La visita del Pontífice comienza con una cadena de obsequios entre gestos espontáneos, símbolos religiosos, artesanía madrileña y dulces de convento
Regala esta noticia Añádenos en Google Libro regalado a León XIV por parte de la ciudad de Madrid. (Ayuntamiento de Madrid) 06/06/2026 Actualizado a las 13:37h.En una visita papal nadie improvisa un regalo. Ni el libro, ni la medalla, ni la imagen religiosa, ni el objeto artesanal que acaba en ... manos del Pontífice son casuales. O quizá solo lo parece.
un grupo de niños con sus familias al grito de «gracias». Entre saludos, mensajes y confidencias, apareció primero un pequeño sobre, que el Papa entregó a uno de sus ayudantes. Después llegó el bastón de Carmela, una joven que pudo intercambiar unas palabras con el jefe de la Iglesia católica. Y luego, de manos de otro niño, una réplica en madera de la Virgen María.Pero la ruta de los regalos había empezado antes de tocar tierra. El primer obsequio español no esperó a la pista de Barajas. Llegó en el aire, a más de 3.000 pies de altura, durante los 1.400 kilómetros que separan Roma de Madrid. Allí, en el avión de ITA Airways, el fotoperiodista español Daniel Ibáñez Gutiérrez entregó a León XIV una réplica del Apóstol Santiago.
El repertorio madrileño llegó después, ya en tierra, con la precisión de las cosas preparadas para durar más que una fotografía. El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, había elegido para León XIV una pequeña colección de objetos con un hilo común: todos estaban hechos a mano y todos miraban, de una forma u otra, a la ciudad.
El regalo principal fue un libro. No uno cualquiera, sino un ejemplar especial de 'A la muy antigua, noble y coronada Villa de Madrid. Historia de su Antigüedad, Nobleza y Grandeza', la obra escrita por Jerónimo de la Quintana en 1629 y considerada uno de los grandes relatos históricos sobre los orígenes, la evolución y la condición de Madrid como Villa y Corte. La pieza había sido preparada por la Imprenta Municipal-Artes del Libro, ese lugar donde el protocolo todavía huele a papel, hilo, cuero y pan de oro, y donde desde hace siglos se conservan algunos de los principales oficios vinculados al patrimonio bibliográfico madrileño.
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