- SOUMAYA KEYNES
La tendencia hacia la especialización que ha existido durante siglos podría estar a punto de revertirse.
¿De dónde surgen los nuevos empleos? El economista Joseph Schumpeter tenía una respuesta: las olas tecnológicas destruyen los empleos antiguos y dan paso a nuevos tipos de trabajo. Quizás los lectores de mayor edad recuerden a los operadores de tarjetas perforadas y a los encargados de videoclubs, trabajos que quedaron obsoletos con la revolución informática y digital. Y tal vez los lectores más jóvenes se pregunten si vivirán lo suficiente para ver un mundo donde los únicos empleos disponibles sean los de ingeniero de inteligencia artificial.
Hace unos 250 años, el economista Adam Smith destacó una fuente distinta de nuevos empleos: la especialización. Los trabajos son, en esencia, conjuntos de tareas. Los grandes mercados permiten desagregar esas tareas, dividirlas y producir mucho más. Al igual que en su famosa fábrica de alfileres —donde la fabricación se fragmentaba en distintas fases (cortar el alambre, sacar punta, etc.)—, los especialistas lograban una producción muy superior a la de los artesanos que realizaban todo el proceso por su cuenta.
Entonces... ¿quién tiene razón? La respuesta se complica porque es difícil separar ambas historias. La tecnología podría facilitar la especialización, como cuando la revolución informática facilitó la coordinación entre fábricas situadas a gran distancia. Los avances en el conocimiento también podrían impulsar la especialización, ya que resulta poco realista esperar que una sola persona sea experta en todo.
Los historiadores económicos han intentado despejar esta incógnita analizando las revoluciones del mercado laboral del pasado para comprender qué dinámicas fueron determinantes. Un grupo de investigadores utilizó registros judiciales para hallar pruebas que respaldaran la tesis de Smith; documentaron cómo el oficio de relojero en la Gran Bretaña de 1550 se había fragmentado en decenas de especialidades —como grabador de relojes, dorador de relojes y fabricante de muelles para relojes— dos siglos más tarde. Durante ese periodo, la expansión de los mercados británicos trajo consigo una mayor especialización.
Un estudio reciente sobre el mercado laboral estadounidense utilizó un modelo de lenguaje de gran tamaño para determinar si ciertos empleos estaban "relacionados con la tecnología" (por ejemplo, un montador de turbinas eólicas entraría en esta categoría, mientras que un dramaterapeuta no). Según sus cálculos, aproximadamente un tercio de los nuevos empleos creados entre 2011 y 2023 estaban relacionados con la tecnología. Una cifra considerable, aunque no mayoritaria.
Un nuevo estudio sobre el mercado laboral sueco adopta una perspectiva de largo plazo, basándose en datos detallados sobre empleos entre 1880 y 2019 y utilizando inteligencia artificial para asignar a cada ocupación dos puntuaciones en una escala de cinco puntos. La primera es una puntuación "smithiana", que indica si el trabajo es fruto de la especialización (los mayoristas y los radiólogos obtienen calificaciones altas). La segunda es una puntuación "schumpeteriana", que refleja el grado de asociación del empleo con una nueva tecnología (cifras elevadas para programadores informáticos y electricistas).
Aunque la frontera entre tecnología y especialización suele ser difusa, los resultados de los investigadores resultan interesantes. Con el tiempo, las profesiones con altos índices tanto smithianos como schumpeterianos han ganado peso relativo; sin embargo, han sido los puestos vinculados a la especialización los verdaderos motores de esta transformación. Entre 1990 y 2019, los empleos de fuerte perfil smithiano representaron el 60 % del total, frente a apenas un tercio de los de carácter predominantemente schumpeteriano
En este sentido, los empleos de corte smithiano parecen tener muchas más probabilidades de perdurar que sus equivalentes schumpeterianos. Los empleos tecnológicos son importantes por los puestos de trabajo que propician en otros ámbitos, pero parecen relativamente vulnerables a quedar obsoletos. Aquellos operadores de tarjetas perforadas estaban a la vanguardia... hasta que fueron sustituidos.
Aunque ahora nos preocupe que la IA arrase con empleos en una ola de "destrucción creativa", podría resultar más revelador analizar cómo afectará a la especialización. Los autores del estudio realizado en Suecia calcularon que alrededor del 70% del empleo entre 1990 y 2019 correspondía a ocupaciones que ya existían a finales del siglo XIX. Lo que importa ahora es qué tareas permanecen agrupadas en un mismo puesto y cuáles se trasladan a otros ámbitos.
Tal como me explicó Luis Garicano, autor del libro Messy Jobs, algunas agrupaciones de tareas están poco cohesionadas y, por tanto, son muy susceptibles de verse alteradas por la IA. También señaló que las tendencias pasadas podrían invertirse si la IA hace que los conocimientos especializados sean tan accesibles que resulte más sencillo integrarlos internamente, en lugar de asumir el coste de coordinarse con otros expertos. (Pensemos en una columnista de economía que decide crear su propio sitio web en lugar de contratar a un profesional independiente).
Esta invasión de competencias ya ha comenzado. Datos de OpenAI apuntan a que, entre los mensajes relacionados con el trabajo, cerca del 17 % tratan sobre las tareas asociadas a otra profesión. Si la división del trabajo se invirtiera, "sería una característica inusual de esta revolución en comparación con todos los avances científicos anteriores", me comentó Garicano. No obstante, una de las conclusiones de la investigación es que las revoluciones tecnológicas no suelen seguir el mismo patrón.
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