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De paseo con Vargas Llosa por París

De paseo con Vargas Llosa por París
Artículo Completo 846 palabras
Por alguna inexcusable razón, unos periodistas mexicanos dejaron plantado a Mario Vargas Llosa en el Café de Flore, y allí lo encontró por azar un escritor argentino en marzo de 2019: el autor de 'La fiesta del Chivo' permanecía sentado en el mismo rincón donde Sartre pasaba las mañanas, y parecía inmerso en recuerdos lejanos. El argentino se llama Eduardo Álvarez Tuñón , fue discípulo de Borges y en septiembre publicará en España sus indispensables 'Cuentos completos' (Libros del Zorzal). El otro día, para celebrar los 90 años del nacimiento de Vargas, leyó en la Academia Argentina de Letras la crónica de aquella tarde llena de sortilegios. Mario compartía con Eduardo la fascinación por París, pero el peruano le confesó allí que no era por la literatura francesa, como mintió tantas veces en las entrevistas, sino porque su abuela materna le contaba las peripecias de un tío que un día se levantó de la mesa familiar, salió a comprar tabaco y no regresó nunca más. Supieron por una carta que había muerto en la Ciudad de la Luz. «¿Para qué fue a París ese tío, abuela?, le preguntó un día Mario. »¿Para qué va a ser hijito? ¡Para corromperse! «, respondió ella.Noticia relacionada opinion No No Contacto en Buenos Aires Veteranos en «territorio comanche» Jorge Fernández DíazLo más sorprendente era que, al contar esas anécdotas, el premio Nobel cambiaba el tono de su voz: utilizaba un marcado acento peruano , como si recién hubiese llegado de Lima. Varias veces iría de un registro a otro, del pasado remoto al presente, del lenguaje original al adquirido, durante aquel encuentro. Eduardo se dejó llevar por ese vaivén fantástico, que a veces también era abrupto. Contó Mario que una sola vez lo había visto a Sartre , allí mismo, y que no se había atrevido a abordarlo. Le propuso después a Eduardo caminar por su viejo París, lleno de fantasmas. Visitaron juntos el lugar donde funcionaba La joie de lire, librería que hacía muchos años había cerrado; un espacio sagrado para Vargas Llosa, aunque hoy no pasa de ser un restaurante de sushi. Allí compró en 1959 el primer ejemplar de 'Madame Bovary' ; sostenía que esa novela lo había cambiado y que ese lugar seguía irradiando una luz que quizá sólo él podía percibir. Para quedar bien, el argentino aseguró que esa claridad todavía encandilaba. Vargas Llosa sonrió y le dijo: «No soy Alonso Quijano para que me sigas las locuras».«Tendría que haber hallado otros temas, tal vez más eternos, como los celos, el amor, el irremediable paso del tiempo o la vejez», le confesó a Vargas Llosa a Álvarez TuñónMás tarde pasaron por el humilde hotel Wetter, en la rue de Sommerard, donde vivió esos años -le señaló una ventana del tercer piso donde había leído aquel libro fundamental-, y por la Place Denfert-Rochereau, donde estaba la sede de la Legión Extranjera. En aquellos tiempos -le dijo- había sufrido una gran depresión y «si bien había descartado el suicidio, tenía la idea de infligirse una 'punición romántica' , una fuga, cambiar de identidad y desaparecer en un destino brutal». Tuvo la idea de incorporarse a la Legión, pero Emma Bovary lo disuadió. La voz juvenil seguía alternándose con la madura al ingresar en la Iglesia de Saint-Sulpice. Le reveló entonces que iba a ver 'La Lucha con el ángel', cuando sentía que lo escrito no tenía suficiente potencia. Frente al mural, lo invitó a mirarlo lentamente de izquierda a derecha, como si fuese un texto, y le explicó que luego de media hora volvía a su departamento a corregir lo escrito. «Nadie ha descubierto que mis libros tienen como coautor a Delacroix », agregó con otra sonrisa.Al regresar al Café de Flore ya no había dos tonos, sino uno: Vargas Llosa era para entonces un anciano que se culpaba de haberse contaminado por la política, a pesar de que le debía a esa temática sus obras más perfectas: «Tendría que haber hallado otros temas, tal vez más eternos, como los celos, el amor, el irremediable paso del tiempo o la vejez », le confesó a Álvarez Tuñón. Se lamentaba por haber perdido tanto tiempo. Prometieron volver a verse en Buenos Aires sin saber que se estaban despidiendo para siempre.

