vida y ... de aquellos que la atestiguan. No me considero una intelectual, y hoy me cuesta abordar algunas reflexiones que bailan en mi cabeza. Reconozco haber sentido y sentir una cierta soledad, acrecentada en los últimos tiempos, a la hora de compartir pensamientos o ideas. Me topo con las fronteras verbales, con los enrocamientos, con las sorderas elegidas y callo porque detecto los mecanismos de defensa de aquellos que no tienen argumentos, formación o capacidad de reflexión más allá de la ira.
El prestigioso neurólogo Michel Desmurget publicó 'La fábrica de cretinos digitales', en el que alertaba sobre el abuso de la tecnología por parte de las nuevas generaciones y las complicaciones que el desproporcionado uso puede conllevar: obesidad, problemas cardiovasculares, agresividad, depresión, empobrecimiento del lenguaje, concentración… El título me pareció en su momento una bofetada sin manos. No quería aceptar semejante aseveración que ahora me parece suave.
No puedo alertar a los que ya están seducidos por la IA, de que esta nos comerá con patatas, porque por fin tenemos acceso a lo único que el ser humano no ha sido capaz de comprar; el conocimiento y la sabiduría. Estoy rodeada de compositores, ingenieros, asesores, médicos o fontaneros expertos, pero no quieran los dioses que busque una complicidad emocional en ellos porque no la encontraré. Se desgastan nuestras neuronas por inactividad y ni siquiera jugamos al bridge, a la canasta o al julepe como hacían los mayores porque eso requiere encontrarse con amigos, compartir el tiempo sin mirar la pantalla y sobre todo pensar un poquito, solo al elegir el palo o el número de la carta, pero ese poquito es tedioso para aquellos que han perdido la agilidad mental de sus abuelos.
Profesionales reconocidos se acercan a decirme que podría escribir una novela estupenda en menos de tres días. Yo los miro escandalizada, no por su afirmación, sino porque sospecho que nunca han alcanzado a comprender el significado de lo que leían, o hace años que no leen un libro de principio a fin, pues es demasiado para su cerebro. No hablo de las nuevas generaciones sino del conjunto de la sociedad que desciende peldaños en educación, conducidos por políticos incapaces como si tuvieran prisa por convertirse en unos lerdos funcionales.
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