Desbloquear, abrir la red social, notificaciones, mensajes, scroll... Aparece un vídeo: el texto que la acompaña no tiene nada que ver. Sensación de vacío. Pesadumbre existencial. ¿Por qué ese mensaje sin sentido? ¿Quién lo ha escrito y con qué fin? ¿Es SEO, GEO (Generative Engine Optimization) ... ? ¿Lo ha compuesto siquiera un ser humano? La certeza es desoladora: hay una mano algorítmica tras esos párrafos informativos incoherentes.
Con muchos de los siguientes posts es igual: contenido AI slop recomendado por una inteligencia artificial en un entorno deshumanizado. El mismo proceso se repite con mayor frecuencia cada día desde hace unos años, la misma desconexión con lo que era la aplicación. ¿Cuál es su objetivo? Es decir, el verdadero. ¿Sigue siendo nuestra atención, o algo más refinado, algo que no estamos comprendiendo ni las ovejas ni los propietarios de la finca, una idea patrimonio de los pastores?
Eso a lo que llamamos internet ya no es lo que solía ser. Por supuesto no es el espacio de libertad de la era módem y chasquidos maquinales en el teléfono, aquel tiempo de directorios y chats, de libertad, terribles virus, troyanos y experimentación. Los buenos viejos tiempos.
Tampoco es el tiempo bisagra de Messenger, ni la etapa de las redes sociales ingenuas: los álbumes de fotos de fiesta, las solicitudes de amistad sin más estrategia que el no tener estrategia. Por si fuera poco, tampoco vivimos los años duros del control absoluto de unas redes sociales perfectamente calculadas, diseñadas y engrasadas para la extracción de nuestros datos en base a la doctrina del fin justifica los medios (digitales, inmorales).
La llegada de la tecnología IA y antes la automatización por medio de bots está convirtiendo lo que fue el nuevo mundo virtual de la emancipación en un páramo invadido por una metástasis que poco a poco ocupa todos los espacios que acostumbrábamos a habitar y nos desaloja de vuelta a la materialidad pero con la sensación de haber perdido algo muy valioso, un horizonte que sí llegamos a vislumbrar. La explicación a este fenómeno tiene un nombre y es Dead Internet Theory.
La Dead Internet Theory (teoría del internet muerto) plantea que una parte importante de lo que hoy circula por internet ya no ha sido generado por personas, sino que procede de bots, ha sido decidido por algoritmos o bien es contenido producido con inteligencia artificial. Es decir, que bajo la apariencia de conversación, comunidad o cultura digital, lo que realmente opera es una red automatizada que produce, replica y distribuye contenido sin necesidad de intervención humana directa.
La idea conecta con una experiencia cada vez más reconocible: textos que no terminan de decir nada, vídeos cuyo contenido no guarda relación con lo que prometen, comentarios intercambiables, publicaciones que parecen diseñadas más para ocupar espacio que para comunicar algo. No es tanto una ausencia de contenido como una inflación de contenido vacío, generado para alimentar sistemas de recomendación, posicionamiento y entrenamiento de modelos.
En este contexto entran en juego prácticas como el SEO y su evolución hacia el GEO, donde el objetivo ya no es solo posicionar en buscadores, sino también en sistemas generativos. El contenido deja de dirigirse exclusivamente a humanos y empieza a pensarse para máquinas que lo indexan, lo reinterpretan y lo vuelven a producir. No está muerto. Pero algo se ha corrompido. La superficie sigue llena de signos, de voces, de actividad constante, y sin embargo cada vez cuesta más encontrar intención, origen, presencia. Como si el lenguaje siguiera circulando, pero contaminado. Como si internet no hubiera desaparecido, sino que se hubiera ido envenenando lentamente hasta convertirse en otra cosa.
Máquinas que producen contenido para que otras máquinas lo consideren adecuado en base a unos criterios maquinales, para promover información sobre empresas cada vez más automatizadas, menos humanas, que compiten en un contexto algorítmico. Cuesta encontrar el encaje para quienes respiramos en un panorama como este, pero claro, alguien tendrá que consumir, comprar, hacer girar la rueda. ¿Seguro?
Internet es ese continente al que arribamos y que hemos ido evolucionando hasta desfigurarlo por completo respecto a su forma original –siendo precisos, respecto a su forma civil original, pues su nacimiento fue un sistema militar de transmisión de información–. Internet saltó de los ordenadores a los móviles que luego fueron smartphones, a las consolas, y de ahí a todo tipo de dispositivos portátiles para el trabajo, el ocio o el día a día. Quizás la clave es que la funcionalidad y el propósito están matando a internet. Todo tiene demasiado sentido, demasiada claridad, demasiadas inversiones que satisfacer.
Quienes fueron artífices de sus más prometedoras posibilidades, un género especial de congéneres soñadores, o bien se han quedado por el camino, o bien han mudado la piel y se han transformado, mediante un proceso de inquietante tecnometamorfosis, en ícaros ávidos de paraísos artificiales y exclusivos solo para unos pocos, poquísimos, o incluso –seguro que en sus visiones– solo para ellos, proyectos de dioses que sabiéndolo o no, participan de la disolución de las alas que ellos mismos han logrado desarrollar.
¿Morirá internet, o solo nos dejará fuera de aquellas fronteras que tiempo atrás llegamos a considerar edénicas?
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Dead Internet Theory, crónica de un desalojo
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