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Lucía Bueno ha vuelto a casa de sus padres en Torre de Benagalbón. Marilú Báez Desemancipación: el regreso indeseado al nido familiarEl retorno obligado de muchos jóvenes a casa de sus padres tras haberse independizado no solo tiene consecuencias económicas; también psicológicas y familiares
Domingo, 1 de marzo 2026, 00:35
Sigue a Diario SUR en Google DiscoverPero esta crisis habitacional no solo retrasa la independización de los jóvenes, sino que está provocando un fenómeno cada vez más frecuente y menos visible: la desemancipación. Jóvenes que, tras haberse atrevido a dar el paso y haber logrado independizarse, se ven obligados a regresar al hogar familiar por razones económicas. Un proceso que, según Elisa Chuliá, profesora de Sociología de la UNED e investigadora de Funcas, tiene consecuencias profundas y no solo materiales, sino también psicológicas, familiares y sociales. «No tenemos datos que cuantifiquen bien el fenómeno del retorno de jóvenes a casa», reconoce la experta, aunque subraya que lo verdaderamente preocupante es el «retorno indeseado», es decir, aquel que no responde a una decisión voluntaria, sino a la imposibilidad de sostener la emancipación. «Te has emancipado primero y luego te desemancipas», resume, apuntando a un fenómeno relativamente nuevo en una sociedad «socialmente programada» para entender esta decisión como un paso estable y definitivo.
Sin embargo, muchos jóvenes pertenecientes a esta generación, considerada la más cualificada de la historia y a la que se le prometió progreso a través del esfuerzo, perciben una ruptura entre expectativas y realidad. Es el caso de Lucía Bueno (Málaga, 1998). A sus 27 años tiene una doble titulación universitaria y experiencia laboral internacional. Aun así, hoy vive de nuevo en casa de sus padres en Torre de Benagalbón. Su historia no es la de una carrera interrumpida ni la de un regreso por falta de oportunidades laborales, sino la de una joven que, tras haber construido un perfil profesional sólido, se encontró con que el principal obstáculo para seguir adelante no estaba en el empleo, sino en la vivienda.
Graduada en un doble grado bilingüe en Economía y Administración de Empresas por la UMA, Lucía completó una experiencia Erasmus en Polonia antes de dar el salto al mercado laboral internacional. Entre 2021 y 2024 trabajó en un banco americano de inversión en Dublín, donde los salarios eran «considerablemente más altos» que en Málaga. Tras tres años en Irlanda, decidió regresar a España con una idea clara: reorientar su carrera hacia la sostenibilidad. Para ello cursó un posgrado americano especializado en este ámbito. A su vuelta, encontró trabajo en Málaga en apenas dos semanas (hoy trabaja en Unicaja como especialista en divulgación sobre aspectos medioambientales y sociales) y tras cuatro años viviendo fuera, Lucía quería seguir manteniendo la independencia conquistada. Y así propuso a su amiga Laura Forés (Málaga, 1998) alquilar un piso juntas. Fue una decisión que ella misma define como «impulsiva», tomada sin ser plenamente consciente del coste real de vida en la ciudad.
El piso que encontraron tenía un alquiler de 900 euros mensuales, a lo que había que sumar suministros y otros gastos. En ese momento, su salario era de 24.500 euros brutos anuales, lo que se traducía en unos 1.300 euros al mes. Un margen muy ajustado que apenas dejaba espacio para ahorrar. «El alquiler más gastos se convertía en una carga muy grande para nuestros sueldos», explica.
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Laura Forés ha compartido piso con Lucía. Migue FernándezA ese esfuerzo mensual se sumó una barrera de entrada que Lucía considera determinante. Para poder alquilar el piso tuvieron que desembolsar 3.600 euros de golpe: dos meses de fianza (1.800 euros), el mes en curso (900 euros) y los honorarios de la inmobiliaria (otros 900). «Eso exige tener un ahorro previo considerable», subraya, algo que deja fuera a muchas personas incluso con empleo.
