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Cristian Carrasco: «El celibato no es un precio a pagar, nos ayuda a vivir nuestra vocación»

Cristian Carrasco: «El celibato no es un precio a pagar, nos ayuda a vivir nuestra vocación»
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«Yo no hago ningún esfuerzo para creer en Dios porque para mí es una certeza», explica el joven seminarista

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Cristian Carrasco saliendo de la Capilla del Buen Pastor. Marilú Báez Cristian Carrasco: «El celibato no es un precio a pagar, nos ayuda a vivir nuestra vocación»

«Yo no hago ningún esfuerzo para creer en Dios porque para mí es una certeza», explica el joven seminarista

Matías Stuber

Sábado, 21 de marzo 2026, 00:25

... y se dibuja una especie tejado espiritual. Cristian sigue un camino que eligen cada vez menos jóvenes en España. Si todo sale bien, después de seis años de formación, será un sacerdote católico. ¿Quiénes son estos jóvenes seminaristas? ¿Cómo se vive un proceso que está lleno de oración y reflexión, pero también de incertidumbre y miedo? «No he tenido una crisis de fe como tal, pero sí he dudado de mi vocación», adelanta.

–Después de seis años de seminario, ¿las dudas ganan al entusiasmo inicial?

–Al contrario. La pasión es más grande. La duda existía, claro. Cuando uno entra en el seminario no tiene clarísimo que va a ser sacerdote. Es algo que se va discerniendo todos los días. También existen miedos. Pero, al final, el Señor siempre te va dando la mano y te va aclarando.

–Una frase que le he escuchado a muchas personas es la siguiente: «Me gustaría creer en Dios, pero no lo consigo». ¿Qué les recomendaría?

–Les recomendaría que busquen en sí mismos. Al final, todos tenemos sed de Dios. Los que lo reconocen, pero también los que dicen pasar de Dios. Porque, como seres humanos, tenemos esa necesidad de trascendencia. Y que busquen en lo que viven, en lo que hacen, en lo que experimentan en el día a día.

–¿A usted el encuentro con Dios le ha cambiado la vida?

–Totalmente. A día de hoy, no me imagino una vida sin el Señor. Ni sería lo que soy si no fuera por Dios.

–¿Cómo era su infancia? ¿Misa todos los domingos?

–Vengo de una familia religiosa. Íbamos a misa todos los domingos, sí. Pero una infancia muy normal, muy feliz. Con mis amigos jugando en el parque, yendo a cenar por ahí… Lo típico. Es verdad que dentro de lo ordinario de mi vida siempre había un momento del día en el que yo iba a la eucaristía. Tengo un hermano mayor, que está casado y tiene dos hijos ya. Y una hermana pequeña.

–¿Por qué quiere ser sacerdote?

–Te vas dando cuenta con el paso del tiempo. Ese encuentro con Dios, a través de personas, momentos, pues te cambia la vida. Yo he ido descubriendo que el sueño que tenia de pequeñito, que era ser sacerdote, era el sueño que tenía Dios para mí. Al final, uno tiene que luchar por aquello que le llena el corazón. No es algo que pasa de un día para otro. Son como piezas de un puzle. Vas encajando una pieza, vas encajando otra hasta que ves que queda un puzle espectacular. Pero para eso necesitas oración, discernimiento, reflexión y, sobre todo, tiempo dentro de la Iglesia.

–¿Cómo reaccionaron sus padres?

–Siempre me han acompañado y me siguen apoyando. La gente que te quiere, aunque no comparta tu decisión, te respeta. Y siempre te da luz para que tú seas el más feliz del mundo.

–¿Qué piensan sus amigos?

–También me han apoyado siempre. Ellos han visto que desde pequeñito tenía el sueño de ser sacerdote. Forman parte de este camino y son pilares fundamentales para seguir adelante.

–¿Cómo resumiría la rutina de un seminarista?

–Pues oración, que es lo que nos ayuda a discernir sobre nuestra vocación. Formación para ayudarnos a que el día de mañana seamos los pastores que la Iglesia de hoy necesita. Y también diría que comunidad, que es lo que nos hace darnos cuenta de que solos no podemos llegar a ningún lado.

–¿La sociedad ha abandonado la fe o ha sido al revés?

