El salón de plenos de la RAE, con los supuestos retratos de Cervantes y el fragmento del cráneo del Cid que conserva la institución. RAE / Diseño: F. D.
Letras Del cráneo del Cid Campeador a los falsos Cervantes: los secretos mejor guardados de la Real Academia EspañolaLa periodista María José Solano desvela algunos de los misterios que esconde la RAE en su nuevo libro.
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Nuria Azancot Publicada 31 julio 2026 01:55h¿Conoce el origen verdadero de la Real Academia Española? ¿Sabe que en su sede se conservan fragmentos del cráneo del Cid Campeador o cuál es la historia del supuesto retrato de Cervantes del salón de actos? ¿Qué historia se oculta tras las sillas que representan las letras del alfabeto, mayúsculas y minúsculas incluidas?
A responder estas y otras muchas cuestiones, y a desvelar secretos olvidados con estilo narrativo, sentido del humor y rigor histórico, dedica la periodista y gestora cultural María José Solano (Sevilla, 1975), cofundadora de la revista digital Zenda, un volumen ameno rebosante de descubrimientos, La RAE para lectores curiosos (Almuzara).
Es sabido que las primeras academias nacieron en Italia y que en el siglo XVI había un gran número de ellas con nombres asombrosos: los Linces, los Humoristas, los Intronati, los Durmientes, los Inflamados, los Innominados, los Escondidos, los Obstinados, los Insensatos, los Oscuros, los Ardientes, los Ociosos (a la que acudió el célebre conde de Villamediana).
'Los fabuladores', de José Ignacio Carnero: el secuestro en el mar que quiso acabar con FrancoTambién en Francia se pusieron de moda los salones literarios en las casas de los nobles y fue en una de ellas, la de Valentin Conrart, poeta y secretario del rey Luis XIII, donde se generó el grupo inicial de la Académie Française.
Naturalmente, en España la moda renacentista de las tertulias culturales generó una proliferación de academias como la de los Nocturnos, en Valencia; la Academia de los Ociosos o la de los Anhelantes en Zaragoza.
Cubierta de 'La RAE para lectores curiosos'. Almuzara
Mientras, en Madrid, ya en el siglo XVIII, Josefa de Zúñiga y Castro presidió en su palacio una academia llamada del Buen Gusto, y en Barcelona, desde 1700, existió la Academia de los Desconfiados, reconocida por el rey y constituida por aristócratas catalanes, origen de la Academia de Buenas Letras barcelonesa.
Tal era la proliferación de este tipo de instituciones que el mismo Cervantes se burla de ellas en la primera parte del Quijote, al mencionar la Academia manchega de Argamasilla, de la que formarían parte Monicongo, Paniaguado, Caprichoso, Cachidiablo, Tiquitoc…
Finalmente, la Real Academia Española se crearía en Madrid en 1713, por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, marqués de Villena.
El Cid pierde la cabeza
Una de las historias más curiosas del libro explica cómo llegó un fragmento del cráneo del Cid Campeador a formar parte de la colección de tesoros de la RAE.
Fragmento del cráneo del Cid que se conserva en la Real Academia Española. RAE
Se trata de un fragmento de apenas 69 milímetros de largo por 57 de ancho que las tropas francesas expoliaron en 1808, cuando asaltaron el monasterio burgalés de San Pedro de Cardeña, donde durante siglos reposaron Rodrigo Díaz de Vivar y su esposa, Jimena. La reliquia recaló un tiempo en París, estuvo en museos alemanes como el de Sigmaringen, hasta acabar en Suecia.
Y allí seguiría hoy si no fuese por Camilo José Cela, que, como subraya Solano, "supo detectar en este hueso un asunto de interés literario, patrimonial e incluso sentimental" y logró su regreso a España en 1968.
Fue entonces cuando se le entregó como regalo de cumpleaños al casi centenario Ramón Menéndez Pidal, el padre de la filología española y director entonces de la Real Academia, al cumplir los 99.
Cuenta María José Solano que Pidal lo recibió en la puerta de su casa, en silla de ruedas y visiblemente emocionado. Rafael Lapesa describió así aquel encuentro: "Casi paralizado el cuerpo, pero no el espíritu, cuando le hablamos de la reliquia y se la enseñamos, con lágrimas en los ojos la besó".
