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David Bestué y la memoria de las buganvillas

David Bestué y la memoria de las buganvillas
Artículo Completo 711 palabras
Frente a otras flores y plantas cargadas de siglos de tradición y simbolismo, la buganvilla ha recorrido un camino más discreto y, quizá por ello, menos romantizado. Resulta paradójico: pese a formar parte del paisaje cotidiano de numerosos territorios, suele permanecer al fondo, integrada en la escenografía, casi invisible. Sin embargo, también ella contiene historia y memoria. David Bestué (Barcelona, 1980) lleva años desplazándola de ese segundo plano para otorgarle un lugar preponderante. La ha empleado de distintas formas, pero su gesto de retirar las espinas y encapsular en fibra de vidrio sus brácteas de colores –habitualmente confundidas con flores– resulta especialmente significativo: al aislarlas y preservarlas, Bestué suspende su condición efímera y abre un espacio donde florecen nuevas lecturas, afectos y asociaciones.En 'Gran ojo', su exposición individual en la galería Ehrhardt Flórez, Bestué presenta una gran estructura central de planchas onduladas –evocadoras de la uralita– que albergan las citadas buganvillas encapsuladas. Emparentada con una pieza realizada años atrás para Coster Art i Natura en Mallorca, la estructura irrumpe en la galería, ocupa su centro y divide la sala en dos. Sin embargo, su transparencia contradice esa contundencia: la luz y la mirada pueden atravesarla. Esta ambivalencia es habitual en la obra de Bestué, donde materiales, texturas y formas activan una experiencia tanto sensorial como intelectual. El espectador reconoce lo que ve, pero no siempre logra identificarlo de inmediato. En esa distancia entre reconocimiento y certeza, la obra lo obliga a buscar en la memoria y a reconsiderar la aparente familiaridad de los dispositivos.Distintas propuestas de 'Gran ojo', de David Bestué E. LópezLa exposición confirma algo ya reconocible en Bestué: su extraordinario dominio del espacio. Cada pieza parece ocupar el lugar preciso, dispuesta con una naturalidad que oculta cualquier esfuerzo compositivo. Su conocimiento arquitectónico y técnico permite que materiales tan dispares como el papel de amapola, el yeso, el azúcar, el fieltro o la malla de gallinero convivan en volúmenes que interpelan y seducen, instalando la sensación de que algo está a punto de suceder. La muestra evoca olores, tardes en el campo, la experiencia misma de la espera. Y entonces aparece 'Mecanismo (Madrid)': un gran tambor de luz que gira lentamente, reuniendo hojas de menta, pétalos de rosa, un vitral modernista y planos de color. Con cada giro, la incidencia de la luz altera su apariencia, convirtiendo la contemplación en una experiencia cambiante.arte_abc_0724Pero quizá lo que termina por conmover en la obra de Bestué sea aquello que apenas reclama atención. Bajo un techo de lamas de pétalos de rosa, dos sillas monobloc se apilan vacías, separadas por una barra de sal. A cada una se le ha sustituido una pata: una, realizada con arena de la playa de Riazor, recuerda al asesinato de Samuel Luiz ; la otra, con tierra del barranco de Víznar, remite al asesinato de Federico García Lorca. 'Gran ojo' David Bestué Lugar: Galería Ehrhardt Flórez (Madrid) Dirección: C/ San Lorenzo, 11Dos gestos mínimos que convierten la materia en memoria y la ausencia en presencia. Como las buganvillas que permanecían al fondo del paisaje, también estas historias podrían pasar inadvertidas. Bestué parece recordarnos que mirar consiste en eso: detenerse ante aquello que apenas se ve y devolver al primer plano lo que durante demasiado tiempo permaneció en los márgenes.

Frente a otras flores y plantas cargadas de siglos de tradición y simbolismo, la buganvilla ha recorrido un camino más discreto y, quizá por ello, menos romantizado. Resulta paradójico: pese a formar parte del paisaje cotidiano de numerosos territorios, suele permanecer al fondo, integrada en ... la escenografía, casi invisible. Sin embargo, también ella contiene historia y memoria.

David Bestué (Barcelona, 1980) lleva años desplazándola de ese segundo plano para otorgarle un lugar preponderante. La ha empleado de distintas formas, pero su gesto de retirar las espinas y encapsular en fibra de vidrio sus brácteas de colores –habitualmente confundidas con flores– resulta especialmente significativo: al aislarlas y preservarlas, Bestué suspende su condición efímera y abre un espacio donde florecen nuevas lecturas, afectos y asociaciones.

En 'Gran ojo', su exposición individual en la galería Ehrhardt Flórez, Bestué presenta una gran estructura central de planchas onduladas –evocadoras de la uralita– que albergan las citadas buganvillas encapsuladas. Emparentada con una pieza realizada años atrás para Coster Art i Natura en Mallorca, la estructura irrumpe en la galería, ocupa su centro y divide la sala en dos.

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Sin embargo, su transparencia contradice esa contundencia: la luz y la mirada pueden atravesarla. Esta ambivalencia es habitual en la obra de Bestué, donde materiales, texturas y formas activan una experiencia tanto sensorial como intelectual. El espectador reconoce lo que ve, pero no siempre logra identificarlo de inmediato. En esa distancia entre reconocimiento y certeza, la obra lo obliga a buscar en la memoria y a reconsiderar la aparente familiaridad de los dispositivos.

La exposición confirma algo ya reconocible en Bestué: su extraordinario dominio del espacio. Cada pieza parece ocupar el lugar preciso, dispuesta con una naturalidad que oculta cualquier esfuerzo compositivo. Su conocimiento arquitectónico y técnico permite que materiales tan dispares como el papel de amapola, el yeso, el azúcar, el fieltro o la malla de gallinero convivan en volúmenes que interpelan y seducen, instalando la sensación de que algo está a punto de suceder.

La muestra evoca olores, tardes en el campo, la experiencia misma de la espera. Y entonces aparece 'Mecanismo (Madrid)': un gran tambor de luz que gira lentamente, reuniendo hojas de menta, pétalos de rosa, un vitral modernista y planos de color. Con cada giro, la incidencia de la luz altera su apariencia, convirtiendo la contemplación en una experiencia cambiante.

Pero quizá lo que termina por conmover en la obra de Bestué sea aquello que apenas reclama atención. Bajo un techo de lamas de pétalos de rosa, dos sillas monobloc se apilan vacías, separadas por una barra de sal. A cada una se le ha sustituido una pata: una, realizada con arena de la playa de Riazor, recuerda al asesinato de Samuel Luiz; la otra, con tierra del barranco de Víznar, remite al asesinato de Federico García Lorca.

Lugar: Galería Ehrhardt Flórez (Madrid)

Dos gestos mínimos que convierten la materia en memoria y la ausencia en presencia. Como las buganvillas que permanecían al fondo del paisaje, también estas historias podrían pasar inadvertidas. Bestué parece recordarnos que mirar consiste en eso: detenerse ante aquello que apenas se ve y devolver al primer plano lo que durante demasiado tiempo permaneció en los márgenes.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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