El foco
Cuando el fuego se apaga, empieza el territorioInvertir en restauración y gestión activa permite reducir riesgos, frenar la desertificación y recuperar la capacidad del monte para producir, proteger y sostener la vida
Regala esta noticia Añádenos en Google Ilustración. (Higinia Garay)Ana Belén Noriega Bravo
Decana-presidenta del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales y Graduados en Ingeniería Forestal y del Medio Natural
30/08/2026 a las 00:02h.Cada verano, la conversación sobre los incendios se enciende y se apaga con las llamas. El fuego ocupa la atención mientras arde, se combate y ... se cuentan las hectáreas calcinadas. Cuando se disipa la última columna de humo, parece cerrarse el problema. Sin embargo, los efectos de un gran incendio empiezan entonces a mostrar su dimensión más profunda.
Lo primero es urgente y concreto. Al apagarse el fuego, muchos pueblos se quedan sin agua, luz o teléfono porque han ardido conducciones, captaciones e infraestructuras básicas. Hay que reparar servicios, despejar pistas y carreteras y devolver el acceso al monte. Después, con las primeras lluvias, llega la segunda oleada de daños: la del suelo desnudo.
Por eso la restauración no es una cuestión estética ni un lujo ecológico. Es seguridad. Tras el fuego resulta imprescindible una evaluación técnica temprana de la severidad, la pendiente, el tipo de suelo y la proximidad a viviendas, cauces e infraestructuras. De ese diagnóstico salen las actuaciones urgentes: estabilizar laderas, proteger el suelo y frenar la escorrentía con fajinas, acolchados o albarradas. Cuando la evaluación técnica determina que es necesario intervenir, hacerlo de forma temprana, especialmente antes de las primeras lluvias intensas, suele ser mucho más eficaz que reparar posteriormente los daños erosivos.
No existe una receta única. Cada incendio exige un análisis propio bajo dirección técnica, porque una intervención mal diseñada puede agravar la erosión y dañar la regeneración natural. Muchas especies mediterráneas pueden rebrotar o regenerarse si se dan las condiciones adecuadas. Decidir qué árboles quemados se retiran, cuáles se conservan en pie y cuándo intervenir no admite improvisaciones: requiere conocimiento, prudencia y planificación.
Restaurar tampoco termina en la ladera estabilizada. Recuperar la gestión forestal activa, con selvicultura y aprovechamiento sostenible de la madera, el corcho, los pastos u otros recursos, permite conectar el monte con la industria, la construcción, la vivienda y la bioeconomía. Esa cadena de valor genera empleo y arraigo, y es también una de las mejores prevenciones a largo plazo: un monte gestionado puede presentar estructuras menos vulnerables al fuego y ofrecer mejores oportunidades para una extinción eficaz que un territorio abandonado y con elevada continuidad de combustible. Por eso conviene ordenarlo desde el primer día, con mosaicos diversos, redes de defensa, zonas de seguridad, accesos para la extinción y una interfaz urbano-forestal cuidada.
Hay además una parte que no aparece en el recuento de hectáreas, pero pesa tanto como ellas. Un gran incendio arrasa recursos forestales, agrícolas, ganaderos y turísticos, y con ellos buena parte del sustento de comarcas amenazadas por la despoblación. Los pueblos pierden paisaje, actividad y atractivo; el turismo rural tarda años en volver y la madera quemada, de valor residual, rara vez compensa lo perdido. A ese golpe económico se suma otro más callado: ver arder el monte que forma parte de la memoria, la identidad y el vínculo con la tierra.
La restauración no es una cuestión estética ni un lujo ecológico. Es seguridad
La restauración debe convertirse también en una forma de reparación social. Puede generar empleos ligados a la regeneración, al seguimiento técnico y al uso sostenible de estos espacios, y ofrecer a las poblaciones afectadas una expectativa de futuro. Es la oportunidad de aplicar criterios técnicos y científicos para crear ecosistemas más resilientes, montes vivos y territorios capaces de sostener a quienes los habitan.
Nada de esto sucede sin cooperación. En España, la diversidad de titularidades condiciona cualquier respuesta. Administraciones, propietarios, gestores y poblaciones locales deben trabajar juntos, porque solo desde la colaboración se puede actuar con rapidez, continuidad y escala.
La reacción social ante los incendios y la voluntad de ayudar son valiosas. Ese compromiso ciudadano debe ser reconocido y canalizado, porque puede convertirse en un apoyo útil si se organiza con seguridad, formación y coordinación. El reto está en definir bien en qué fases puede aportar más valor el voluntariado, evitando que interfiera en los trabajos técnicos o comprometa la recuperación de zonas especialmente sensibles.
Encauzarla bien exige, sobre todo, una mirada técnica. La ingeniería forestal interviene antes, durante y después del fuego: en la gestión preventiva, en la dirección técnica y el apoyo operativo, y en la evaluación de daños y la restauración. Ese conocimiento es el que ordena las prioridades sobre el terreno y asegura que cada decisión, también la de si la ciudadanía puede sumar, se oriente a la recuperación real del territorio y de sus funciones ambientales, productivas y sociales.
Los incendios no son solo una emergencia de extinción, sino territorial, ambiental y social. Invertir en restauración y gestión activa permite reducir riesgos, frenar la desertificación y recuperar la capacidad del monte para producir, proteger y sostener vida. La gestión forestal sostenible ayuda a decidir dónde conservar, restaurar y producir de forma responsable, activando una cadena de valor ligada al empleo local, la innovación y los servicios ecosistémicos: protección del suelo y del agua, biodiversidad, captura de carbono, regulación climática, paisaje, salud, cultura y arraigo territorial. Del monte que arde debemos pasar a un monte vivo, gestionado y generador de oportunidades, imprescindible para nuestro futuro.
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