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David Gross, Nobel de física: «Para un bebé que nace hoy, llegar a viejo resulta improbable»

David Gross, Nobel de física: «Para un bebé que nace hoy, llegar a viejo resulta improbable»
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A los 85 años, Gross emplea buena parte de su tiempo en avisar de los monstruos que engendró la física. Y él los conoce bien. Premio Nobel por indagar el núcleo del átomo, lidera una campaña internacional de científicos por el desarme nuclear. Alerta de que vivimos una situación preocupante, multiplicada por la capacidad destructiva de los submarinos nucleares.
David Gross, Nobel de física: «Para un bebé que nace hoy, llegar a viejo resulta improbable»

A los 85 años, Gross emplea buena parte de su tiempo en avisar de los monstruos que engendró la física. Y él los conoce bien. Premio Nobel por indagar el núcleo del átomo, lidera una campaña internacional de científicos por el desarme nuclear. Alerta de que vivimos una situación preocupante, multiplicada por la capacidad destructiva de los submarinos nucleares.

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Texto y fotografía: Carlos Manuel Sánchez

01/10/2026 Actualizado a las 18:22h.

La isla alemana de Mainau, en el lago de Constanza, tiene cierta tradición en esto de anunciar el fin del mundo. El 15 de julio ... de 1955, con Hiroshima todavía reciente, dieciocho premios Nobel reunidos allí advirtieron del peligro de las armas atómicas, con Otto Hahn, uno de los descubridores de la fisión, al frente. En 2024, David Gross (Washington, 1941) fue promotor y portavoz de una nueva Declaración de Mainau que ya han firmado 104 laureados: «Existe una probabilidad significativa de que estas armas se utilicen, por accidente o de manera deliberada, y que la civilización llegue a su fin», advertía. Este verano, en los encuentros de Lindau, le ha dado un nuevo impulso, con varios objetivos: sentar a China en la mesa y garantizar que ninguna inteligencia artificial pueda decidir por su cuenta un lanzamiento, entre otros.

David Gross. Soy pesimista. En lo peor de la Guerra Fría se estimaba que el riesgo de una guerra nuclear rondaba el uno por ciento anual. Hoy calculo que es el doble. Es un cálculo mío y es tosco, lo admito. Pero con los tratados caducados y sin nadie que verifique lo que hay en los arsenales creo que me quedo corto. Repita esa tirada año tras año y haga las cuentas.

«Si juegas a la ruleta rusa y sigues apretando el gatillo una y otra vez, tarde o temprano se te acaba la suerte. Y nosotros hemos tenido muchísima»

XL. Las matemáticas se me dan regular…

D.G. Dentro de 34 años, que nuestra civilización siga aquí es tan probable como sacar cara al lanzar una moneda. A los 70 años queda alrededor de un veinticinco por ciento. Para un bebé que nace hoy, llegar a viejo resulta francamente improbable.

XL. Oiga, llevamos 80 años conviviendo con una potencial destrucción y aquí seguimos.

D.G. Pero si juega a la ruleta rusa y sigue apretando el gatillo una y otra vez, tarde o temprano se le acaba la suerte. Y nosotros hemos tenido muchísima.

XL. No todo son malas noticias. En la Guerra Fría había 70.000 cabezas nucleares; hoy unas 12.000.

D.G. La reducción fue un éxito enorme. Pero el número no es el único problema. En febrero expiró el New START, el último tratado que ponía límite a los arsenales desplegados, y sin ese freno pueden volver a crecer. Y también importa quién los tiene, y ahora hay nueve potencias nucleares y otros países que se lo están pensando. No solo Irán, también Arabia Saudí, Corea del Sur… Incluso Japón, donde hablar de esto era tabú.

D.G. La teoría de juegos construyó toda esa doctrina que ya era una locura y solo funciona con dos. Cada uno sabe quién le ha atacado y a quién responder. Con tres deja de haber un punto de equilibrio claro, y con nueve no sabes ni de dónde ha salido el misil. Vivimos en una casa cuyas paredes son de dinamita y basta una cerilla para volarlo todo. Ha habido cientos de accidentes, falsas alarmas y crisis que no escalaron de milagro.

