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Antonia Conejo, Ana Galiano, Isabel García y Delia Garcia posan en su casa de Alhaurín el Grande. Ñito Salas Día Internacional de las Mujeres Cuatro generaciones y 80 años de historia de las mujeresAntonia, Ana, Isabel y Delia repasan las vivencias, los retos y las luchas que han marcado sus vidas durante la dictadura franquista, la Transición, la consolidación de la democracia y hasta la última ebullición feminista
Domingo, 8 de marzo 2026, 00:36 | Actualizado 00:59h.
CompartirLa matriarca, Antonia Conejo, nació en la Nochebuena de 1944; la bisnieta, Delia García, tiene apenas 16 años. Entre ellas dos están Ana Galiano, de 58 años, e Isabel García, de 42. Pertenecen a cuatro generaciones de una misma familia que ponen rostro, anécdotas, alegrías y también sinsabores a la larga marcha de las mujeres en los últimos ochenta años en España, en Málaga y en Alhaurín el Grande, donde residen. Ilustran como la Historia con mayúsculas ha dejado cicatrices en sus vidas. Y, también, como sus grandes rebeldías y pequeñas desobediencias a veces han hecho cambiar de rumbo el devenir histórico. Porque ellas han sido protagonistas de eso que dicen los estudiosos del movimiento feminista: ha sido el que más éxitos y más rápidos ha cosechado y también el que más potencial transformador atesora aún con vistas al futuro; ha avanzado mucho, pero la igualdad plena, su gran y justa ambición, aún está pendiente; a veces parece a punto de alcanzarse, pero otras asalta una amenaza que aleja el horizonte emancipador.
La historia de Antonia, Ana, Isabel y Delia muestra como en el siglo XX, en plena dictadura franquista que ejercía sobre las mujeres doble presión que sobre los hombres, el silencio y la resignación eran mandamientos a cumplir, así que la primera separación matrimonial no aconteció en la familia hasta que la mujer cumplió los 65 años y sólo porque los hijos la persuadieron de que no tenía por qué aguantar más. Pasadas dos generaciones, a su nieta no le costó tomar su propia decisión de romper: el avance de las décadas aparejado al de la conciencia igualitaria la llevaron naturalmente a decir que ella no tenía por qué aguantar más. Entre ellas dos, entre Antonia e Isabel, la experiencia de Ana, que asistió en primera persona a la apertura y la ebullición de las libertades que siguieron a la muerte del dictador y la llegada de la democracia. Y la pequeña Delia, cuya vida coincide con el último estallido feminista, evalúa la situación más por la distancia que la separa de tener de verdad las mismas oportunidades que un chico de su edad al que sigue viendo con privilegios que teniendo en mente todo lo que padecieron sus mayores. Al término de la conversación, de forma muy gráfica, Delia reconoce: «Sé que antes estábamos abajo, que hemos avanzado y estamos más arriba en derechos, pero es que yo quiero llegar a lo más alto en igualdad».
«Sé que antes estábamos abajo, que hemos avanzado y estamos más arriba en derechos, pero es que yo quiero llegar a lo más alto en igualdad»
«El trabajo la liberaba»
Esa frase, que fue una de las últimas que se pronunciaron en la reunión que estas cuatro mujeres tuvieron con SUR en la casa de Ana Galiano en Alhaurín el Grande, podía haber sido la que cerrara este reportaje. De momento se queda aquí. Pero ahora la historia tiene que empezar por el principio. Y eso significa que comenzamos a hablar de Antonia. La suya ha sido la vida más dura, en sintonía con su época y su clase social. «La verdad es que la vida no le ha sonreído, pero ella sí le sonríe a la vida», afirma su hija Ana. Esa vida de Antonia ha estado marcada por la vendimia en Francia, la emigración a Barcelona, el trabajo en hoteles, en casas limpiando, en lavanderías, recogiendo en las suertes del monte para vender los frutos cuando el marido, gruísta, se quedaba en el paro…
De la marcha a Barcelona cuando las cosas iban mal en Andalucía recuerda que no pudieron ir todos los hijos y que algunos quedaron repartidos por casas de familiares en Málaga. Y del trabajo en el monte, que cuando iba ella, vendían más que cuando iba el marido solo… Tenía mucho don de gentes y una gracia que aún hoy conserva. También una tendencia natural a ayudar. Y, sobre todo, una verdadera sororidad en una época en la que se desconocía el significado de una palabra que quizás ni existía: ayudaba a mujeres que sabía que sufrían maltrato –quizás la memoria la engaña cuando cuenta que a ellas las espetaba: «¿Por qué os calláis? Decid lo que es verdad», pero lo dejamos aquí porque es buen consejo para el presente–. Y también recogía en casa a chicas a las que su familia había dejado en la calle. «Fue una mujer adelantada a su tiempo», dice su hija Ana. Y eso sin haber podido ir a la escuela y habiendo aprendido a leer y escribir por su cuenta y ya de adulta. «Para mí mi madre es el mejor ejemplo de lucha. Ella le plantó cara al mundo dentro de sus conocimientos y de lo que ella sabía», reconoce su hija Ana.
