- TOM BURNS MARAÑÓN
Starmer, muy cerca de dejar de ser primer ministro británico porque un sector creciente de los laboristas piensa que con él no va a ninguna parte.
Cuando los cargos electos en un parlamento rinden cuentas de manera directa a quienes los han elegido y cuando los partidos políticos son foros abiertos que debaten ideas y tienen libertad para fiscalizar a sus líderes existe la posibilidad, no la certeza pero sí alguna opción, de que sobreviva la democracia liberal. Esta es la lección que cabe extraer del voto en una circunscripción electoral del norte de Inglaterra que tuvo lugar el pasado jueves. En tiempos polarizados, cuando parece que el populismo antisistema se lleva todo por delante, el representante de un partido del establishment bipartidista, en este caso el Partido Laborista, les ha dado una solemne bofetada a los nuevos partidos insurgentes y también al primer ministro, que es el líder de su propio partido.
Si la democracia liberal sobrevive será porque asegura el marco de libertad que en el seno de un partido parlamentario permite disentir de determinadas políticas y conductas y oponerse al líder que las apadrina con el fin de sustituirlo. Si los partidos se convierten en bloques jerarquizados y endogámicos ese marco desaparece. El poder está exclusivamente en manos de opacos aparatos y el populismo que grita "no nos representan" tiene un campo de actuación bien abonado.
Aquí se dice, con más fuerza con cada día y nuevo escándalo que pasan, que Pedro Sánchez ha de dimitir. Pero el presidente del Gobierno no tiene intención de marcharse a su casa y a su grupo parlamentario no se le pasa por la cabeza forzar su dimisión. Esto es lo que tenía que haber ocurrido desde el minuto uno cuando fueron imputados por graves delitos de corrupción los compañeros de viaje sanchistas en la vuelta a España en Peugeot que Sánchez organizó para asaltar la secretaría general del Partido Socialista.
Por muchísimo menos, tras la elección parcial en el distrito de Makerfield, perteneciente al Gran Mánchester, va a dimitir como Prime Minister Sir Keir Starmer, un puntilloso y decente servidor público de larga trayectoria y ex fiscal general del Estado. Al frente del partido socialdemócrata británico de toda la vida, Starmer obtuvo una holgada victoria en las elecciones generales que se celebraron hace dos años.
El principal rasgo negativo que define a Starmer no es el de corrupto y ventajista, sino el de ser un plomo derretido que no ilusiona a nadie. Prometió mejorar la vida de los británicos después de años de gobiernos conservadores y ha fracasado en su empeño. Se han estrellado las expectativas que creó y la conversación, como en tantos otros lugares, gira en torno a viviendas inasequibles, salarios estancados y servicios públicos deficientes. Un creciente sector del grupo parlamentario laborista no le quiere porque con él no va a ninguna parte.
Se espera tan pronto como hoy la dimisión y su sustitución por Andy Burnham, el ganador del voto en Makerfield, que fue ministro en gobiernos laboristas hace veinte años. Burnham abandonó el Parlamento en 2017 para convertirse en el alcalde de Gran Mánchester, la mayor área metropolitana del país después de Londres. Burnham vuelve a la Cámara de los Comunes para dirigir la revuelta interna contra el tóxico liderazgo de Starmer. El alcalde de Mánchester no engaña.
A Burnham le espera un creciente número de diputados laboristas con la misma expectación de la tropa cristiana cuando aguardaba la aparición de Santiago y su caballo blanco en la batalla de Clavijo. El rechazo al gafe Starmer no hace más que aumentar y el salvador será el popularísimo "Andy", que es conocido como el "Rey del Norte". Hombre campechano, Burnham es un comunicador nato que se ha hecho muy famoso como el alcalde cercano y proactivo de Mánchester que ha atraído inversión y parado en seco el declive urbano. La baza con la que juega Burnham es que él es capaz de vencer con contundencia a Reform, el partido antiinmigración, populista por excelencia, que dirige con mano de hierro Nigel Farage, el campeón de los euroescépticos británicos y uno de los principales promotores del plebiscito Brexit hace una década. Reform lleva meses encabezando todos los sondeos sobre la intención de voto, prácticamente ha diezmado al Partido Conservador y hace su agosto con el amplio desencanto que provoca el desgobierno de Starmer.
Burnham ofrece esperanza a quienes temen por el futuro de la democracia liberal. Al festejar, tras el recuento de votos, su regreso al Parlamento en representación de Makerfield, Burnham dijo: "Todo el mundo sabe que la política no funciona. Todo el mundo sabe que el país no está donde debiera estar. Esta noche podría, simplemente podría, marcar un punto de inflexión."
La prudencia de Burnham es llamativa. Lo que parece estar diciendo es que en una sociedad que muchos ya dan por rota, él es quizás el único que puede salvar un sistema representativo responsable, racional y renovador.
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