Es fácil distinguir el momento exacto en el que Daniel Campos se vino abajo. Fue aquel momento en el que, tras muchas noches sin dormir, completamente angustiado, se abrió en su mente la funesta revelación de que él era una mierda y que le era mucho más útil a su hijo estando muerto. «Para mi hijo, valgo más muerto que vivo». Así lo verbalizó. «Como teníamos un seguro en el Parlamento de un millón y medio de euros pensé que, con mi muerte, mi hijo podría estudiar lo que quisiera y vivir sin apuros económicos», recuerda para Crónica el que fuera político en las filas socialistas. Esa misma mañana, cuando uno de sus siete hermanos, el que vivía más apegado a él, le arrastró penosamente hacia el paseo diario que ambos compartían, Daniel le comunicó que había elegido el lugar para su final y que ya había escrito una nota de despedida. El paseo acabó en urgencias del Hospital de Linares y finalmente en la Unidad de Agudos de Úbeda donde un profesional le diagnosticó su bipolaridad. Hubo una recuperación, una recaída y luego otra recuperación gloriosa que, cinco años después, ha dado como resultado un librito, Unidad de Agudos, Cuentecitos de ida y Vuelta, que habla de la enfermedad mental y, sobre todo, aborda del modo de salir de un pozo hondísimo, de un modo sutil y exquisito.
(Diremos aquí y lo explicaremos más tarde que, entre la primera y segunda recaída, Daniel mantuvo una conversación peliagudísima con el entonces secretario de organización del PSOE, Santos Cerdán, que le reprochó que hubiese acudido a él para denunciar la corrupción de otros compañeros del partido y que le advirtió de que iba a ir a por él)
Así pues, no se trata de un libro de autoayuda, tampoco es un manual de instrucciones de uso, ni una reconstrucción de experiencias brutales, por muy brutal que fuera el entorno. Es una sucesión de «chispazos» que Daniel Campos escribió con finalidad terapeutica cuyos protagonistas son él mismo; Carlos y Luis, dos de sus compañeros de tratamiento, hoy fallecidos, que le dieron un abrazo cuando lo necesitaba y una advertencia pública en un acto político (la de que tenía Colgate en las comisuras ) que ningún cuerdo había tenido a bien realizarle ; la señora que buscaba un secador para asearse en un lugar tan despersonalizado que eso parecía una extravagancia, la enfermera que les hacía la vida imposible, e incluso su abuelo en plena Guerra Civil rodeado por sanitarios que simulaban serlo para no ser pasto del enemigo.
En el libro está su familia, el propio sistema público de Salud y sus enormes defectos... No siempre parece tener línea argumental la historia (ni falta que hace porque para eso son cuentos), pero sí que hay un hilo conmovedor que une a todos los textos. «Cada relato es un disparo en el que se encuentra la humanidad de alguien en el sitio más insospechado», explica Campos, que quiso escribirlo bonito, probablemente como muestra del respeto recuperado, a pesar de que eran textos sólo para él, para recobrar la memoria que había perdido con el tratamiento, y que describe las situaciones, incluso las más difíciles (también las relacionadas con la Memoria Histórica, en las que es un especialista), sin una pizca de ira.
«En mi proceso de recuperación, traté de construirme de manera nueva desde la bondad, de modo que no busqué espacios de confrontación en los relatos. A lo mejor hay algún matiz de búsqueda de Justicia en situaciones que a mí me parecieron injustas, pero no de confrontación», explica.
Pero eso no excluye la necesidad de dejar las cosas claras. Daniel Campos, hoy profesor, fue político y, aunque este aspecto no aparece explícitamente en el libro, admite que las dos crisis que le llevaron a la bipolaridad están ligadas a situaciones políticas, «a situaciones de confrontación en las cuales me derrota la situación política frente a unos valores éticos. Eran situaciones de ámbito municipal en las que, no es que se tapase la corrupción, pero sí se obviaba y no se actuaba según mi código ético indica que hay que hacerlo».
Puede que haya quien piense que tenía la piel demasiado fina para dedicarse a la política. «Es posible que mi actitud hoy fuera distinta y lo hubiera enviado todo a freir monas, pero en ese momento estaba al frente de proyectos bonitos e importantes. Era arqueólogo y llevaba a cabo una empresa (que mereció ser portada en EL MUNDO), que se llamaba Cástulo y en el que colaboraban como voluntarias unas 600 personas. Y en el ámbito de la Memoria Histórica estaba recuperando cuerpos de personas cuyos familiares estaban ya falleciendo. Me daba la impresión de que yo representaba en ese momento a mucha gente que, a través de mí, tenía la oportunidad de estar en un espacio de reconocimiento social».
La primera crisis de Daniel Campos se produjo en 2018. Salió del centro sanitario de Úbeda y regresó al partido y pensó que el modo de aclarar algunas cosas que le creaban desazón era reunirse con el secretario de organización para denunciar el cobro de unas pagas dobles por parte de determinados compañeros del PSOE andaluz. Su sorpresa fue mayúscula cuando Santos Cerdán le acusó, a él y al administrador que le acompañaba, de no tener "ni un mínimo de ética" por señalar a miembros de su propio partido y les despidió con una advertencia: «Vamos a ir a por vosotros». Y así fue. «No es que responsabilice a Cerdán directamente de la recaída, pero la situación que se creó en general, fue tremenda», recuerda con amargura y también con sentido del humor: «Claro, no me extreña que se enfadase. Según se está publicando, él, en aquellos momentos, se lo estaba llevando a manos llenas».
Daniel Campos con su libro, 'Unidad de Agudos. Cuentecitos e ida y vuelta'.CEDIDASu valentía al hacer pública su enfermedad intentando que no se estigmatizase a las personas que sufren enfermedades mentales, le perjudicó porque fue utilizada en las miserias internas del PSOE andaluz. «Personas en el partido», dice, «utilizaron mi bipolaridad para atacarme. De hecho, he escuchado comentarios peyorativos y de denostación por loco, por parte de gente que estaba tomando decisiones más irracionales que las mías, como gastarse 50 millones en proyectos sin pies ni cabeza».
Hoy sigue doliéndose del «fallo de valores absoluto existente en los partidos, que no son capaces de impedir el acceso de quienes no son capaces de gestionar éticamente lo público". "A la vista está lo que está pasando en el PSOE, con dos secretarios de organización en prisión», precisa. Pero sigue enseñando a sus alumnos la necesidad de la política.
Y ha emprendido con el libro otra batalla necesaria. La de ayudar a las personas y también la de denunciar un sistema que le parece terrorífico. «Vas al sitio más seguro del mundo, en el que es imposible que te autolesiones, pero el sitio más seguro del mundo es un infierno», explica al referirse a la Unidad de Agudos, porque hay una jerarquía establecida en la que el paciente depende del enfermero y no ve al psiquiatra cuando lo necesita sino cuando se ha convenido previamente. Porque, ya en la calle, un enfermo mental está perdido si no puede pagar a los especialistas de su bolsillo, porque las inversiones son irrisorias- ha hecho falta un montón de tiempo para poner de acuerdo a las Comunidades Autónomas sobre una Ley presupuestada en 20 millones cuando las aseguradoras solo ya han consumido 400-, porque el Ministerio de Sanidad debería coordinar, de forma centralizada, unas directrices generales y un documento marco... Esas son sus ideas.