Antonia Conejo, a las mujeres víctimas de violencia machista: «¿Por qué os calláis? Decid lo que es verdad»
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Las mujeres, charlando en el salón de casa. Ñito SalasAntonia no recuerda que tuviera que pedir permiso a su marido para trabajar. Parece que la falta de libertad en la vida de las mujeres de clase trabajadora de la época sólo tenía una excepción: el trabajo para llevar billetes a casa y mantener a sus ocho hijos. «Traía dinero a casa, y claro…», deja en suspenso. Y después de trabajar fuera del hogar, dentro, para mantenerlo limpio y a su prole como un sol. ¿No colaboraba su marido en casa? «No, era todo para mí», responde, salerosa. ¿No salía a tomar un café con las amigas?, ¿no plantaba una silla en la calle para hablar con las vecinas? «¡No tenía tiempo, estaba siempre trabajando!». Tan apurada iba siempre que a veces dejaba encargada a alguna de las hijas que hiciera de comer con instrucciones precisas sobre el guiso. Pero la familia recuerda que a Antonia el trabajo, pese a ser tan duro, la liberaba: «Por eso le gustaba tanto irse a trabajar, porque era ahí donde se sentía más libre. Ella se iba a trabajar y era otra persona; yo veía a mi madre en casa y luego en el trabajo y era otra persona totalmente».
«Por eso le gustaba tanto irse a trabajar, porque era ahí donde se sentía más libre. Ella se iba a trabajar y era otra persona; yo veía a mi madre en casa y luego en el trabajo y era otra persona totalmente»
Una de esas hijas, Ana, que fue quien convenció a su madre que se separara de su padre y a partir de ahí pudiera tener una vida independiente y más tranquila, quien la persuadió después de que durante años se resistiera porque no quería que sus hijos se criaran sin padre o fueran hijos de padres separados, pertenece, posiblemente, a la generación que con mayor intensidad vivió el cambio social en general, y en particular para las mujeres, marcado por el paso de la dictadura a la democracia. Y narra una reveladora anécdota: «Tenía un padre muy estricto. Y, por ejemplo, no veía bien que yo me fuera a un bar a tomarme un café. Me decía que se lo iba a decir a mi marido, que no era correcto que una mujer fuera sola a un bar. Pero, si él iba, ¿por qué no iba a poder ir yo? Él ha ido progresando; ellos también han tenido que resetearse y adaptarse a que las mujeres ya no seamos sólo amas de casa, a que ya no estemos arrinconadas; ahora estamos en todas partes y nuestra voz se escucha».
Aunque la suya podía haber sido una generación condenada a repetir la historia de la de su madre: a Ana la sacaron del colegio a los once años y fueron sus inquietudes y sus ganas de aprender las que la llevaron a estudiar y a sacarse su graduado más adelante para ahora dedicarse a la artesanía.
«Tenía un padre muy estricto. Y, por ejemplo, no veía bien que yo me fuera a un bar a tomarme un café. Me decía que se lo iba a decir a mi marido, que no era correcto que una mujer fuera sola a un bar»
«A mí me gustaba el cambio»
Ana se tuvo que sobreponer a la educación separada de niñas y niños, a las clases específicamente para ellas para que supieran desarrollar con corrección ésas que se tildaban de «sus labores», o a que todavía las cosas de la casa se les atribuyeran naturalmente a ella y a sus hermanas. «Pero la sociedad iba cambiando muy rápido. Y a mí me gustaba el cambio. A pesar de tener que dejar pronto el colegio, a mí me gustaba mucho leer; y aunque cuidada a mis hermanos mientras mi madre se iba a trabajar o me iba con ella, yo veía que había un cambio. Yo no quería seguir estancada en el pasado, yo quería ir con los tiempos y dar un pasito más hacia una sociedad más libre y más merecida por las mujeres; quería trabajar y tener independencia», dice Ana. Y tuvo suerte, porque dio con un hombre del que asegura: «Pensaba igual que yo. Y eso me ha abierto las puertas para no tener que censurarme nunca. Si no, todo hubiera sido más caótico, porque yo lo tenía muy claro: no iba soportar nada, no iba a aguantar ni una».
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Antonia se siente orgullosa de las tres generaciones de mujeres que la siguen. Ñito SalasAna sigue: «Yo no le tengo miedo a nada. Si veo a un hombre hablando mal a una mujer, yo soy capaz de defenderla. Esto en la época de mi madre no se hacía, la mujer era sumisa y tenía un miedo atroz porque eso era lo que había». Y rememora como esa conciencia igualitaria se fue construyendo en común, entre amigas, compartiendo experiencias. Y como en su casa, ese padre estricto, no era inmune a las transformaciones sociales: lo que para las hijas mayores habían sido prohibiciones, para las más jóvenes había más permisividad.
