- ROBERTO SCHOLTES
Parece minusvalorarse el riesgo de una crisis energética prolongada: conviene estar invertido en los mercados, sectores y activos que mejor podrían aguantar en un escenario más adverso.
Mientras Estados Unidos e Irán se empeñan en una estrategia de desgaste que no conduce a un desbloqueo rápido del estrecho de Ormuz, los mercados siguen minusvalorando las consecuencias potenciales de una crisis energética prolongada. Cada día parece más clara la analogía con esa rana que si cae en agua hirviendo salta inmediatamente, pero que si entra en un agua tibia que se lleva lentamente a ebullición no percibe el peligro y se acaba cociendo. Los indicadores que muestran ese aumento de temperatura están ya cerca de niveles preocupantes, y solo una pronta reanudación del suministro desde el Golfo Pérsico podría evitar que los inversores deban reevaluar el escenario base.
La señal más relevante es el encarecimiento del petróleo ya no solo en los futuros de entrega más próxima, sino también en los que vencen a final de año, que rondan los 90 dólares el barril, y durante 2027, por encima de 80 dólares. Esto significa que todos los operadores que contratan sus insumos con antelación -como líneas aéreas o plantas petroquímicas- sufrirán un incremento significativo de sus costes, incluso en el mejor de los casos, que trasladarán al precio de sus productos y servicios, o que tendrán que absorber en sus márgenes.
La mayor inflación se puede acabar trasladando al mecanismo regulador de todo el sistema financiero: el precio del dinero. Los bancos centrales en Europa han optado por no alterar sus políticas monetarias en abril, pero probablemente deban endurecerlas a partir de junio si los carburantes no se han abaratado. Y como se descuenta -aunque incorrectamente- que ese movimiento no se revertirá cuando la crisis quede atrás, esta expectativa se ha trasladado a todas las curvas de rentabilidad de la deuda, que están unos 30 puntos básicos por encima de antes de la guerra. El mejor termómetro de la temperatura del agua son los tipos a 10 y 30 años de Estados Unidos, ya muy cerca de los niveles (4,5% y 5,0% respectivamente) que en el último par de años han sido el "umbral del dolor", que frenó la tendencia alcista en las Bolsas y que llevaron a la Administración Trump a recular en algunas de sus medidas. Un mayor coste del capital hace menos sostenibles las valoraciones, que tras el rebote han devuelto el PER a doce meses del S&P 500 a 21x, y el del Stoxx Europe 600 a 15x, lo que podría desatar otro proceso de consolidación.
Destrucción de demanda
Aun así, la actividad económica y empresarial y los mercados pueden seguir ignorando las señales, sostenidos el consumo por el ahorro de los hogares, y las inversiones y cotizaciones por el crecimiento de beneficios. Hasta que lo que ahora es un problema de precios altos de la energía y de otras materias primas se torne en una crisis de desabastecimiento. Los inventarios y la llegada de los cargamentos que partieron a principios de año lo han evitado hasta el momento, mientras se prodigan las evidencias de "destrucción de demanda" con refinerías y plantas petroquímicas en Asia reduciendo su utilización de capacidad y líneas aéreas cancelando vuelos. Porque un escenario de escasez podría tener efectos mucho más negativos que solo un encarecimiento temporal.
La gran pregunta para los inversores es cómo actuar con estos riesgos asimétricos mientras impera la complacencia. Reducir la exposición a renta variable probablemente sea incorrecto cuando un mensaje en redes es capaz de despejar el panorama a medio plazo, y con dinámicas de fondo bastante prometedoras gracias a las revoluciones tecnológica y energética que disparan los beneficios de muchas cotizadas y con valoraciones razonables a poco que se relajen las curvas de tipos.
La mejor alternativa es contar con pesos relevantes en Estados Unidos y en el sector tecnológico, ambos relativamente menos afectados por esta crisis que Europa y Asia. En renta fija, la mejor protección la ofrecen los bonos ligados a la inflación -que solo descuentan que se ronde el 3% durante un año- y la deuda con vencimientos entre 1 y 3 años, que ya incorporan unas subidas de tipos que podrían revertirse si la rana finalmente muere hervida.
Roberto Scholtes, Jefe de estrategia, Singular Bank
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