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Cuando tuve 23 años y perseguí a Gregorio Morán, el heterodoxo salvaje del periodismo español

Cuando tuve 23 años y perseguí a Gregorio Morán, el heterodoxo salvaje del periodismo español
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Es posible que Gregorio nunca le diese demasiado valor al dinero. Sólo quería cambiar lo que no le gustaba. Era tan ingenioso. Era tan retador. Era tan necesario y temible.

Gregorio Morán en su despacho.

Columnas DESÓRDENES Cuando tuve 23 años y perseguí a Gregorio Morán, el heterodoxo salvaje del periodismo español

Es posible que Gregorio nunca le diese demasiado valor al dinero. Sólo quería cambiar lo que no le gustaba. Era tan ingenioso. Era tan retador. Era tan necesario y temible.

Publicada 24 febrero 2026 01:56h

Una vez tuve veintitrés años y me obsesioné con Gregorio Morán.

Fue cosa de mi maestro Antonio Rubio, que dirigía el máster de El Mundo que yo cursaba y que nos mandó un ejercicio muy elocuente: hacer un perfil de un periodista de investigación, de uno de los suyos.

Entendimos más tarde que esa era su forma de demostrarnos la extraordinaria dificultad de retratarles, porque son inaccesibles, escurridizos, fantasmagóricos... a menudo unos aguafiestas de guardia, francotiradores exquisitos y camaleones irritantes, no gente simpática prostituida en halagos a otros compañeros por las redes (esperando mañana el favor de vuelta), no integrantes de sebosas bandas de cooptación cultural, no vedettes facilonas de TikTok.

No tertulianos de televisión.

No monitos de feria de ningún jefe.

Antonio nos pasó una lista de nombres para inspirarnos. Yo elegí a Gregorio.

El mejor, el mejor de todos. El mejor, para siempre, a mis ojos.

Pronto vi que a Morán se le conoce porque se le padece, en presencia o en ausencia. A mí me golpeó con lo segundo.

Me daba esquinazo alegremente.

Ignoraba los emails que le mandaba a su dirección de Sabatinas Intempestivas (su entonces columna semanal en La Vanguardia), me enteré de que recogía el correo de higos a brevas, de que no tenía móvil, de que era un hombre analógico en un mundo digital y de que vivía en Barcelona y en ninguna parte, porque justo en mi rabiosa búsqueda de estudiante se había ido una temporada a China.

Se me acababa el tiempo para entregar el perfil y no conseguía cazarle vivo.

No paraba de leer sus libros y de leer sobre él, de hacerme preguntas en voz alta. Los interrogantes de Gregorio Morán me provocaban una angustia de teléfono descolgado. Una vez soñé que me lo encontraba en la parada del bus y a diario le buscaba en las caras de hombres vetustos de fular y sombrero.

Otro día, almorzando en un restaurante, un amigo, jugando con mi incipiente obsesión, exclamó: “¡Coño!, ¿no es ese Morán?”, y casi me dio un parraque antes de percatarme de su descojone.

Quería ser tan malhumorada como él. Quería ser tan lista y agria. Quería arrancarme a tiras mi putrefacta amabilidad, mi deseo de ser amada, mi calidez en las fiestas...

Me estudié Adolfo Suárez. Historia de una ambición (Planeta) como El Evangelio.

Admiraba su ojo psicológico, casi esotérico, para entender a los personajes que dibujaba.

Pensaba que sus estudios de Arte Dramático le habían dado aquello, aquella gracia única como director de escena, ese talento para desmembrar el escenario político de la Transición, que, al fin y al cabo, no fue tan diferente a un teatro (sólo hay que ver la terna manipulada por el rey Juan Carlos y Torcuato Fernández Miranda para elegir nuevo presidente: esa reunión del Consejo aún carece de acta).

Rodeé a Morán. Hablé con sus amigos y con sus enemigos. Esto último era muy fácil: eran legión. 

Tomé un café bastante tenso con su fabulosa exesposa, Montserrat Galcerán, catedrática de Filosofía de Historia en la Complutense y madre de sus dos hijos, Guillermo y David. Una mujer radiante, puntiaguda, muy brillante y airada. Te metía un corte y te quedabas picueto. Entendí su romance salvaje.

Durante los años locos de clandestinidad en el PCE, boicoteando el franquismo, ella fue su revolución dentro de la revolución. Más tarde llegarían casi a la vez todos los desencantos. A Morán le quitaron la silla en el partido (para blanquearlo de cara a su legalización) y con Montserrat acabó como el rosario de la Aurora.

Creo que él se fue un poco a la francesa. Lo avisé: hay hombres que son fantasmas.

Ella accedió a quedar conmigo sin saber que quería preguntarle por aquel muchacho tan problemático y genial con el que había formado una familia. Casi se levanta y se va. Apretó la boca de coraje. Pero esa feminista impenitente aguantó el tipo y asumió con elegancia su propia memoria histórica. Me habló de él sin sentimentalismos y sin cuchilladas, como una biógrafa justa.

Por ella y por otras voces autorizadas supe por fin del niño que paseaba en bermudas por Oviedo, gestándose suavemente como icono de la heterodoxia española.

Fue un periodista que existió como los terrores infantiles: en forma de amenaza constante. Había hasta cierto folclore de fondo. Bastaba un que viene Morán, como si viniera el lobo, para que el establishment, sabiéndose cercado, advirtiese un ligero temblor de rodillas.