Con el paso de los meses, la situación empezó a afectarle emocionalmente. A pesar de contar con ahorros de su etapa en Dublín y de tener un «buen trabajo», comprobó que con su sueldo en Málaga era «inviable» ahorrar para la entrada de un piso. Esa sensación de estar «tirando el dinero» en un alquiler sin construir un futuro a largo plazo le inquietaba.
La decisión de dejar el piso y volver a casa de sus padres fue especialmente dura. Lucía reconoce haber sentido «vergüenza» y la sensación de estar dando un paso atrás, pese a haber hecho «todo bien»: estudiar, formarse, trabajar fuera y volver cualificada. En sus padres encontró un apoyo total, pero no eliminó el peso emocional del retorno. Comunicar la decisión a su amiga y compañera de piso también fue un proceso complejo y cargado de emociones.
«El impacto no se limita a los jóvenes. También sufren las familias, que interpretan el regreso como el fracaso de un proyecto»
Elisa Chuliá, profesora de Sociología de la UNED e investigadora de Funcas
Para Laura, la idea de independizarse compartiendo piso con una amiga cercana se antojaba ideal antes de que las rutinas y las obligaciones hicieran más difícil ese tipo de convivencia. La oportunidad llegó a finales de 2024, cuando Lucía regresó de Dublín. Para Laura era la primera vez que vivía fuera de casa y coincidía, además, con su consolidación laboral. Pero este plan no era provisional: querían mantenerse juntas más allá del primer contrato y empezar a ahorrar con vistas a una futura entrada para una vivienda, siempre que el alquiler fuera asumible.
Graduada en Química por la Universidad de Málaga, Laura trabaja como técnica de laboratorio en una empresa dedicada al control de calidad de materiales de construcción. Al terminar la carrera, su contrato pasó a ser indefinido y su salario mejoró gracias al título universitario. Aun así, esa estabilidad no ha sido suficiente para sostener un proyecto de vida independiente a largo plazo. Su salario es de unos 1.300 euros mensuales en 14 pagas.
La búsqueda de vivienda no fue sencilla. Querían quedarse en Málaga capital por cercanía a sus trabajos: Laura en el polígono Guadalhorce y Lucía, en el Centro. Descartaron la periferia desde el principio. Necesitaban dos habitaciones y un baño, y pronto comprobaron que encontrar algo por menos de 800 euros era prácticamente imposible. Finalmente dieron con un piso en Puerto de la Torre: dos habitaciones, salón-cocina y un baño por 900 euros al mes. «Decidimos rápido», explica Laura, por la escasez de oferta y la enorme variabilidad de calidades y zonas. Pronto se dieron cuenta que la capacidad de ahorrar era mínima o inexistente, justo lo contrario de lo que se habían planteado al independizarse.
Cuando el contrato se acercaba a su fin, en agosto de 2025, la decisión estaba prácticamente tomada. Aunque la casera estaba satisfecha con ellas, la presión económica del día a día (alquiler, suministros, gasolina e imprevistos) hacía inviable la renovación. Y Laura, al igual que Lucía, se vieron obligadas a regresar a casa de sus padres al mes siguiente.
«He sentido vergüenza al volver a casa y también estar dando un paso atrás, pese a haber hecho todo bien»
Lucía Bueno, empleada en un banco
Valorar otras opciones, como compartir piso con desconocidos, no resolvía el problema de fondo: no permitía ahorrar y podía complicar la convivencia. Con una buena relación familiar y sin obligación de asumir gastos fijos en casa, volver con sus padres era la opción más viable.
La decisión no estuvo exenta de un impacto emocional. Laura habla de pena, pero no de fracaso. Le duele no poder independizarse «teniendo un trabajo cualificado y acorde a sus estudios», la gran paradoja de trabajar e ingresar todos los meses, pero ser insuficiente para poder vivir y desarrollarse individualmente. Consciente de la situación, sus padres le tendieron la mano y estuvieron de acuerdo en que volver era la mejor opción para poder ahorrar.
