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De rave flamenca con La Molina en el Cervantes

De rave flamenca con La Molina en el Cervantes
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Sin parar de zapatear hasta el agotamiento, la bailaora malagueña hace de su ritual de 'Calentamiento' un acto colectivo entre la vanguardia y el arte jondo

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Marilú Báez De rave flamenca con La Molina en el Cervantes

Sin parar de zapatear hasta el agotamiento, la bailaora malagueña hace de su ritual de 'Calentamiento' un acto colectivo entre la vanguardia y el arte jondo

Regina Sotorrío

Jueves, 16 de abril 2026, 00:09

... muerto. Por eso, cuando el público va tomando asiento, ella está ya sobre el escenario estirando y contrayendo los músculos. Y por eso, cuando dos horas después llega el momento de marcharse, ella sigue ahí sobre el escenario, en su trance particular, zapateando hasta el infinito en un 'Calentamiento' eterno.

Imposible no sorprenderse ante la potencia de la bailaora malagueña. Es una fuerza más contenida que cuando empezó en esto hace ya más de 20 años. «No corras Molina», se dice a sí misma varias veces. Pero llega igual de lejos que siempre, buscando ese punto necesario de dolor que su cuerpo necesita para revolverse, contonearse y doblarse de formas imposibles. Es, avisa, «el calentamiento previo al calentamiento para empezar a calentarme antes de empezar».

Marilú Báez

La Molina hace de su propio ritual de preparación un acto colectivo del que hace partícipe a todo el Teatro Cervantes, con las entradas agotadísimas desde hace semanas. Son 35 minutos de una tabla de pie hipnótica que alcanza los 180 'beats' por minuto –según ella relata– y durante la que no deja de hablar. Con mucha guasa, además. El público es testigo de ese ejercicio íntimo y solitario que hace «desde los siete años»: la ve sudar, la oye respirar cada vez con más dificultad y escucha el compás que marcan sus tacones.

Por el camino, hace confesiones con un texto abierto a la improvisación –al teléfono que suena en el patio de butacas o a La Lupi que sigue el espectáculo desde la platea–, pero tras el que está la firma de Pablo Messiez. Así sabemos que su pierna buena es la izquierda, que tiene un 40 de pie y que siempre le gusta calentar «muy por debajo» de sus posibilidades «para adormecer el ego y para entrenar el aburrimiento». Impresiona y agota verla, a partes iguales. Es lo que hace falta para «avisar al cuerpo» de que lo que viene va a doler.

Y es entonces, cuando está «bien sudada y bien cansada», cuando La Molina salta de nivel. Como ella misma dice, es bailarina durante el día, come poco y se cuida, «pero a partir de las ocho soy bailaora». Ahí se crece y se gusta.

Baila con una silla, canta, toca la batería por Las Grecas y mueve los brazos al ritmo de Bach

Este, como todos sus espectáculo, hablan de ella. Se ríe de sí misma, de su excesiva autoexigencia, de su dificultad para desobedecer y de su miedo a parar por si luego no puede empezar. Refleja la soledad de la creación entonando 'O Solitude' de Henry Purcell mientras coloca del derecho y del revés la misma silla que le acompaña durante los meses de ensayo en su estudio. A veces la quiere y baila con ella. Otras veces se enfada y la expulsa de su lado. Como la vida misma. Una silla que después se convertirá en docenas en un (no) fin de fiestas. «Yo no quiero que la fiesta termine», repite.

No está sola. Tras un calentamiento de brazos con Bach de fondo ('Variaciones Goldberg'), llega José Manuel Ramos 'Oruco' para guiarla, motivarla y marcarse con ella unos duelos de pies que dejan sin aliento. Y, de repente, de la nada, aparecen Ana Polanco, Ana Salazar, María del Tango y Gara Hernández para cantarle por palos flamencos o por Las Grecas. Lo mismo da. La Molina puede con todo.

Porque en 'Calentamiento' se descubre a muchas Rocío. Como la que canta 'Si la muerte' al estilo inclasificable de Diamanda Galás en una escena tan descarnada como surrealista (se nota que El Niño de Elche está detrás de la dirección musical). O la que se arranca a la batería en uno los clímax del espectáculo, desatando la locura con un 'Nadie te quiere ya' de Las Grecas que deriva en una fiesta electrónica. Solo ella puede hacer que el Cervantes se transforme en una rave y que la noche siga siendo flamenca.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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