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Vista aérea de las instalaciones de Harinera de Pizarra, situadas junto al río Guadalhorce. SUR Del trigo al molino: una harinera anclada al campo en MálagaLa Harinera de Pizarra mantiene un modelo ligado al agricultor y al mercado de proximidad en un sector en retroceso
Viernes, 9 de enero 2026, 00:09
... antes de que la industria alimentaria se acelerara y los mercados se globalizaran, este molino ya formaba parte del paisaje productivo del Valle del Guadalhorce, ligado al río, al campo y a los agricultores que año tras año llevaban su cosecha hasta la fábrica. Una historia que no comienza con una marca, sino con un oficio, un territorio y una forma de entender el trabajo.Desde 1982, la empresa opera como Harinera de Pizarra S.A. y, aunque las instalaciones se han modernizado con el paso del tiempo, la esencia sigue siendo la misma: comprar trigo y vender harina. La evolución ha llegado en forma de silos, nuevos formatos de envasado, sistemas automatizados y una reestructuración de los molinos, pero no en el abandono del producto ni del vínculo con el campo. «Somos muy clásicos», reconoce Miguel García, gerente de la empresa junto a su hermano Teodoro.
«La empresa pequeña de barrio está desapareciendo», lamenta García
Ese clasicismo se traduce en una relación directa con los agricultores, especialmente durante la campaña de cosecha. En la comarca del Guadalhorce, el trigo que se da bien es el trigo duro, una variedad de secano que representa una pequeña parte del total de la molienda semanal, pero que mantiene un fuerte arraigo territorial. Todo el trigo duro que los productores de la zona desean vender es recogido por la harinera, facilitando además la logística en plena campaña. Durante esos meses, la recepción de grano permanece abierta de lunes a lunes para que las cosechadoras no tengan que detener su trabajo.
Ese contacto directo con el agricultor no es solo una cuestión logística, sino una forma de entender el negocio. Harinera de Pizarra funciona como un punto de apoyo para muchos productores de la zona, especialmente en un contexto en el que el cereal de secano ofrece cada vez menos garantías. «El campo no deja dinero, ellos no ganan dinero», afirma Miguel García, subrayando que muchos agricultores siguen cultivando trigo por arraigo familiar más que por rentabilidad. Una realidad que condiciona el futuro del cereal en la comarca y refuerza la importancia de mantener industrias transformadoras cercanas que permitan dar salida a la producción local cuando las campañas lo permiten.
El resto de la producción procede mayoritariamente de trigo blando, necesario para la elaboración de harinas blancas, que no se cultiva de forma significativa en el Valle ni en buena parte de la provincia de Málaga. Ese trigo llega desde zonas como Alfarnate o desde provincias como Sevilla y Cádiz, donde las grandes llanuras favorecen el cultivo cerealista. En algunos años también se ha recurrido a trigo procedente de Albacete, donde el cereal cuenta con regadío, una circunstancia inexistente en el trigo malagueño de secano.
Las condiciones climáticas y la orografía condicionan de forma decisiva la producción. En Málaga, el cereal nunca ha sido un cultivo predominante y, en los últimos años, las dificultades se han intensificado. Dos campañas consecutivas sin cosecha han puesto al límite a muchos agricultores. «El campo no deja dinero», afirma García con crudeza, describiendo una situación en la que muchos productores continúan vinculados a la tierra más por tradición que por rentabilidad.
Para la harinera, esta realidad obliga a buscar materia prima cada vez más lejos, con el consiguiente aumento de costes. Aun así, el principal desafío no es solo agrícola, sino estructural. La desaparición progresiva de las panaderías tradicionales está transformando el mercado. Frente al pan industrial, los pequeños obradores encuentran cada vez más dificultades para mantenerse. «La empresa pequeña de barrio está desapareciendo», lamenta, al tiempo que subraya cómo este proceso arrastra oficios y formas de vida enteras.
Servicio y cercanía
En este contexto, Harinera de Pizarra ha optado por diferenciarse a través del servicio y la cercanía. Su mercado se concentra fundamentalmente en la provincia de Málaga, con incursiones en la Sierra de Cádiz. La capacidad de respuesta inmediata, incluso en fechas clave como Navidad, Semana Santa o ferias locales, es una de sus señas de identidad. «Tenemos que hacer cosas distintas a las que hacen los grandes», explica García, consciente de que competir en volumen no es una opción para una empresa de su tamaño.
La preocupación por el futuro del sector es evidente. La falta de relevo generacional, tanto en el campo como en los oficios tradicionales, amenaza la continuidad de un modelo que durante décadas ha sostenido la economía local. Aun así, García defiende que la salida pasa por apostar por la calidad y por productos diferenciados.
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