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De puteros y mancebías malagueñas

De puteros y mancebías malagueñas
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SUR HISTORIA De puteros y mancebías malagueñas

Fernando Alonso

Lunes, 23 de febrero 2026, 00:04

... pudo tomar su nombre de los prostíbulos que allí se situaban. De sobra es conocida la antigua costumbre de colocar ramos sobre los dinteles de las casas de placer -de ahí el nombre de ramera que se da a las prostitutas-, de manera que fuesen fácilmente reconocidas por los clientes, entonces en su mayoría analfabetos, del mismo modo que, por poner otro ejemplo, las barberías siempre han lucido un rótulo de color azul, blanco y rojo para identificarlas.

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Muro de San Julián, donde se situaban algunas mancebías malagueñas. Archivo Municipal de Málaga

Yáñez Fajardo puso a un rufián o alcahuete al frente de cada burdel, situados principalmente en la desaparecida calle de las Doce Revueltas. Según Guillén Robles, esta comenzaba a la mediación de la calle Calderería y moría, tras muchos recodos y recovecos, en el actual Muro de San Julián, antes llamado Muro de las Mancebías. Heredó el negocio su hijo, Diego Fajardo, de quien se dice que hoy es recordado con una calle a su nombre en el Centro.

Un obispo malagueño, García de Haro, escandalizado por lo que él consideraba desenfreno y liviandad, fundó una casa conventual llamada «de las arrepentidas», en la que se iban a recoger trece de estas mujeres pecadoras y descarriadas. La cifra no estaba elegida al azar: piensen en Jesús y sus doce apóstoles. Su primera sede estuvo en una casa situada a la izquierda de la calle de San Juan, a la entrada de la calle Cinco Bolas. Las arrepentidas habían de superar un riguroso noviciado, sujetándose a las reglas de las carmelitas descalzas y las franciscanas recoletas de Santa Clara. Tanto éxito tuvo esta piadosa fundación que esta institución estuvo en el origen, en 1604, de dos de los diez conventos femeninos malagueños: el del Císter y el de la Encarnación, este último en la calle Beatas.

Otro clemente obispo malagueño, fray Alonso de Santo Tomás, creó en 1681 otra casa de recogidas, frente a la iglesia de Santiago. La finalidad de esta fundación consistía en habilitar una vivienda que albergase el gran número de prostitutas que pululaban por la ciudad, cuyo aumento fue significativo por la terrible crisis económica que asolaba al país en los últimos años del siglo XVII. Esta institución se puso bajo la advocación de María Magdalena y, en realidad, parecía más una cárcel por su estricto reglamento. A las reclusas se les cortaba el pelo al ingresar, símbolo del abandono de las glorias terrenales. Estuvo recogiendo esta santa fundación a mujeres descarriadas en la calle Granada hasta que se trasladó al Perchel en 1793.

Sin embargo, durante el siglo XVII, los magistrados de la ciudad consentían la existencia de los lupanares para evitar males mayores, ya que así se ponía a salvo la honestidad de las doncellas, casadas y ancianas. Algún fraile exaltado recurrió a la argucia de colocar frente a alguna famosa mancebía una imagen devota en su hornacina, junto a la que celebraba novenas y otros cultos con sus feligresas, lo que estorbaba de manera evidente el negocio de las prostitutas, con la consiguiente pérdida de clientela.

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Así recreaba Manolo Blasco una mancebía de la calle Siete Revueltas

Con el correr de los siglos, el negocio puteril se fue trasladando a la calle Siete Revueltas. El viajero Walter Starkie la conoció en 1935 y afirmó: «He visto pocas calles tan canallescas como esta». Manolo Blasco recreó como nadie el ambiente de estas casas de placer. Los que animaban la fiesta tocando la guitarra y cantando se tapaban los ojos con unas gafas oscuras, simulando ser invidentes, dado que esta prueba de discreción era muy alabada por su selecta clientela. Estas casas de trato las frecuentaban desde el gobernador y otras autoridades provinciales y municipales, pasando por abogados, cónsules y generales. Las hubo también en el Postigo de los Abades (casa de «Isabelita la Canóniga») o en la calle Granados (con las acreditadas casas de la «Cartameña», la «Huevera», y de «Doña Águeda»). Al final de la calle Camas existió una ermita de la Virgen de los Dolores, en cuyo interior se había practicado una discreta puerta de comunicación con un burdel, por la que el que parecía contrito devoto salía aliviado de sus penas.

