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La Tribuna De la Inteligencia Artificial a la Biología ArtificialMálaga
Jueves, 23 de abril 2026, 02:00
... de fascinación, utilidad y confianza. Primero fueron los algoritmos; después, los modelos generativos; ahora, casi sin transición, empezamos a asomarnos a un territorio aún más delicado: el paso de la IA a la Biología Artificial (BA).Silicon Valley ya ha puesto sus ojos en las posibilidades que abre esta nueva BA. Detrás de su retórica de innovación no hay solo amor a la ciencia, hay también capital, ideología y prisa. Una prisa típicamente tecnolibertaria: la convicción de que todo límite heredado es sospechoso, de que toda cautela ética huele a atraso y de que la historia pertenece a quien se atreve. Esa filosofía, que ya ha modelado el ecosistema digital, quiere ahora colonizar el origen mismo de la vida humana con afán mercantil.
Lo inquietante no es una técnica aislada de BA, sino la suma de todas ellas. A saber: óvulos y espermatozoides artificiales obtenidos a partir de células de la piel, selección embrionaria en función de perfiles genéticos, edición del ADN para prevenir enfermedades hereditarias, úteros artificiales para mantener con vida a prematuros extremos y, quizá mañana, para sostener gestaciones enteras fuera del cuerpo humano. Nada de esto pertenece ya por completo al terreno de la fantasía. Lo decisivo es que empieza a dibujarse una cadena tecnológica continua. La reproducción deja así de verse solo como un proceso humano asistido por la técnica para empezar a parecerse a un proceso técnico aplicado a lo humano con la ayuda de la IA.
Aquí conviene detenerse. No todo avance biomédico merece ser demonizado. Sería injusto e intelectualmente pobre. Hay desarrollos que podrían mejorar tratamientos de fertilidad, comprender fracasos de implantación o salvar a niños nacidos al borde de la viabilidad. Sería insensato negar ese horizonte terapéutico. Pero la medicina empieza a desfigurarse cuando deja de preguntarse únicamente cómo curar y comienza a preguntarse cómo optimizar. Una cosa es evitar una enfermedad devastadora; otra muy distinta, abrir la puerta a una cultura de la selección humana. Porque el lenguaje nunca es inocente. Cuando se habla del «mejor embrión», del perfil «más favorable», del bebé «optimizado», algo profundo se desplaza. El hijo ya no comparece del todo como don, ni siquiera solo como fruto del amor o del deseo legítimo de engendrar, sino también como resultado de un proceso de evaluación. Y cuando eso ocurre, la lógica del mercado entra por la puerta grande. Si podemos comparar, clasificar y elegir, pronto aparecerán catálogos, diferencias de precio, promesas de rendimiento y nuevas desigualdades biológicas. El viejo sueño eugenésico no regresará con uniforme y consignas brutales; volverá vestido de libertad reproductiva, medicina personalizada y mejora responsable.
Ese es el punto ciego del optimismo tecnolibertario. Confunde posibilidad con legitimidad. Cree que, si algo puede hacerse con una suficiente combinación de talento, datos e inversión, el debate moral estorba. Pero el progreso técnico, por sí solo, no contiene brújula ética alguna. Sabe acelerar; no sabe orientar. Sabe abrir posibilidades; no sabe jerarquizarlas. Sabe intervenir sobre la materia viva; no sabe responder a la pregunta esencial: qué debemos hacer con ese poder.
Y, sin embargo, esa es justamente la pregunta que no podemos dejar en manos de fondos de inversión, empresas emergentes o gurús de la disrupción. La fertilidad humana no puede convertirse en el nuevo territorio de una deriva cientificista dopada por el dinero de las empresas de la IA. Hace falta deliberación pública, reflexión bioética, prudencia jurídica y una antropología más robusta que la del mero deseo satisfecho por medios técnicos. No para frenar la ciencia por miedo, sino para impedir que la ciencia quede subordinada a una visión empobrecida del ser humano.
La grandeza de una civilización no sólo se mide por todo lo que es capaz de alcanzar científicamente, sino por los límites que sabe imponerse cuando entra en juego la dignidad humana. También en este campo necesitamos inteligencia, pero ética. El futuro no será más humano por el simple hecho de ser más sofisticado. Lo será solo si, en medio del poder creciente de la tecnología, seguimos recordando que un hijo no es un producto, que la vida no es una prestación y que la ciencia para ser verdadera aliada del hombre debe saber que hay límites que no empobrecen el progreso, sino que lo humanizan.
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