La Tribuna
Cuando el relato cambia de manosResulta inevitable observar con cautela algunos discursos recientes sobre el futuro del Río Guadalmedina
Regala esta noticia Añádenos en GoogleJosé Seguí Pérez
Arquitecto
26/06/2026 a las 02:00h.Existe una forma especialmente eficaz de transformar la realidad sin modificarla realmente: cambiar el relato. Ya lo advirtió Tomasi di Lampedusa en El Gatopardo: «Si ... queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie». No siempre es preciso alterar los hechos; a menudo basta con apropiarse de las palabras que nacieron para cuestionarlos. Las ideas verdaderamente innovadoras suelen recorrer un itinerario casi invariable. Primero aparecen como una crítica al orden establecido. Después son rechazadas por quienes se sienten amenazados por ellas. Finalmente, cuando alcanzan prestigio social, terminan siendo adoptadas precisamente por quienes representaban aquello que pretendían transformar. Las palabras permanecen; su significado, en cambio, se desplaza silenciosamente. El relato cambia de manos.
Lo inesperado llegó pocos años después. Aquellas mismas palabras empezaron a aparecer en los discursos de quienes habían defendido el modelo que precisamente tratábamos de superar. Promotores, operadores inmobiliarios e incluso algunos profesionales descubrieron que aquel nuevo lenguaje poseía una enorme capacidad de seducción. Resultaba más atractivo hablar de calidad urbana que de aprovechamientos, de integración que, de ocupación intensiva del suelo, de espacios verdes que de parcelas. No habían cambiado necesariamente sus objetivos, había cambiado el vocabulario. Las palabras perdieron su capacidad de transformar para adquirir otra mucho más interesada: la de legitimar aquello que no podían justificar. El lenguaje urbanístico comenzó a funcionar como una sofisticada operación estética: una elegante máscara capaz de conferir apariencia de innovación a decisiones que apenas modificaban el viejo modelo urbano. Mientras el vocabulario avanzaba, la ciudad permanecía inmóvil. Se invocaba la ciudad como proyecto colectivo, pero con frecuencia solo continuaba ampliándose el suelo disponible para construir.
No se trata de un fenómeno exclusivo del urbanismo. Forma parte de un mecanismo cultural mucho más amplio. Algo semejante ocurrió en los años cuarenta con el jazz. Charlie Parker, Dizzy Gillespie y Thelonious Monk comprobaron cómo la industria absorbía con extraordinaria rapidez las innovaciones que nacían en los clubes de Harlem. El bebop fue también una forma de resistencia a esa situación: un lenguaje deliberadamente complejo, libre y exigente, concebido para preservar la autenticidad frente a la simplificación comercial. Funcionó durante un tiempo. Después también fue incorporado por la propia industria. Cuando una idea adquiere prestigio, casi siempre aparecen quienes intentan apropiarse de ella sin asumir las razones que la hicieron necesaria. Por eso resulta inevitable observar con cautela algunos discursos recientes sobre el futuro del Río Guadalmedina. Expresiones como «reconciliar la ciudad con el río», «coser ambas orillas», «crear nuevos espacios públicos» o incluso el ya tan manido «hacer ciudad» poseen una enorme fuerza comunicativa porque apelan a aspiraciones compartidas. El problema comienza cuando esas palabras dejan de describir un proyecto para convertirse en su sustituto.
Nombrar una actuación no modifica su naturaleza. Del mismo modo que llamar plaza a una cubierta no la convierte necesariamente en espacio urbano, ni denominar puente a una plataforma cambia su condición física. Las palabras pueden sugerir una realidad distinta, pero no llegan a construirla. Confundir el nombre con la cosa constituye una de las formas más eficaces de desactivar el pensamiento crítico. Integrar un río en la ciudad nunca ha significado ocultarlo bajo nuevas estructuras. Recuperar un paisaje fluvial implica hacerlo visible, devolverle su presencia y permitir que vuelva a formar parte de la experiencia cotidiana de la ciudad. Del mismo modo, un espacio público no nace simplemente porque una superficie quede libre de edificación. La auténtica vida urbana depende de la relación entre los lugares, las personas y el tiempo; no de la denominación que figure en un plano como esa denominación de plaza-puente.
La historia del urbanismo ofrece numerosos ejemplos. Durante décadas muchos planes generales reservaron amplias superficies para zonas verdes únicamente porque la normativa lo exigía. Sobre el papel cumplían todos los estándares administrativos. En la realidad se utilizaron como slogans apropiándose del concepto para acabar siendo espacios residuales, inaccesibles o incapaces de convertirse en verdaderos lugares colectivos de encuentro. Ese es el riesgo que siempre aparece cuando el relato cambia de manos. Los conceptos concebidos para transformar la ciudad pueden terminar utilizándose para justificar actuaciones que persiguen objetivos muy distintos. Entonces las palabras dejan de revelar la realidad para empezar a ocultarla. La arquitectura necesita ideas, pero también necesita precisión. Porque las palabras nunca son inocentes. Tampoco lo son los proyectos que se refugian detrás de ellas. Entre transformar una ciudad y construir el relato de que está siendo transformada existe una diferencia esencial. Quizá esa sea hoy una de las responsabilidades más importantes del pensamiento crítico: impedir que el prestigio de las palabras acabe sustituyendo a la verdad de los proyectos que relata.
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