Manolo Blasco, primo de Picasso, contaba que uno de los más encopetados prostíbulos malagueños se encontraba en la calle Coronado, que unía la placeta de los Mártires con Pozos Dulces. En este burdel era usual ver entrar bombines, levitas y sombreros de copa. Las malas lenguas contaban que un viejo cliente murió en plena faena de un infarto. La atribulada meretriz se confesó y guardó luto durante una temporada.

Aunque el poeta Manuel Altolaguirre no era un hombre mujeriego, sus amigos no sabían por qué había ocasiones en las que se perdía por la calle Siete Revueltas. No nos escandalicemos. Muchos acudían a estas casas de lenocinio solo en busca de un rato de tertulia y buena compañía. Contaba Darío Carmona que, cuando la madre se enteraba de que su hijo estaba en la calle Siete Revueltas, iba a la casa de «Concha la Gamberra» (que antes fue de «Lola la Chata») a preguntar por su hijo y aquella le respondía:

¿El señor Altolaguirre? Vamos a ver. Aquí no está Manolito (obsérvese este maravilloso cambio en la forma de tratamiento, lleno de ternura y cercanía), pero vamos a ver si está donde la Chavela.

Y entonces llamaba por teléfono o enviaba a un chico «mariquita» a inquirir el paradero del susodicho:

Y al final le encontraba. Entonces Manolo bajaba, poniéndose la corbata, y la madre se iba con él y le decía: «Otra vez no te vuelvas a perder». Porque desaparecía horas y horas, siempre en la calle Siete Revueltas...

En esta picaresca vía, años más tarde, abrió el «Maipú», donde el cliente podía comprar unos bonos para contratar a las «señoritas taxi». Este nombre se les daba a las mozas que solo se dedicaban a bailar con sus clientes, marcando ellas el ritmo y llevándolos a donde ellas querían, de ahí su nombre. Una noche de 1924 bailaba allí con una «señorita taxi» el médico oculista Miguel Mérida Nicolich, quien quedó ciego del disparo realizado por el novio agraviado. Este lamentable incidente fue la comidilla del día en tertulias, reboticas, tabernas y otros mentideros malagueños.

Cela y el chumino malagueño

En Málaga denominamos popularmente chumino al órgano sexual femenino. La razón de este apelativo se remonta a cuando las mujeres descarriadas se acercaban, felices y desinhibidas, al puerto. Desde los barcos, los marineros ingleses les gritaban que les enseñaran sus partes pudendas, para calibrar su calidad. Show me now, les voceaban, a lo que ellas, alborozadas y sin pudor alguno, se levantaban solícitas sus faldas y mostraban a la marinería tan gozoso manjar. El show me now derivó en chumino. Y de la misma manera que de coño surgió coñazo por corrimiento semántico (nunca mejor dicho), en Málaga tenemos chuminá, que en román paladino significa cualquier cosa que carece de valor o de importancia.

No sabemos si Cela frecuentó la calle Siete Revueltas. Según nos cuenta Alberto Palomo, sacristán y archivero de la catedral malagueña -y, por tanto, no debemos dudar de autoridad tan grave-, el escritor gallego tuvo la oportunidad de oír en Málaga una letrilla popular:

¡Ay, salero, salero, salero!
¡Con el coño se gana dinero!,

que bien podía haber cantado cualquier mujerzuela de mala vida, de las que frecuentaban el puerto. Vaya usted a saber.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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