Por alguna inexcusable razón, unos periodistas mexicanos dejaron plantado a Mario Vargas Llosa en el Café de Flore, y allí lo encontró por azar un escritor argentino en marzo de 2019: el autor de 'La fiesta del Chivo' permanecía sentado en el mismo rincón ... donde Sartre pasaba las mañanas, y parecía inmerso en recuerdos lejanos.

El argentino se llama Eduardo Álvarez Tuñón, fue discípulo de Borges y en septiembre publicará en España sus indispensables 'Cuentos completos' (Libros del Zorzal). El otro día, para celebrar los 90 años del nacimiento de Vargas, leyó en la Academia Argentina de Letras la crónica de aquella tarde llena de sortilegios.

Mario compartía con Eduardo la fascinación por París, pero el peruano le confesó allí que no era por la literatura francesa, como mintió tantas veces en las entrevistas, sino porque su abuela materna le contaba las peripecias de un tío que un día se levantó de la mesa familiar, salió a comprar tabaco y no regresó nunca más. Supieron por una carta que había muerto en la Ciudad de la Luz. «¿Para qué fue a París ese tío, abuela?, le preguntó un día Mario. »¿Para qué va a ser hijito? ¡Para corromperse!«, respondió ella.

Opinión Veteranos en «territorio comanche»

Lo más sorprendente era que, al contar esas anécdotas, el premio Nobel cambiaba el tono de su voz: utilizaba un marcado acento peruano, como si recién hubiese llegado de Lima. Varias veces iría de un registro a otro, del pasado remoto al presente, del lenguaje original al adquirido, durante aquel encuentro. Eduardo se dejó llevar por ese vaivén fantástico, que a veces también era abrupto.

Contó Mario que una sola vez lo había visto a Sartre, allí mismo, y que no se había atrevido a abordarlo. Le propuso después a Eduardo caminar por su viejo París, lleno de fantasmas. Visitaron juntos el lugar donde funcionaba La joie de lire, librería que hacía muchos años había cerrado; un espacio sagrado para Vargas Llosa, aunque hoy no pasa de ser un restaurante de sushi. Allí compró en 1959 el primer ejemplar de 'Madame Bovary'; sostenía que esa novela lo había cambiado y que ese lugar seguía irradiando una luz que quizá sólo él podía percibir. Para quedar bien, el argentino aseguró que esa claridad todavía encandilaba. Vargas Llosa sonrió y le dijo: «No soy Alonso Quijano para que me sigas las locuras».

«Tendría que haber hallado otros temas, tal vez más eternos, como los celos, el amor, el irremediable paso del tiempo o la vejez», le confesó a Vargas Llosa a Álvarez Tuñón

Más tarde pasaron por el humilde hotel Wetter, en la rue de Sommerard, donde vivió esos años -le señaló una ventana del tercer piso donde había leído aquel libro fundamental-, y por la Place Denfert-Rochereau, donde estaba la sede de la Legión Extranjera. En aquellos tiempos -le dijo- había sufrido una gran depresión y «si bien había descartado el suicidio, tenía la idea de infligirse una 'punición romántica', una fuga, cambiar de identidad y desaparecer en un destino brutal».

Tuvo la idea de incorporarse a la Legión, pero Emma Bovary lo disuadió. La voz juvenil seguía alternándose con la madura al ingresar en la Iglesia de Saint-Sulpice. Le reveló entonces que iba a ver 'La Lucha con el ángel', cuando sentía que lo escrito no tenía suficiente potencia. Frente al mural, lo invitó a mirarlo lentamente de izquierda a derecha, como si fuese un texto, y le explicó que luego de media hora volvía a su departamento a corregir lo escrito. «Nadie ha descubierto que mis libros tienen como coautor a Delacroix», agregó con otra sonrisa.

Al regresar al Café de Flore ya no había dos tonos, sino uno: Vargas Llosa era para entonces un anciano que se culpaba de haberse contaminado por la política, a pesar de que le debía a esa temática sus obras más perfectas: «Tendría que haber hallado otros temas, tal vez más eternos, como los celos, el amor, el irremediable paso del tiempo o la vejez», le confesó a Álvarez Tuñón. Se lamentaba por haber perdido tanto tiempo. Prometieron volver a verse en Buenos Aires sin saber que se estaban despidiendo para siempre.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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