Supe que fue el pequeño de tres hermanos y que en su casa nunca acabó la Guerra Civil. Que su padre, teniente de los Regulares, se presentó voluntario para combatir, mientras que su madre, de herencia socialista, perdió a dos hermanos en la lucha.

Supe que el abuelo materno de Morán había sido un líder sindical asturiano y que sus otras dos tías, también de la UGT, fueron expulsadas de Asturias hacia A Coruña tras la guerra.

Supe que la historia de Gregorio Morán es la historia de la censura en España.

En el 78, cuando comenzó a escribir Adolfo Suárez, historia de una ambición, tenía treinta y un años, dos hijos y ningún contrato.

Había salido de Diario 16 taciturno, caminando despacio, jurando bajito venganza: le habían censurado un dossier sobre Televisión Española (TVE: los hombres de las sombras) porque Juan Tomas de Salas, el editor del periódico, iba a ser nombrado consejero de la cadena.

Ese trabajo suyo, que sería publicado parcialmente en el dominical de El País, salpicaba ya a Adolfo Suárez (designado director general del medio en 1969) y de aquellos polvos vinieron esos lodos.

En 2014, España seguía tratando de censurarle por cuestionar las narrativas oficiales. Planeta boicoteó la publicación de El cura y los mandarines, un ensayo monumental en el que destruía a los mandarines de la cultura, del franquismo a la democracia, de Cela a la RAE, por negarse el autor a borrar algunas páginas incómodas para los fontaneros del poder patrio. Al final se lo publicó Akal.

Menudo serpenteante fue Gregorio, siempre a costa de perder los chavos. 

Nunca fue muy colega de nadie, Morán, nunca aceptó los sobornos de los gobernantes ni nunca se acomodó en ningún sillón polvoriento. Ni en el de El País, que le ambicionaba como firma pero que siempre acababa intentando amordazarle. Mal rollo. "Soy reincidente en mis errores", decía él, con su corrosiva ironía.

Gregorio se desquitó documentando los orígenes franquistas del medio progre y sus sonrojantes cambios de chaqueta.

También acabó a palos con La Vanguardia porque, después de treinta años de colaboraciones, se guardó un artículo suyo en el que criticaba el independentismo y sus ayudas a la prensa. Jajá.

Imaginaba a ese Morán de los jóvenes años, con sus dientes desordenados y su gesto gamberro, plisándose los puños de la camisa y arrojándose a la máquina de escribir en su pequeño piso de Tetuán. A la guerra, a la guerra... a la guerra de la ética. 

Podía verlo. Morán fumando puros, leyendo a Herbert Marcuse, a Anaïs Nin, a Jean-Paul Sartre, a Trotski y a Guevara. Morán escuchando a Pete Seeger, yendo al cine a ver películas de Berlanga.

Morán poniéndose las botas en un restaurante de casquería mientras, en alguna parte, Suárez, frígido, almorzaba lo de siempre: tortilla y ensalada.

Tenía aquel tacto tan refinado en la recreación de diálogos... gastaba ironía perversa y cierta crueldad narrativa. Claro que el niño rebelde ya entendió hace rato que el periodismo no es un sacerdocio y que la independencia intelectual le cuesta a uno hasta la amabilidad.

“Este oficio, si se ejerce bien, es como una muela: puede machacarlo todo, pero lo único que destroza a la muela es el azúcar”, me dijo entonces el periodista Guillem Martínez, que se sentaba a menudo a su mesa. "Morán es un tipo repleto de manías y parcialismos”, agregó, pero, no obstante, “conversa con sus subjetividades, las documenta, acredita, y, a la postre, crea un producto inteligente con el que el lector puede discutir”.

Sí.

Eso le condenó a cierta soledad económica y, a veces, sentimental. ¿O al revés?

Es posible que Gregorio nunca le diese demasiado valor al dinero. Sólo quería cambiar lo que no le gustaba. En eso me recuerda a Fran Lebowitz: estaban enfadados porque no tenían poder, pero sí muchas opiniones. Era tan ingenioso. Era tan retador. Era tan necesario y temible.

Es tan curiosa la vida.

Morán dibujó el pseudomilagroso ascenso político de Suárez, caracterizado por su escasa formación, su nulo interés por la cultura e incluso su incapacidad para aprobar dos oposiciones (una, yendo favorecido a dedo). Todo ello trufado con dotes de seducción, voluntad, servilismo y sensible olfato hacia el poder.

Y, con eso y con todo, décadas más tarde, un Suárez ya apaleado se acercó Morán en una fiesta y le dio las gracias por su biografía "más objetiva". ¡Jajá! 

Entregué el trabajo. Antonio Rubio me puso un sobresaliente. Siempre he sido una niña muy empollona. Y ojalá, ojalá no tan simpática...

Unos años después, en la presentación de un libro, me topé de bruces con Gregorio Morán.

Nos miramos un segundo y recordé que él no sabía nada de mí. Había aprendido tanto persiguiéndole, y ahora...

Cambié de escaleras para no volver a encontrármelo. Esta vez le esquivé yo. A los fantasmas hay que dejarlos ir.

Hoy ha muerto y todo me es definitivo.

Gracias, Gregorio, por enseñarme que la escritura la carga el diablo. A veces aún disparamos.

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    Fuente original: Leer en El Español
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