La televisión dejó Ceuta y apareció la Puerta del Sol. Había tiendas de campaña, pancartas, sacos de dormir y gente sentada en el suelo. Madrid había vuelto a cambiar de problema.
—La vivienda nunca se va. Cambian los que no pueden pagarla —respondió Andrés.
Una reportera caminaba entre las tiendas explicando que la acampada protestaba contra los desahucios y reclamaba alquileres asequibles. Detrás de ella, un chico sujetaba una pancarta en la que podía leerse que una casa era un derecho. Andrés pidió otra cerveza.
—Qué sitio más raro para pedir una casa.
—Bueno. Depende de cómo esté el mercado —respondió el camarero.
—No sé. Dos metros por setenta —respondió el camarero.
—Un metro cuarenta cuadrado —calculó Andrés.
«La muerte democratiza bastante el acceso a la vivienda»
Andrés hizo unas cuentas en una servilleta.
—Como se entere una inmobiliaria, nos joden hasta después de muertos.
—Ni dos meses de fianza —continuó Andrés.
—Ni contrato indefinido —dijo el camarero.
—Ni demostrar que ganas tres veces el alquiler —añadí.
—La muerte democratiza bastante el acceso a la vivienda.
En la televisión entrevistaban a una mujer que explicaba que llevaba meses buscando piso. La reportera asentía con esa expresión televisiva que sirve para un desahucio, una inundación y la derrota de España en cuartos.
—Dice que no encuentra nada por menos de mil doscientos —comentó el camarero.
—¿Y dónde quieres que busque? —pregunté.
—Pero trabaja en Madrid —dijo el camarero.
—Y tiene los niños escolarizados aquí —añadí.
—Tercero. Esta mujer no para de equivocarse —concluyó Andrés.
«Desde arriba, las tiendas de campaña parecían pequeñas parcelas de colores ocupando Sol»
—Entonces, para vivir en Madrid, ¿qué hay que hacer?
La televisión mostró un plano general de la acampada. Desde arriba, las tiendas de campaña parecían pequeñas parcelas de colores ocupando Sol.
—Fíjate. Han encontrado la solución —dijo Andrés.
—Eso no es vivir —protestó el camarero.
—En Idealista pondrían «acogedor estudio textil en pleno centro, concepto abierto y excelente conexión con transporte público» —dijo Andrés.
—Ideal para persona que hace vida fuera.
—Sin dormitorio —añadió el camarero.
«Lo peor de una casa es que uno termina creyendo que es suya»
—Vosotros os reís, pero como esto siga así acabarán anunciándolas.
—Claro. «Diez metros de lona en el corazón de Madrid».
—Abstenerse agencias —continuó el camarero.
—Se valorará solvencia —añadió Andrés.
—Más suministros —remató el camarero.
En la pantalla aparecía ahora un hombre mayor hablando de un desahucio. Tenía esa forma de mirar de algunas personas cuando ya han contado demasiadas veces su desgracia y empiezan a sospechar que contarla tampoco sirve de mucho.
—Lo peor de una casa es que uno termina creyendo que es suya —dijo el camarero.
—Digo tuya. La silla donde te sentabas. La marca de la mesa. El ruido del vecino. La baldosa que se mueve. La ventana por la que sabes si hace frío sin mirar el tiempo. Esas cosas.
—Eso no sale en la tasación —añadió el camarero.
—Tú cada día sirves peor las cervezas, pero estás cogiendo una profundidad bastante desagradable —dijo Andrés.
"Pasó una familia detrás de un empleado del tanatorio. Caminaban despacio. Aquí nadie tenía prisa por llegar a ninguna parte"
Miré hacia la puerta del bar. Por el pasillo pasó una familia detrás de un empleado del tanatorio. Caminaban despacio. Aquí nadie tenía prisa por llegar a ninguna parte.
—¿Qué pasa con ellos? —preguntó Andrés.
—Hasta ahora pensábamos que un muerto tenía asegurado su último metro cuadrado.
—¿Cómo que concesiones? —pregunté.
—Los cementerios no son eternos —explicó el camarero.
—¿Me estás diciendo que también te pueden echar de muerto?
—La eternidad está carísima —sentenció el camarero
—Esto sí que es una burbuja inmobiliaria.
—¿Cómo que no? Toda la vida trabajando para comprarte una casa, treinta años pagando hipoteca y cuando por fin consigues una vivienda de la que no quieres mudarte jamás resulta que también es temporal.
—La eternidad está carísima —sentenció el camarero.
En la televisión alguien gritaba que la vivienda no podía ser un negocio.
—Pues espera a que descubran la muerte —dijo Andrés.
—¿También es un negocio? —pregunté.
El camarero abrió los brazos señalando el bar, las coronas, las salas y todo aquel edificio donde hasta el café parecía guardar luto.
«Ubicación tranquila, vecinos silenciosos, gastos mínimos, zonas verdes y contrato de larga duración»
—Imagínate que llegan hasta aquí —dije.
—¿A pedir vivienda? —preguntó el camarero.
—No des ideas —respondió el camarero.
—Ubicación tranquila, vecinos silenciosos, gastos mínimos, zonas verdes y contrato de larga duración —anunció Andrés.
El camarero nos retiró los vasos. En la televisión, la Puerta del Sol seguía llena de tiendas. Pensé que quizá la verdadera diferencia entre aquella gente y quienes estaban encima de nosotros era bastante pequeña. Todos buscaban lo mismo, simplemente, unos metros cuadrados donde nadie pudiera venir a echarlos.
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