–Al final, la Iglesia tiene que saber dar respuestas de nuestra fe en el día de hoy. Pero si la Iglesia siguiera ciegamente la sociedad, no estaríamos llamados a ser lo que tenemos que ser. Tenemos que vivir en el mundo, pero sin vivir en lo que mueve muchas veces al mundo.

–La relación con Dios no puede ser material, discurre en otro plano. ¿Eso es la mayor desventaja?

–Si tienes los cinco sentidos puestos en lo que vives, eres capaz de ver el paso de Dios por tu vida. A través de un abrazo, a través de una sonrisa, a través de una palabra, a través de un acercamiento… Es complicado porque estamos en una sociedad en la que todo va muy rápido y vamos a lo loco.

–¿No cree que es un poco osado presuponer que todo el mundo tiene esa capacidad que describe, que sería casi hermenéutica?

–Hombre, yo puedo ver al Señor en muchos gestos de amor. Y lo veo, por ejemplo, cuando alguien en la calle se acerca a un necesitado y se pone a su misma altura. O lo veo en la madre que se desvive por su niño. Dios es amor y todo lo que sea amor es un reflejo de Dios.

–Ya que habla de amor. Le cito una oración de San Francisco de Asís: «Señor, haz de mí un instrumento de paz». Atendiendo a los hechos, esta voluntad no está funcionando muy bien.

–Cuando uno no tiene a Dios en el corazón, cuando solo mira por sus propios intereses, vivimos los resultados. Lo vemos con las guerras, que no miran por el bienestar del otro. Luego entra la política, que mueve los hilos a su manera. Pero sigue habiendo instrumentos de la paz de Jesús en todas esas personas que siguen haciendo el bien.

–¿Cree que el ser humano es inherentemente bueno, o bueno y malo a la vez?

–En esa libertad, como hijos de Dios, tenemos la inclinación al pecado, a no amar o a mirar por nosotros mismos. Eso hace que muchas veces no seamos tan buenos como deberíamos.

–Pero el hombre fue creado a imagen de Dios.

–Dios hizo al hombre y a la mujer muy buenos. Pero como he dicho antes, tenemos la inclinación al pecado. Y hay otra cosa importante. El hombre es libre para vivir según Dios o para rechazar ese amor de Dios.

–No se trata solo de las grandes desgracias y guerras del mundo. Son las pequeñas catástrofes personales las que pueden hacer que uno pierda la fe. ¿Conoce esa sensación?

–Sí, al final, la vida tiene mucho de paz, pero también tiene mucho de cruz y calvario. Muchas veces tenemos que dejar morir o sentir que estamos muriendo en vida. Pero ahí también está la capacidad de ver como Dios construye en lo que a ti se te está destruyendo por dentro. Ver que el Señor nos da una nueva oportunidad cuando nosotros tenemos una fecha de caducidad. Eso hace que tú veas la vida de otra forma. Y sé que humanamente es difícil, pero la fe la da una vuelta a todo lo que uno vive.

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Cristian, seis años de formación teológica. Marilú Báez

–¿Ve la fe como un regalo?

–Es un don. La fe hay que cuidarla porque de lo contrario se pierde. La fe ilumina hasta lo más catastrófico.

–Da la impresión de que un cura que expresa una crisis de fe enseguida es aislado por la Iglesia. ¿Por qué?

–No debería ser así y no creo que sea así como algo categórico. Hay que hacer todo lo contrario, arropar a esa persona. De las crisis salimos más fortalecidos. La Iglesia tiene la obligación de acompañar cuando uno está hundido o no entiende el para qué.

–¿Usted ha tenido alguna vez una crisis así?

–Una crisis de fe como tal, no. Sí he podido dudar en algún momento de mi vocación. Si de verdad el Señor me estaba llamando o era una paranoia mía.

–¿Ha sentido alguna vez que rezaba y no había nadie al otro lado?

–No. He tenido momentos de sequedad. Momentos en los que no sientes nada. Pero sí he tenido siempre la seguridad de que Dios está ahí y que me está escuchando.

–¿Dónde están los límites de la oración? Le pongo un ejemplo. El sicario que hace su trabajo y luego va a la Iglesia a rezar.