XL. Y, sin embargo, la gente apenas habla de esto.

D.G. Porque no lo ha vivido. La mayoría de los que tienen menos de 50 años no sabe casi nada. Y, además, los gobiernos ocultan mucha información.

XL. En abril, en plena guerra con Irán, Donald Trump escribió que «toda una civilización va a morir esta noche». Algunos interpretaron que estaba considerando un ataque nuclear localizado. Le confieso que no pegué ojo, ¿usted se lo tomó en serio?

D.G. No creo que se refiriera a armas nucleares, sino a sus grandes bombas convencionales. Los líderes entienden el peligro porque sus generales se lo explican: saben que estarían entre los primeros objetivos y que probablemente morirían. Nadie en su sano juicio se arriesgaría, pero no sabemos qué pasa por la cabeza de unos líderes tan erráticos como los actuales.

XL. ¿Cómo se frena a un líder errático?

D.G. Con millones de personas exigiéndolo. Los gobernantes no se despertaron un día pensando: «El planeta se calienta, hagamos algo». Lo dijeron los científicos y no les hicieron caso. La gente salió a la calle, votó, presionó y, aun así, el mundo tardó 40 años en tomárselo en serio.

«Los multimillonarios aguantarán unos meses en sus búnkeres, pero tendrán que salir a un planeta arrasado. ¿Y sabe qué? Se van a llevar un chasco»

XL. La inteligencia humana nos ayudó a sobrevivir y también nos da las herramientas para destruirnos.

D.G. Los seres humanos somos así. Nos peleamos sin parar: una tribu contra otra, una nación contra otra. La ciencia nos ha dado un poder extraordinario. No hemos aprendido a manejarlo.

XL. ¿Le preocupa menos la inteligencia artificial que la bomba?

D.G. Al menos, la IA se construye para que nos ayude. El problema es que siempre hay alguien que encuentra la manera de usarla para otra cosa. Pero las armas nucleares se diseñaron expresamente para matar.

XL. Hay quien piensa que las civilizaciones avanzadas se autodestruyen. ¿Está de acuerdo?

D.G. Es muy posible. Enrico Fermi planteó una paradoja: si en la galaxia hay cientos de miles de millones de estrellas y aquí surgió la vida, ¿dónde está todo el mundo? Deberíamos tener compañía y no la vemos.

XL. Quizá la galaxia sea demasiado grande.

D.G. No tanto. Una civilización que sobreviva lo suficiente acaba creciendo tan deprisa que ya nada le impide ocupar la galaxia entera, como un organismo exitoso que coloniza un ecosistema. Le bastarían unos millones de años, un suspiro al lado de la edad de la Vía Láctea. Y no parece que haya pasado.

XL. A lo mejor lo difícil ya nos ha ocurrido y lo raro es que aparezca vida compleja.

D.G. Puede. Pero la explicación que más me inquieta es la contraria: que las civilizaciones aprendan a matarse antes de poder expandirse. Y de todas las maneras en que el Homo sapiens puede extinguirse, la más rápida es la guerra nuclear. El clima me preocupa, pero va más despacio

XL. ¿Y si mañana se usa un arma atómica?

D.G. Las simulaciones de los juegos de guerra enseñan lo difícil que sería contener la escalada. No sabemos si terminarían empleándose todas, pero pararse sería extraordinariamente difícil.

XL. ¿Y después?

D.G. El hollín de las ciudades incendiadas subiría a la estratosfera y formaría una barrera capaz de quedarse ahí más de una década. Cortaría parte de la luz del sol. Las temperaturas medias caerían unos diez grados de repente y las cosechas colapsarían. Es el invierno nuclear del que ya se habló en los ochenta, cuando la gente se asustó de verdad y exigió un cambio.

XL. ¿Acabaremos como los dinosaurios?

D.G. Es una comparación útil. El meteorito produjo una destrucción brutal junto al golfo de México, pero no fue la explosión lo que mató a los dinosaurios de África o de Asia. El polvo y el hollín bloquearon la luz y desencadenaron una glaciación.

XL. Hay unos cuantos multimillonarios que se han construido búnkeres y aspiran a sobrevivir.

D.G. Aguantarán unos meses con su comida y su agua, pero tendrán que salir a un planeta arrasado. ¿Y sabe qué? Se van a llevar un chasco.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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