«Tienen que perder de vez en cuando y no pasa nada». Una psicóloga nos explica cómo actuar ante el estallido de rabia cuando las cosas no salen como quieren
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Regala esta noticia Añádenos en Google (Adobe Stock) 05/10/2026 Actualizado a las 15:40h.A nadie le gusta perder pero la madurez ayuda a sobrellevarlo. Por eso, a los niños les cuesta tanto, en especial a aquellos que han ... escuchado pocas veces un 'no' por respuesta. Hay padres -y madres- que andan por ahí dejándose ganar a las cartas por preadolescentes por temor a traumatizarles. Pero los psicólogos rebaten esa tesis con contundencia. «Los niños tienen que perder de vez en cuando y no pasa nada», señala la psicóloga Silvia Álava. «¿Es bueno que los padres se dejen ganar? No, qué va. Está bien no machacarles con una goleada, pero no hay por qué dejarles. Estamos perdiendo la tolerancia a la frustración, esa capacidad de aceptar que las cosas no son como nos gustarían», añade la experta.
Cuando se produce el estallido de frustración, los adultos somos los encargados de mantener la calma. «En los primeros años estaremos más a su lado y les daremos más estrategias. Luego, poco a poco, les iremos dando más espacio y solo les ayudaremos si surgen complicaciones. Pero cada vez deberá ser más el niño o el joven quien asuma sus pataletas», desliza la especialista. De lo contrario, les estaremos infantilizando. Y tenerlo entre algodones pone las bases para algo muy peligroso, como las adicciones. Si no sabemos gestionar la frustración, podemos caer en la tentación de apagarlas a través de atajos.
Dice Álava que la hoja de ruta es relativamente sencilla. Y cuando hay un estallido nuestra respuesta debe ser la siguiente: «Validar la emoción y darle un nombre. El niño de cinco o seis años necesita escuchar algo como: 'Mira, esa mezcla de rabia y tristeza por haber perdido es normal. Se llama frustración y nos pasa muchas veces en la vida. No es culpa de nadie. Cuando las cosas salen de un modo que no nos gusta, la sentimos'».
- ¿Por qué fallamos si está tan claro?
- El problema es que, cuando vemos que el niño tiene esa sensación desagradable, y grita y monta jaleo, pues se la queremos ahorrar a toda costa. 'Ay que sufre', nos decimos. Nos parece insoportable... pero lo cierto es que la vida le traerá esos momentos porque no siempre va a ganar. Y por eso debemos prepararle para gestionarlos.
A veces se nos olvida que la vida tiene elementos de competitividad, nos guste o no. Cuando sea mayor y encuentre un trabajo será uno entre doce becarios y habrá competencia. O cuando aspire a determinados objetivos deportivos o sociales. «Hay elementos de ese tipo que son inevitables en la vida», advierte Álava. «Hay que tener cuidado porque lo evitamos haciendo bandera del amor maternal pero con ello también impedimos que el pequeño pueda crear sus propias estrategias», añade. Tampoco se trata de ir por la calle frustrando a los niños como si fuera un deporte: «Por supuesto que no», subraya la psicóloga con énfasis. Cuidado entonces con poner mucho el foco en lo que hacen mal, con esas críticas que pueden ser tan dañinas. Y, por supuesto, no hay que señalar a quien no ha ganado ni tildarle de perdedor.
Sin dramas
En el deporte escolar se han limitado las goleadas a diez tantos para evitar la sensación de haber recibido un baño, que es un término habitual en el argot futbolístico. Pero los niños siempre van a querer algo que les acerque a ganar. ¿Cómo enfocamos entonces el tema, si tampoco es conveniente eliminar la existencia de la competencia? La especialista recomienda un enfoque que vamos a entender muy bien con el ejemplo futbolístico. No se trata de decirles que hay que entrenar para ganar, es mejor formularlo de la siguiente manera: «¿Qué te parece si entrenamos esto para que juegues mejor?». Cuando la competencia es con uno mismo se vuelve sana.
¿Y si pierden? Ahí conviene preguntarles algo como «¿tú sientes que lo has hecho lo mejor posible? ¿Has dado tu mejor versión?». Y a la vez, enseñarles a ser generosos con ellos mismos: «Habrá días que no estemos para dar nuestra mejor versión y eso también es natural. Y nos ganarán. No pasa nada», recomienda Álava que verbalicemos. Tampoco debemos ver la derrota como «algo dramático».
¿Cómo se gestiona una pataleta de frustración?
En primer lugar, no cediendo. Es una obviedad pero, si lo hacemos, los pequeños entenderán que ese camino, que es tan incómodo para todos, les sale a cuenta a ellos porque al final logran lo que querían. La clave, según la psicóloga Silvia Álava, vuelve a ser «acompañar». Y eso debe ser progresivo. Si son muy pequeños e inmaduros necesitarán de un apoyo mayor y cada vez debemos darles más autonomía para que gestionen por sí mismos su frustración. Darles tiempo también ayuda a calmar porque es más sencillo racionalizar las situaciones que no se abordan en el momento. Que los padres y madres estemos tranquilos en nuestra respuesta, que seamos firmes pero comprensivos, también ayudará a que todo salga bien.
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