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Cuando el éxito no es suficiente

Cuando el éxito no es suficiente
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Muchos ejecutivos sienten un vacío existencial cuando alcanzan sus metas. Leer
SENTIDO Y GESTIÓNCuando el éxito no es suficiente
  • ANTONIO NÚÑEZ
Actualizado 27 JUL. 2026 - 00:05Arianna Huffington convirtió un episodio de agotamiento extremo en el punto de partida para redefinir su propósito profesional.EFESeguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas

Muchos ejecutivos sienten un vacío existencial cuando alcanzan sus metas.

Hay un momento en la vida del directivo en el que, contra todo pronóstico, el éxito deja de ser suficiente. Ha alcanzado objetivos, construido una carrera sólida, acumulado reconocimiento... y, sin embargo, algo no encaja. No es fracaso. Es otra cosa más sutil y más profunda: el vacío.

Viktor Frankl lo describió con una precisión quirúrgica: el vacío existencial. Esa sensación de falta de sentido que aparece cuando las metas externas -posición, poder, resultados- ya no llenan nuestro espacio interior. No es un problema de logro, sino de significado. Muchos profesionales de alta responsabilidad viven esta experiencia en silencio porque, desde fuera, todo parece funcionar.

El caso de Arianna Huffington, fundadora de The Huffington Post y de Thrive Global, es ilustrativo. Tras construir uno de los mayores medios digitales del mundo, sufrió un colapso físico por agotamiento. El éxito había sido real, pero incompleto. A partir de ahí, decidió redefinir su propósito, poniendo el bienestar, el descanso y el sentido en el centro de su nueva etapa.

Algo similar le ocurrió a Ray Dalio, fundador de Bridgewater Associates, uno de los mayores fondos de inversión del mundo. Tras alcanzar la cima en el sector financiero, su reflexión no giró solo en torno a cómo ganar más, sino a cómo entender mejor la vida, el error y la naturaleza humana. Su mirada evolucionó desde el resultado hacia el significado.

Frankl lo vivió y luego expresó de forma contundente: "Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo". El problema de muchos altos ejecutivos no es la falta de cómo, sino la ausencia de un porqué que trascienda el propio éxito.

En una conversación reciente en El líder ante el espejo, María Garaña, consejera delegada global de ClarkeModet y exdirectiva de Microsoft, Google y Adobe, lo explicaba con una claridad reveladora: "Llega un momento en tu carrera que dices: ahora, ¿qué me apetece hacer? Tengo el privilegio de estar exactamente donde quiero estar, haciendo lo que quiero hacer".

Esta frase encierra una verdad incómoda: el verdadero lujo en la alta dirección no es llegar, sino elegir. Ya no se trata solo de dinero, posición o reconocimiento, sino de nuestro bien más escaso: el tiempo. Y esa elección exige un nivel de autoconocimiento que muchos han postergado durante años, ocupados en avanzar sin detenerse a pensar hacia dónde. Aquí comienza la segunda etapa de la vida profesional. Una etapa menos visible, pero mucho más exigente. Ya no se trata de acumular logros, sino de alinear la actividad profesional con un sentido personal profundo. De pasar del éxito al significado. De responder no solo a qué consigo, sino a para qué lo hago.

En esa segunda etapa cambian las preguntas. La cuestión ya no es únicamente qué posición quiero alcanzar, sino qué impacto y legado quiero dejar. No es solo cómo puedo crecer más, sino en qué merece la pena invertir mi vida. No es solo qué espera el entorno de mí, sino qué me exige mi propia conciencia. No es un tránsito automático. Requiere parar, observar y tener el coraje de redefinir el propio camino. También exige aceptar que algunas metas que durante años nos movilizaron pueden dejar de hacerlo. Y que no hay fracaso en reconocerlo. Al contrario: quizá sea una forma superior de lucidez.

Porque, como sugiere Frankl, el sentido no se inventa: se descubre. Y ese descubrimiento suele llegar cuando el ruido del éxito deja de ensordecer. La empresa necesita directivos capaces de hacerse estas preguntas. No para abandonar la ambición, sino para purificarla. No para renunciar a los resultados, sino para integrarlos en una visión más amplia de contribución, responsabilidad y legado. En su forma más madura, dirigir no consiste en tener todas las respuestas, sino en hacerse las preguntas correctas. Y quizá la más importante de todas sea esta: cuando el éxito ya no basta, ¿qué es lo que realmente me importa?

Antonio Núñez | Senior Partner de Parangon Partners, especializado en liderazgo humanista y autor del pódcast 'El líder ante el espejo'

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Fuente original: Leer en Expansión
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