–La oración tiene que tener una coherencia con la propia vida. El termómetro para ver cómo es tu relación con Dios es ver cómo te relacionas con los demás. El ver cómo tú actúas me enseña como tratas a Dios. La oración tiene que tener un 'feedback' directo con tu acción.

–¿Qué es la fe? ¿Es una fuerza, una alegría, una luz que sientes dentro de ti?

–Es un estilo de vida que te da luz, te acompaña y te orienta, y que pone su centro o pilar en la persona de Jesucristo. Un estilo de vida que te enseña a amar y te enseña a vivir feliz y a serlo haciendo feliz a los demás.

–¿También es autoconvicción?

–No. Yo no hago ningún esfuerzo para tener fe en Dios porque para mí es una certeza.

–¿Qué capacidades se requieren para aplicar bien los textos de la Biblia?

–Primero se requiere tiempo. Los tiempos actuales no son los que pide la Biblia. Y lo que más se necesita es formación. Necesitamos contar con la Iglesia, que es la madre. No podemos vivir nuestra fe aislada de la Iglesia. Y se necesita tener hermenéutica para saber interpretar la Sagrada Escritura porque no hay que entenderlo todo al pie de la letra, hay que saber interpretar el contexto y el mensaje teológico que hay de fondo.

–¿Cuándo fue la última vez que estuvo enamorado?

–Justamente antes de entrar al seminario. Estuve enamorado de una chica y estuvimos así un año y medio. No fue nada formal como tal, pero sí hablábamos y estábamos juntos. Eso fue allá por 2018. Yo entré al seminario en 2019. Fue una experiencia que a mí me ayudó a discernir mi vocación. Estar enamorado y querer a alguien fue fructífero y bonito. Me permitió saber lo que implica el amor de pareja.

–¿Cómo gestiona la idea de renunciar a la pareja, a la posibilidad de formar una familia?

–Durante todo el proceso vocacional hay dudas. Al final, te das cuenta de que ese sueño que tiene Dios para ti, pues implica también renunciar al amor de una pareja, a tener una familia. Quieres que tú corazón sea libre, que no tenga ni nombre ni apellido, para entregarte a todos sin condiciones y sin límites. Eso es también lo que yo entiendo como celibato.

–Pero el celibato no es un dogma, es una norma disciplinar. ¿Le parece un precio razonable?

–El celibato no es un precio a pagar, es una manera de vivir nuestra vocación. El celibato es un don, nos ayuda a no vivir una doble vida, a tener el corazón libre para amar al Señor.

–¿Cómo se relaciona con la sexualidad?

–Con coherencia y libertad. Es verdad que estamos en una sociedad muy sexualizada. Pero vivir tu sexualidad es bueno. Estamos creados por Dios como seres sexuados. Vivir el estilo de vida nuestro, que puede costar mucho si lo comparas con la calle, requiere de mucha madurez y de acompañamiento.

–¿No le da miedo la soledad?

–No, yo sé que Dios siempre está. Me gusta decir que es una soledad acompañada. Sí me parece importante mantener tu círculo de amistades. Los amigos nos salvan.

–¿Hay algún mandato del Evangelio que le resulte genuinamente difícil de cumplir?

–Sí, amad a vuestros enemigos. Creo que ahí hay un desafío muy grande. Este mundo sería más bonito y feliz si fuéramos capaces de hacerlo.

–¿Qué significa para usted la palabra perdón?

–Es la capacidad de abrazar la debilidad del otro. Es tener misericordia y capacidad de ponerte en el lugar del otro. También es importante perdonarnos a nosotros mismos.

–Si dentro de diez años la Iglesia permite el sacerdocio femenino, ¿cambia algo en su vocación?

–No.

–¿Ha acompañado a alguien que se estaba muriendo? ¿Qué hace la fe en ese momento con el miedo?

–He podido estar con personas que estaban en ese trance. Yo he podido ver a gente a la que se le acaba la vida, tumbada en una cama, y sentir como la fe aporta consuelo y fuerza cuando la debilidad se impone.

–¿Quién se sentará a su lado cuando muera?

–Espero que mis padres. Ojalá estén ellos. Aunque no físicamente, se entiende.

–¿Es hipócrita acabar esta entrevista pidiéndole que rece por mí porque soy un pecador?

–No, al contrario. Para mí sería un regalo.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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