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Economía

Del bit al átomo: riesgo, regulación y convexidad

Del bit al átomo: riesgo, regulación y convexidad
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Los eventos de alto riesgo han dejado de ser excepciones; son la norma. Leer
OPINIÓNDel bit al átomo: riesgo, regulación y convexidad
  • IGNACIO FUERTES Director de Inversiones de Miraltabank
Actualizado 27 JUL. 2026 - 00:05Seguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas

Los eventos de alto riesgo han dejado de ser excepciones; son la norma.

Si algo ha quedado de manifiesto desde la Crisis Financiera Global es que hemos entrado en un régimen de incertidumbre estructural -económica, fiscal, política, regulatoria, comercial, tecnológica y de seguridad- que no debe leerse como una sucesión de crisis aisladas, sino como el reflejo del agotamiento de un orden. Un entorno que hace muy difícil al inversor mantener la cabeza fría sin salir penalizado de lo que, en ocasiones, parece la crisis definitiva. Pero quizá el verdadero riesgo no sea la volatilidad de corto plazo, sino interpretar el presente con la visión de un mundo que está dejando de existir.

Como recordaba Eisenhower, los planes son inútiles, pero planificar es esencial. No podemos anticipar cada shock geopolítico o giro regulatorio, pero sí identificar cuándo el marco estructural cambia y qué activos tiende a premiar el nuevo régimen.

Tras la Crisis Financiera Global de 2008 y la pandemia, el péndulo de la historia regresa con fuerza desde la abstracción digital hacia la realidad física, llevando a los inversores a cuestionar procesos que dieron alegrías en el pasado, pero no cumplen expectativas en este nuevo orden mundial. A nuestro juicio, estamos entrando en una era neomercantilista -capitalismo de Estado, geoeconomía o era de la seguridad, según quién la nombre- en la que la eficiencia deja de ser la única función objetivo. Seguridad económica, autonomía estratégica y soberanía tecnológica vuelven a ocupar el centro de la política económica e industrial.

Muchos procesos de inversión corren el riesgo de quedar atrapados en lo que el filósofo Edmund Hus-serl llamó sedimentación: premisas útiles en un régimen anterior que, con el tiempo, se automatizan, se convierten en dogma y dejan de cuestionarse. El problema, por tanto, no es solo de mercado. Es cognitivo.

El paso del New Deal de Roosevelt al neoliberalismo de Reagan y Thatcher fue un viaje de lo tangible e industrial -fábricas, acero, ferrocarril- a lo intangible y financiarizado: la financiarización desplazó el valor hacia el diseño, la marca, la propiedad intelectual y el software, y nació la supremacía de Wall Street sobre el Rust Belt. El paso del neoliberalismo al neomercantilismo podría ser el viaje inverso: un regreso de lo intangible a lo tangible, del bit al átomo.

Durante décadas, una generación de inversores sufrió esa sedimentación. El ejemplo más influyente fue Benjamin Graham, que enseñó a anclar el valor en lo tangible: valor contable, activos liquidables, margen de seguridad. Funcionó hasta que el nuevo régimen empezó a premiar la marca, la propiedad intelectual y los balances ligeros: los viejos gigantes del acero se convirtieron en trampas de valor, y los compounders intangibles, descartados por caros, en grandes ganadores. Hoy el riesgo puede ser el inverso: quienes solo buscan 'calidad' en su definición más reciente -asset-light, altos retornos, poca deuda, predictibilidad de crecimiento de flujos- pueden estar extrapolando el paradigma anterior cuando el sistema empieza a premiar otra cosa: recursos críticos, capacidad industrial y seguridad energética.

El despliegue de la inteligencia artificial es la ironía perfecta de este cambio: parece el intangible definitivo, pero no hay IA sin cobre, centros de datos, semiconductores ni energía. La reindustrialización de Occidente, la carrera de la IA, la transición energética y el rearme global exigen un ciclo de CAPEX que no veíamos desde la posguerra; no tener exposición a activos reales implica quedar fuera de uno de los grandes motores de crecimiento de los próximos años. Esto no significa que los intangibles hayan dejado de importar: la clave está en combinar ambos mundos -activos reales escasos, tecnología diferencial, barreras regulatorias y exposición directa a las prioridades estratégicas de los Estados-.

La dependencia es vulnerabilidad

El comunicado del último G7 en Évian, la Estrategia de Seguridad Nacional de EEUU -publicada en diciembre de 2025- y el discurso del secretario del Tesoro, Scott Bessent, ante el Economic Club of New York en junio apuntan en la misma dirección: Bessent sentenciaba que la nación que depende de sus adversarios para obtener insumos críticos no es verdaderamente soberana. En otra intervención reciente resumía la misma idea con otras palabras: al reducir la economía al consumo, olvidamos la producción. El viejo manual asumía que bastaba la eficiencia global; el nuevo parte de otra premisa: la dependencia es vulnerabilidad, con un coste económico, político y estratégico.

La pregunta ya no es solo dónde reside el "valor", sino qué variables explicarán el alfa estructural. Nuestra respuesta: riesgo y regulación. Los Estados dejan de ser una variable exógena -impuestos, tipos, déficit- para convertirse en fabricantes activos de convexidad. A través de subsidios, aranceles y compras públicas deciden qué sectores crecen y qué activos son estratégicos: la Critical Raw Materials Act, el Chips Act europeo, el CBAM o REPowerEU son ejemplos de esta arquitectura.

El valor de un negocio sigue siendo, como siempre, el valor presente de sus flujos de caja futuros. Lo que ha cambiado es dónde reside el edge: ya no está en la precisión del descuento, sino en anticipar qué flujos quiere fabricar el Estado, dónde el mercado todavía no ha actualizado sus supuestos y qué compañías están posicionadas para capturar esa nueva convexidad. Sin esa comprensión, el inversor es el reloj estropeado del viejo refrán: acertará, sí, pero por accidente, dos veces al día, y sin manera de saber cuándo. Con ella, da la hora.

Para el inversor, este cambio de régimen no es una hipótesis de cola: es el escenario central. En un mundo más fragmentado y volátil, los eventos de alto riesgo han dejado de ser excepciones; son la norma. Por eso los planes -estáticos por naturaleza- no valdrán de mucho, como advirtió Eisenhower. Pero planificar sí será esencial: para cuestionar el presente, evitar que viejas premisas se conviertan en dogma -esa sedimentación de la que hablaba Husserl- y construir una cartera capaz de sobrevivir a la próxima crisis y capturar la convexidad de un mundo donde la seguridad vuelve a pesar más que la eficiencia.

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Fuente original: Leer en Expansión
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