Reminiscencias desigualitarias
La tercera generación es la de Isabel. Su infancia la recuerda jugando en la calle, niños y niñas juntos, aunque los unos tirando más hacia el balón y las otras más hacia las muñecas, aunque parece que la bicicleta sí que era una afición común. Pese a los avances de la generación anterior, quedaban reminiscencias desigualitarias. No sólo en el patio del colegio o en los juegos en la calle; también en los estudios: «Cuando yo estudié el bachillerato, las niñas siempre tiraban más hacia las letras, mientras que los niños iban más hacia la física, la química; pero, bueno, cada uno era libre de elegir lo que quisiera: nadie te obligaba a ir hacia un sitio o hacia otro, cada cual decidía según lo que le gustara. A mí me gustaban las ciencias de la salud y, de hecho, soy enfermera, muchas de mis amigas hicieron magisterio, mientras que mis amigos tiraron más al área de matemáticas, informática y de todo lo que era más tecnológico».
«El peso del cuidado de los hijos todavía recae sobre todo sobre la mujer. A la hora de pedir una reducción de jornada, siempre es la mujer la que la solicita»
Con todo, Isabel no siente que haya sufrido discriminación por sexo o que ésta haya constituido una merma para sus posibilidades. «Yo te tenido sensación de igualdad; he estudiado una carrera, una oposición y a mí no me ha afectado en nada ser mujer. Sí es verdad que donde trabajo, un centro de salud, somos muchas más mujeres que hombres, médicas, enfermeras, técnicas de rayos…», explica. ¿Y en la vida personal? Con el padre de sus hijos rompió rápido porque sufría la sobrecarga de sumar el trabajo fuera de casa con todas las responsabilidades del hogar. Pero eso ha cambiado con la pareja actual: «En casa él tiene el mismo peso que yo; vamos a medias en todo», afirma. «Viniendo de los tiempos que veníamos, ha habido una buena evolución de las posibilidades que tiene una mujer», comenta, pero es consciente de los desequilibrios que persisten: «El peso del cuidado de los hijos todavía recae sobre todo sobre la mujer. A la hora de pedir una reducción de jornada por cuidado de los hijos, siempre es la mujer la que la solicita. Muchas veces, porque el hombre gana más dinero, así que interesa que sea la mujer la que recorte horas. Esa desigualdad sigue aunque la mujer esté incorporada ya al mundo laboral igual que el hombre».
La última generación
Sobre la generación de la chica, de Delia, de 16 años, se ha puesto el foco en los últimos años, porque se atisba el riesgo del retroceso en la igualdad conseguida, porque se observa en las encuestas que el feminismo comienza a verse con recelo. La experiencia de la joven es ambigua, de esa ambigüedad que se deriva de haber avanzado, pero sin haber completado la conquista de la igualdad, aunque sí la conciencia absoluta de que es indispensable porque su ausencia pasa factura. El estándar desde el que ella mide la situación es más elevado, más exigente. Y así se desprende de sus palabras: «En el colegio hablamos mucho de igualdad. Tanto los niños como las niñas dicen que hay mucho machismo. En la teoría se acepta que tú puedes hacer lo mismo que un hombre, pero en la práctica no se aplica tanto», comenta. Y da ejemplos: «Siempre han sido los niños los que han hecho la mayoría de los deportes. Me apunté al fútbol y luego me desapunté porque a los niños les parecía raro que yo estuviera allí». Y sigue: «Las niñas prefieren estudiar y los niños, hacer deporte. Se ve raro que sea al revés». Percibe que los chicos de su generación todavía ocupan más espacio que ellas: «En teoría, tenemos las mismas oportunidades, pero son ellos los que suelen acaparar más espacio y nos dejan en segundo plano. Nos molestan, y eso también es una desventaja para nosotras. No podemos hacer lo mismo con la misma facilidad que ellos. Falta alguien que les diga que no está bien lo que hacen».
«En el colegio hablamos mucho de igualdad. Tanto los niños como las niñas dicen que hay mucho machismo. En la teoría se acepta que tú puedes hacer lo mismo que un hombre, pero en la práctica no se aplica tanto»
Esto es más sutil que la negación de la existencia de la violencia de género, cosa que en su entorno no ocurre aunque sí es una opinión que crece en su generación. Pero siente que ello merma la amplitud de su futuro. Y es consciente de como se constituyen ahora las relaciones entre los adolescentes, con un control sobre las redes sociales: «Sé de gente que tiene las cuentas compartidas. Aunque creo que nadie les ha obligado. Supongo que cada uno obtendrá sus beneficios y que los dos querrán. Pero yo no me junto con gente de ese estilo y jamás haría eso».
«La sociedad ha avanzado, pero queda mucho por mejorar», sintetiza Ana. «Sí, vamos por el buen camino», agrega Isabel. La bisabuela, Antonia, está orgullosa de las tres generaciones de mujeres que la suceden y que han podido ser más libres que ella. Como Delia, que no se conforma con lo que hay pese a que sus mayores le digan que antes era mucho peor.
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