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Del ¡Iniesta de mi vida! al hermano de Keyne

Del ¡Iniesta de mi vida! al hermano de Keyne
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Es un orgullo ver a millones de personas en todo el mundo vibrando con los goles de España. Leer
Sin dogmasDel ¡Iniesta de mi vida! al hermano de Keyne
  • IÑAKI GARAY
Actualizado 17 JUL. 2026 - 23:59Andrés Iniesta marcando el gol de la victoria de La Roja hace 16 años.EFEEXPANSION

Es un orgullo ver a millones de personas en todo el mundo vibrando con los goles de España.

Mi abuela sabía muchas cosas, pero no tenía razón. Le parecía un esfuerzo inasumible emocionarse con 22 tíos corriendo en calzones detrás de un balón. "Ni que os dieran de comer", decía. Murió rozando los 100 años sin saber lo que era un caño, una chilena, una rabona o la magia del gol. Se fue sin haber llegado a comprender que el fútbol es sin duda un buen alimento para el alma cuando está bien condimentado, a la altura de las alubias tolosanas con todos sus sacramentos para el cuerpo en un día muy frío de invierno.

Como diría Valdano, la cosa más importante entre las menos importantes. Tal vez no sea esencial, pero el fútbol es, como la lengua, lo mejor y lo peor de este mundo, según cómo se utilice. Es bueno si alimenta la autoestima de las sociedades, si cura heridas, si desborda la alegría, si propicia narrativas épicas y encumbra a héroes inesperados que brindaron momentos inolvidables de felicidad y sirven de ejemplo.

Pelé, Maradona, Cruyff, Ronaldo, el que luego fue gordo, Zidane, Cristiano, Messi o ¡Iniesta de mi vida! Algo tendrá el fútbol para que lo bendigan. Para que haya quien soporte mejor una infidelidad que el descenso de su equipo, para desear abrazar a ese desconocido que comparte ese momento único de entusiasmo sin importar a quién vota o qué religión profesa. Cuando el fútbol nos une, divierte y hermana es una bendición. Actúa como un bulldozer derribando esos muros que artificialmente algunos levantaron.

El fútbol no es bueno sin embargo cuando pretende saldar en un campo las cuitas del pasado o del presente. Cuando se convierte en un circo para reverdecer los odios por Trafalgar, Stalingrado o Palestina. No es exageración. Alguien en una televisión ha pensado esta semana que la final de este domingo entre Argentina y España era una continuación del conflicto entre Israel y Palestina. El ideólogo debía compartir los mismos códigos enfermizos que el presentador de un programa de variedades, en la televisión pública española, al que se le ocurrió identificar a la Austria de Alaba con Hitler, solo para que no olvidemos ni en el Mundial que la ultraderecha vive entre nosotros.

Le preguntaron al Dibu Martínez, portero de Argentina, si la historia había sido clave en la victoria en semifinales contra Inglaterra. Si su actuación era una revancha por las Malvinas. Y el Dibu le recordó a la joven reportera que cuando ocurrió aquello él ni siquiera había nacido. Le faltó apuntarle que el argentino que ordenó invadir las Malvinas era un dictador al que no le importaba tanto la soberanía de las islas como mantenerse en el poder a cualquier precio.

¿Les suena el relato? Hay que quedarse con el fútbol bueno. El que ayuda a la transformación de los pueblos. El que propició que aquella generación que creía que el fútbol era un deporte que jugaban 11 contra 11 y siempre ganaba Alemania se transformara en otra que decía "soy español, a qué quieres que te gane". Un cambio que llevaba incorporada esa dosis de orgullo que permite que las sociedades adquieran confianza y que las personas se liberen de complejos y del síndrome del impostor.

Algo tendrá que ver el fútbol con la autoestima con la que muchos españoles caminan por el mundo en todas las disciplinas. El día de la semifinal con Francia era impresionante ver a miles de ciudadanos de todo el mundo, en Europa, África, América o el sudeste asiático celebrando los goles de La Roja como si fuéramos nosotros mismos.

Y mientras tanto Aitor Esteban aguantándose las ganas. No sé si en la Castilla de sus padres le van a hacer alguna jota, no por vasco sino por impostado. Hay quien ve paralelismos entre la Selección y la política. Nada más lejos de la realidad. Quien dirige a esta selección no persigue su propia gloria. Es un tipo con valores. Ha juntado a un grupo de jóvenes diversos que se aprecian, divierten y trabajan juntos aunque piensen diferente. Un buen ejemplo para un país. Uno de ellos es el hermano de Keyne, ese niño travieso que dice ¡vamos! Ojalá esté domingo podamos gritar ¡Lamine de mi vida! O el que sea.

Iñaki Garay. Director adjunto de Expansión

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Fuente original: Leer en Expansión
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