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Desgracias

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Este verano sumé una desgracia tras otra, pero eso no es nada comparado con los compatriotas ceutíes
Desgracias

Este verano sumé una desgracia tras otra, pero eso no es nada comparado con los compatriotas ceutíes

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Manuel Vilas

16/09/2026 a las 00:05h.

Este verano sumé una desgracia tras otra, pero la palma se la llevó la nefasta empresa de mudanzas. Tenía que mover mis pertenencias dentro de ... mi propio edificio: un trabajo sencillo, con hora pactada para un lunes a las diez de la mañana y, por supuesto, cobrado por adelantado. Dieron las diez y media: ni rastro. Las once: exactamente lo mismo. Nadie respondía al teléfono. A las doce logré hablar con un ser humano de esa maldita empresa, solo para que me soltaran un indolente «hoy no podemos, ya si eso otro día». Me negué rotundamente. «Intentaremos mandarle a alguien, disculpe», balbucearon. A las dos de la tarde me prometieron que vendrían a las tres; a las tres, que a las cuatro. La empresa es una auténtica estafa. Aparecieron a las seis de la tarde y ejecutaron la mudanza a toda prisa, pisoteando cada uno de los acuerdos. No trasladaron mis muebles: los arrastraron sin piedad. Presenté una reclamación formal y la empresa reconoció su culpa concediéndome una indemnización ridícula de 20 euros. La rabia casi me provoca un infarto. Al día siguiente, la guinda del pastel: un correo rectificando; que se habían equivocado y que la suma ascendía a 25 euros. ¿Lo más grotesco? El traslado fue en julio y todavía no he visto ni un solo céntimo de la generosa indemnización. Como consecuencia del disgusto a los dos días tuve una infección de orina. Como consecuencia de la infección de orina tuve una crisis de insomnio. Tuve una revelación: estaba somatizando la desastrosa mudanza que padecí. Entro a vivir en mi nueva casa, que da a un parque público. Y en el parque público todos los viernes, los sábados y los domingos por la noche se reúne gente con aparatos de música en los que suenan reguetón y merengue. Es la música más detestable del planeta. Cojo mi altavoz Marshal portátil y me voy adonde están y pongo a Bach, a Beethoven y a Bob Dylan. Lo pensé en un momento de rabia, pero no lo hice. Llamé a la policía. Pero me quedé pensando sobre la naturaleza agresiva de la vida, sobre la impotencia. Y me dije esto: lo tuyo no es nada comparado con tus compatriotas ceutíes. Pensé en la impotencia de los españoles que viven en Ceuta. Somos ciudadanos a la deriva. Somos desgracias andantes. Nos timan por todas partes. Somos pobres, tontos, tristes. No nos protege el Estado. Menos mal que aún existe la policía. Porque la policía me atendió con diligencia y mandaron una patrulla. El espacio público es de todos. Permitir que el espacio común se transforme en un territorio impune donde cada cual impone sus decibelios, sus desmanes o su desprecio por los demás no es libertad: es una forma aterradora de violencia y de desprecio y de fealdad moral. Somos ciudadanos abandonados. Pobre Ceuta, pobres de nosotros.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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