El pintor malagueño, retirado desde hace años, alcanza el centenario tras una carrera reconocida con un museo abierto en vida
Regala esta noticia Añádenos en Google Revello de Toro, en una imagen de archivo. (SUR) 10/06/2026 a las 00:04h.Finales de los años treinta. Un niño cuelga algunos de sus dibujos en los escaparates de Félix Sáenz. Al lado, un cartel escrito de su ... puño y letra: «Artista por afición. Se aceptan encargos». Aquel chaval que cobraba veinticinco pesetas por acuarela, por entonces sin estudios superiores ni premios ni exposiciones, acabaría convertido en el mayor retratista malagueño del siglo XX. Creció con una herida íntima, la temprana muerte de su padre, y otra colectiva: la bofetada de la guerra civil y las estrecheces de los años posteriores. Pero Félix Revello de Toro ya parecía convencido de algo: iba a dedicar su vida a pintar.
Ha pintado a reyes, príncipes y alcaldes. A presidentes de instituciones, empresarios y académicos. Y a cientos de mujeres anónimas
A lo largo de este siglo han cambiado las modas, los movimientos artísticos y las formas de entender la pintura. Mientras muchos de sus colegas exploraban la abstracción y nuevos lenguajes, él siguió pintando rostros. Por eso la historia de Revello también es la historia de una fidelidad: a la figuración, al dibujo y a una tradición que había aprendido de maestros como Martínez-Cubells, Bermúdez Gil, Nogales Sevilla o Manuel Benedito. Durante décadas recorrió ese mismo camino sin desviarse apenas, una insistencia silenciosa pero inquebrantable, anacrónica para algunos y clásica para otros.
Complicaciones económicas
Nació el 10 de junio de 1926 en el Hospital Noble, hijo de José María Revello Cazar, profesor de arte y dibujante, y de Ana María de Toro, ama de casa. Los lienzos y lápices formaban parte de su paisaje diario en casa, algo que explica que con apenas ocho años dibujara al Cristo de Mena, una de las primeras muestras de una vocación decidida a abrirse camino. La muerte de su padre dejó a la familia en una situación delicada, pero ni siquiera aquellas complicaciones económicas alteraron su rumbo. Poco después, el Ayuntamiento de Málaga le concedió una beca para estudiar en la Academia de San Fernando de Madrid.
Después llegaron nuevas ayudas, el descubrimiento de la tradición italiana y las primeras exposiciones importantes. A comienzos de los años cincuenta, cuando todavía compaginaba la pintura con la docencia, su nombre empezó a circular con fuerza entre críticos y coleccionistas. Su estudio se convirtió, cuadro a cuadro, en parada obligada para quienes querían un retrato. Pero sería injusto reducir su legado a los encargos oficiales. El territorio donde desarrolló una voz propia fue otro: sus dibujos de mujeres forman parte del imaginario visual de varias generaciones. Envueltas en gasas, sedas o mantones, iluminadas por una luz suave y retratadas con una sensualidad a menudo definida como elegante y contenida, acabaron modelando una estética inconfundible.
(SUR)Málaga tampoco desapareció de sus cuadros. Está en los carteles de feria y de Semana Santa que firmó a lo largo de los años, en algunos rincones de la ciudad y en una presencia que marca buena parte de su obra. Aunque desarrolló gran parte de su carrera en Barcelona, donde residió durante décadas, nunca perdió el vínculo con su ciudad natal.
La muerte de su esposa Chini en 2001 fue uno de los golpes más duros de su vida. También lo marcó profundamente la enfermedad de su hija. Pese a aquellos traumas, quienes lo han tratado recuerdan a un hombre educado y cordial, de modales impecables. Francisco González Ledesma dejó escrita una observación que también retrata su vida interior, los fantasmas con los que tuvo que aprender a convivir y la propia exigencia: «Aunque siempre sonría, uno sospecha que nunca tuvo piedad de sí mismo».
La muerte de su esposa Chini en 2001 fue uno de los golpes más duros de su vida. También la enfermedad de su hija
Cuando el Museo Revello de Toro abrió sus puertas en 2010, el pintor malagueño, que ya había reconstruido su vida y se había casado con María Rosa Molins, confesó que jamás había imaginado algo parecido. El lugar elegido tampoco era menor: la antigua casa-taller de Pedro de Mena. Allí quedaron reunidas más de un centenar de obras donadas por el propio artista, desde retratos familiares y dibujos preparatorios hasta algunas de las pinturas que terminarían identificándose con su nombre.
Su avanzada edad lo mantiene alejado de la vida pública. Hace tiempo que dejó de pintar y quienes lo rodean protegen una intimidad que siempre valoró. Pero entre aquel niño que colgaba acuarelas en los escaparates de Félix Sáenz y el artista que hoy posee una vastísima obra repartida entre colecciones, instituciones y museos media prácticamente un siglo de historia española. Cien años en los que han cambiado las ciudades, los gobiernos y las costumbres, casi todo salvo una vocación, la suya, que resistió mudanzas, guerras y pérdidas.
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