Laura analiza la situación del mercado inmobiliario con respecto a hace ocho años: las habitaciones han duplicado su precio y los salarios no. El alquiler permanente se vuelve inviable y reunir una entrada para comprar resulta casi imposible sin una mejora sustancial de ingresos o apoyo familiar. Mirar al extrarradio tampoco es una solución sencilla. Zonas como Cártama o La Cala del Moral también han encarecido sus precios, y los desplazamientos pueden suponer hasta una hora en coche, con el consiguiente aumento de gastos y pérdida de calidad de vida.
Asegura que ni las parejas lo tienen fácil. «Incluso sumando dos sueldos, muchas se ven abocadas a vivir en estudios por precio y esto choca con cualquier plan de tener hijos ante la falta de viviendas asequibles y de tamaño adecuado».
Laura apunta también al impacto del alquiler turístico, especialmente en el centro de Málaga, donde la proliferación de pisos destinados a visitantes reduce la oferta residencial y eleva los precios. Reconoce la importancia del turismo para la ciudad, pero percibe un desequilibrio que prioriza la rentabilidad a corto plazo frente a la vivienda de larga duración para residentes. Las políticas públicas, como la vivienda de protección oficial, tampoco ofrecen una salida clara. «La VPO está saturada y, aunque se presenta como más asequible, los precios siguen siendo prohibitivos para una persona sola»».
Al margen del impacto familiar que tiene el regreso a casa, la socióloga Elisa Chuliá pone el acento en la dimensión subjetiva del proceso, que para muchos jóvenes sí se vive como un fracaso. Para explicarlo, recurre a la teoría del premio Nobel de Economía Daniel Kahneman, quien distinguía entre 'el yo que experimenta' y 'el yo que recuerda'. Según esta perspectiva, el recuerdo de una experiencia se construye principalmente a partir de su desenlace. «Cuando lo último que ocurre tras emanciparte es volver a casa de tus padres, ese final tan poderoso tiñe de negativo todo el recuerdo», incluso aunque durante ese periodo se hayan vivido «momentos estupendos».
«Me duele no poder independizarme teniendo un trabajo cualificado y acorde a mis estudios»
Laura Forés, técnica de laboratorio
Esa memoria negativa, advierte, «va a influir a la hora de tomar decisiones futuras», inhibiendo nuevos intentos de emancipación. El impacto no se limita a los jóvenes. «También sufren las familias», señala. Padres y madres que interpretan el regreso como «el fracaso de un proyecto», y que deben reconfigurar espacios, economías domésticas y expectativas. «No sabemos cuantificar los sufrimientos, pero hay mucho en estas desemancipaciones», sostiene la socióloga.
El problema trasciende lo individual y adquiere dimensión estructural. Un joven que vuelve al hogar familiar difícilmente formará allí su propio núcleo familiar. «Lo que hará es esperarse a ver si en otra ocasión consigue emanciparse con más éxito», pero el tiempo pasa y los calendarios biológicos, especialmente en el caso de las mujeres, avanzan. «Hay hijos que no nacen y que sí estaban proyectados en el imaginario», explica.
A esta realidad se suma la imposibilidad de ahorrar para acceder a una vivienda. Con salarios de entre 1.200 y 1.400 euros, reunir los entre 35.000 y 40.000 euros necesarios para una entrada resulta, en palabras de la socióloga, «bien difícil». Ante la sensación de que el objetivo es inalcanzable, muchos jóvenes optan por no ahorrar: «Se convierte en un círculo vicioso». Una dinámica que, además, refuerza las desigualdades de clase. «Vuelves a casa de tus padres y vuelves a la clase social de origen», afirma.
La consecuencia final es una generación altamente formada, a la que se le prometió progreso a través del esfuerzo, pero que percibe una ruptura entre expectativas y realidad. «No es que vivan peor que sus padres», matiza la experta, «pero no tienen una perspectiva de progreso biográfico». Un escenario que alimenta el cortoplacismo y la sensación de fraude vital. «Esto es algo que, como sociedad, deberíamos evitar», concluye. Facilitar el acceso a la vivienda no es solo garantizar un techo: es proteger proyectos vitales, cohesión social y el futuro demográfico del país.
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