Los falsos retratos de Cervantes
Una de las obsesiones de los primeros académicos era encontrar un retrato verdadero de Miguel de Cervantes para grabarlo e incorporarlo al inicio del nuevo Quijote ilustrado que con tanto esmero estaban preparando en 1780, y en estas gestiones andaban cuando supieron que Miguel de Espinosa, II conde del Águila, afamado bibliófilo, conservaba uno en su palacio de Sevilla, obra del pintor madrileño Alonso del Arco, que el conde envió de inmediato.
Retrato de Miguel de Cervantes atribuido a Alonso del Arco. RAE
El problema fue que al recibirlo, comprobaron que el supuesto Cervantes representado en el lienzo "se parecía sospechosamente al caballero que aparecía en el grabado de Kent realizado para la edición inglesa del Quijote de 1738". Esto, según Solano, planteó un grandísimo problema: "Si el retrato del conde resultaba no ser el padre sino el hijo del grabado inglés, entonces la autenticidad debía ser declarada nula, pues se trataría de una descarada copia de un retrato de Cervantes pintado nada menos que 122 años después de la muerte de Cervantes".
Con todo, los académicos confiaron en que la pintura se había realizado sobre una tela antigua, por lo que este retrato debía ser inspirador del grabado inglés y, por lo tanto, el original. Total, que acabaron dándolo por bueno, aunque en verdad hoy en día pocos miembros de la RAE creen que sea un retrato fidedigno del creador del Quijote. Preside, eso sí, la conocida como Sala de las Pastas.
Lo mejor es que, a falta de un lienzo auténtico, la Real Academia cuenta con dos supuestos Cervantes, porque al ya mencionado se suma el falso Jáuregui.
En 1910, un pintor llamado José Albiol aseguró poseer un retrato de Cervantes firmado por un tal Jáuregui, que había comprado a un aficionado a las antigüedades. Al ver la fotografía del cuadro, el máximo cervantista de la época, Francisco Rodríguez Marín, exigió al director de la RAE que lo comprara de inmediato. La presión fue tal que Albiol, su dueño, acabó cediéndolo.
Supuesto retrato de Miguel de Cervantes, atribuido a Juan de Jáuregui. RAE
Tan convencido estaba Rodríguez Marín de que era verdadero que, en medio de la polémica que se desató por detalles como la gola que llevaba en el cuello el presunto Cervantes, poco apropiada a quien alternaba "con la canalla", según Solano, "por su trabajo de recaudador", aseguró que la gola era de Jáuregui, "quien se la prestó a Cervantes para que luciera elegante en el retrato".
Ese segundo retrato, el más reproducido en el mundo entero cuando de Cervantes se trata, acabó en el Salón de Actos de la RAE. Y ahí sigue, testigo mudo de la evolución del idioma.
Sillas y letras
Una de las curiosidades de la Real Academia Española es que en nuestros días está formada por cuarenta y seis miembros (cuarenta y cinco, si restamos a Luis Goytisolo, recientemente fallecido) a los que, simbólicamente, se les asigna un sillón con el nombre de una letra del alfabeto en mayúscula o minúscula y se les llama académicos de número ("parece una contradicción", apunta jocosa María José Solano).
Salón de plenos de la Real Academia Española. RAE
Lo cierto es que no siempre fueron tantos: primero once y luego veinticuatro. Más tarde fueron treinta y seis, hasta que en 1980 se amplió a los 46 académicos actuales, quienes, por cierto, no están obligados a ocupar su letra; cuando se reúnen en el Pleno pueden sentarse donde quieran.
Tampoco hubo siempre mayúsculas y minúsculas; los sillones iniciales fueron 24 mayúsculas, luego se añadieron las minúsculas para ampliar el número de académicos, pero hay letras que nunca se han usado: "W" mayúscula y "w" minúscula; "Y" mayúscula e "y" minúscula; "x", "z", "v" minúsculas y la "Ñ" mayúscula. La última letra en añadirse a un sillón fue la "u" minúscula.