El 14 de junio de 1986, en Ginebra, murió Jorge Luis Borges. Cuarenta años después, este «finale» sigue siendo uno de los episodios más controvertidos de una vida que solo en apariencia fue tranquila.
El haberse marchado de Buenos Aires a sus 85 años, ... ya enfermo de cáncer y en compañía de María Kodama, para morir y ser enterrado lejos de su familia y amigos, ha dado pábulo para muchas páginas, a través de reportajes, artículos y libros, en los que se desgrana la intriga de esa última decisión. ¿Fue, de hecho, una decisión suya?
Sobre este punto, sobre todo el asunto, en realidad, hay dos versiones. María Kodama contó en reiteradas ocasiones que ella le insistió a Borges para regresar a Argentina, luego de una gira de presentaciones que los llevaron a Italia, y que fue el propio Borges quien no quiso regresar. Sabía que iba a morir y no quería que su agonía fuera como la del doctor Ricardo Balbín, cuya muerte en 1981 había sido el foco de una cobertura mediática impúdica.
La otra versión establece que todo fue un plan orquestado por María Kodama para obtener lo que finalmente consiguió: casarse con Borges, de manera fraudulenta, menos de dos meses antes de su muerte, enterrarlo lejos de la Argentina y convertirse en la heredera universal de sus bienes y, sobre todo, de su obra.
Con el fallecimiento de los principales implicados, y en especial de Kodama, que murió en marzo de 2023, las pasiones que despertó esta polémica han dejado paso a la observación más serena, pero no menos asombrada, de los avatares de un destino singular. Un destino en el que el propio protagonista tiene ya un rol secundario. Decir «Borges» hoy día no señala únicamente a un autor, su vida y su obra. Señala hacia algo más que cada quien, al pronunciar esa palabra, debe precisar. Martín Kohan ha reflexionado sobre esto en un ensayo titulado, precisamente, 'Lo que entiendo por Borges'.
La fascinación por Borges se ha vuelto tan importante como la fascinación por la propia fascinación que despierta Borges
Para mí, Borges es como el Dios de Jung: invocado o no, siempre está presente. Esta omnipresencia de Borges, sin embargo, no es sojuzgadora ni aterradora. Es luminosa, asombrosa, liviana, divertida. No tiene nada de severidad veterotestamentaria, ni de redención cristiana ni de ataraxia budista. Se parece más a ese Dios lúdico de 'El hombre que fue Jueves', de G. K. Chesterton.
Esta condición de su obra tiene poco que ver con la propia vida de Borges, que, en líneas generales, salvo por la literatura y la amistad, fue bastante gris y solitaria. En todo caso, su obra sería una sublimación de ese aparente sinsentido mediante la postulación de un orden, basado en unas reglas lingüísticas y en unos principios estéticos, cuya elaboración cumplió una sola función: justificar la existencia de su hacedor.
Desde mi primera lectura de Borges en la adolescencia, cuando leí 'Las ruinas circulares', hasta hoy, algunas cosas han pasado en mi vida. Estudié Letras, me hice escritor y emigré dos veces hasta recalar en el sur de España. Eso ha implicado abandonar y rehacer en varias ocasiones mi biblioteca. Lo cual me ha enseñado a desprenderme de lo innecesario y quedarme con lo fundamental.
Hace poco me deshice de unos trescientos libros y espero continuar con el expurgo en los meses siguientes. La idea es no solo liberar espacio en mis anaqueles y reducir la ansiedad de lo por leer, sino, también, enfocarme en unas pocas obsesiones. Borges es la más insistente, hasta el punto de que tengo más libros sobre Borges que del propio Borges. La fascinación por Borges se ha vuelto tan importante como la fascinación por la propia fascinación que despierta Borges. Como La Gioconda y su nube constante de adoradores.
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