- SOLY SAKAL CEO de Rhombus
En las películas bélicas hay siempre una escena en la que el alto mando observa el mapa, aparentemente imperturbable, mientras al fondo resuenan explosiones. Algo parecido ocurre hoy en los comités de inversión y en los consejos de administración. Aunque los mercados, aparentemente serenos, sigan funcionando con normalidad, la incertidumbre geopolítica se filtra de manera silenciosa pero persistente en cada decisión financiera relevante.
La tensión en Oriente Próximo ha devuelto al primer plano el estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del comercio mundial de petróleo. La cifra se repite hasta la saciedad, pero no por ello deja de ser estructuralmente crítica. Sin necesidad de un cierre oficial, basta la percepción de riesgo para que se encarezcan seguros, se alteren rutas y se tensionen expectativas inflacionarias. Pero, sobre todo, para que los nervios suban en el peor momento.
En las últimas horas, diversas entidades financieras han remitido a sus clientes institucionales notas bajo encabezados casi cinematográficos, como si de la más épica operación de James Bond se tratara, con un mensaje sorprendentemente claro y directo. Los inversores, recuerdan, están acostumbrados a dos realidades: que el riesgo geopolítico rara vez tiene impacto duradero en los mercados y que, cuando lo tiene, las caídas suelen ser tan intensas como breves, seguidas de rebotes igualmente contundentes. En parte, admiten, es una profecía autocumplida, se compra rápidamente cualquier corrección bajo la premisa de que el patrón volverá a repetirse. A partir de ahí, conviene separar ruido de estrategia.
Las inversiones, realmente, se construyen en el largo plazo. No en el titular de hoy ni en la vela roja de esta semana. El corto plazo es volátil por definición y el largo es donde se materializa el valor. Quien invierte con horizonte estructural entiende que los conflictos, las tensiones energéticas o los episodios de incertidumbre son parte del ciclo. Eso no significa ignorar el presente, significa colocarlo en su contexto correcto.
Hoy estamos en un mercado que, en muchos segmentos, viene de cotizar en máximos. En determinadas compañías, las valoraciones pueden resultar exigentes, pero muchas siguen siendo excelentes compañías con buenos modelos de negocio, ventajas competitivas claras y balances sólidos. Si la volatilidad ajusta los múltiplos sin deteriorar los fundamentales, lo que aparece no es una amenaza, sino una oportunidad.
Ahí entra el componente oportunista. En el largo plazo es cómo se invierte, en el corto plazo es cómo se aprovechan las oportunidades. Son dos planos distintos, pero complementarios. La estrategia no cambia por el ruido, lo que cambia es el precio de entrada.
Para el inversor disciplinado, es la clave. Si la estructura está bien diseñada, basada en una diversificación adecuada, liquidez suficiente y horizonte temporal claro, no hay necesidad de reaccionar impulsivamente. Al contrario, los momentos de tensión suelen ser los que permiten construir mejores posiciones a futuro. La volatilidad no es el enemigo, es el peaje de la rentabilidad.
Capital disciplinado
En el ámbito corporativo ocurre algo similar. No se paralizan decisiones por cada sobresalto geopolítico, en absoluto. Se recalibran escenarios, se ajustan primas de riesgo, se revisan sensibilidades. La lógica de creación de valor a largo plazo permanece intacta, el capital disciplinado se vuelve más selectivo.
Ahora bien, más allá del mercado hay una dimensión geopolítica y social que no puede ignorarse. El momento es complejo, doloroso y cargado de incertidumbre. Todos queremos que termine cuanto antes, pero la historia nos recuerda que los periodos de mayor tensión suelen preceder a reconfiguraciones profundas. Sin entrar en un análisis excesivamente político, sí cabe una reflexión de fondo: las transiciones hacia entornos más estables rara vez son lineales. Son procesos incómodos, con fricciones y costes en el corto plazo. A largo plazo, el mundo ha avanzado, pese a todo, hacia mayores cotas de integración económica, cooperación internacional y consolidación institucional.
Es difícil verlo cuando el ruido es alto. Como en todo proceso de transformación, el dolor se concentra al inicio. Pero igual que invertimos pensando en el largo plazo financiero, también conviene mantener una visión larga sobre la evolución de nuestras sociedades. La tendencia estructural, con retrocesos y crisis intermedias, ha sido de progreso. Desde esa perspectiva, el mensaje es claro y lo repetimos una y otra y otra vez. Prudencia, sí, pánico, no.
Si el conflicto se limita en el tiempo, el impacto será coyuntural. Si la volatilidad corrige valoraciones excesivas, puede abrir oportunidades interesantes en activos de calidad. Y si mantenemos la disciplina estratégica, el largo plazo seguirá siendo el verdadero generador de valor.
Invertir es, en el fondo, una declaración de confianza en el futuro. No en que no habrá conflictos, sino en que seremos capaces de superarlos y construir algo más sólido después. Cuando el conflicto sube, los nervios pueden temblar. Pero el inversor que piensa a largo plazo entiende que es precisamente en esos momentos cuando se ponen las bases del siguiente ciclo. Disciplina para invertir y oportunismo para ejecutar. Y perspectiva larga financiera y social para entender que, incluso en medio del ruido, el futuro se construye mirando más lejos.
Soly Sakal, CEO de Rhombus
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