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'Digger': Kubrick con ketamina o la vez en que Tom Cruise, en vez de salvar el mundo, se lo carga

'Digger': Kubrick con ketamina o la vez en que Tom Cruise, en vez de salvar el mundo, se lo carga
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El explosivo encuentro entre Alejandro González Iñárritu y Cruise es una farsa sobre el cambio climático y el poder de los magnates, apabullante y brillante cuando no se deja arrastrar por sus excesos. Más información: Woody Allen arranca en Madrid su película 51: "Me preocupa profundamente el auge del fascismo"

Tom Cruise en 'Digger'. Warner Bros.

Cine'Digger': Kubrick con ketamina o la vez en que Tom Cruise, en vez de salvar el mundo, se lo carga

El explosivo encuentro entre Alejandro González Iñárritu y Cruise es una farsa sobre el cambio climático y el poder de los magnates, apabullante y brillante cuando no se deja arrastrar por sus excesos.

Más información: Woody Allen arranca en Madrid su película 51: "Me preocupa profundamente el auge del fascismo"

Publicada 2 octubre 2026 05:00h Síguenos

Del encuentro entre dos de los mayores egos del cine mundial, Tom Cruise, el astro de los astros, y Alejandro González Iñárritu, solo cabía esperar algo parecido a Digger.

Es una obra tan ambiciosa, tan extrema y tan dispuesta a abarcarlo todo —del cambio climático a la desinformación, pasando por la sociedad de la vigilancia y la paranoia del fin del mundo— que cuando acierta lo hace a lo grande. Y cuando falla, también.

Es posible que Cruise e Iñárritu esperasen una recepción distinta para una película que llega con la ambición de reventar taquillas y arrasar en la temporada de premios. Pero la crítica estadounidense e internacional la está recibiendo con aquello de "la amas o la odias": los juicios van de quienes la llaman "obra maestra" a quienes auguran que Cruise se dará el mayor trompazo de su carrera.

Por increíble que parezca, Tom Cruise solo tiene un Oscar: el honorífico que recibió en 2025 por su trayectoria. Cabe imaginar que su muy sofisticada interpretación de Digger Rockwell, un multimillonario desalmado del sector petrolero, se concibió precisamente como el pasaporte del astro a un Oscar ganado como Dios manda, distinguiendo la mejor interpretación del año. Lo más probable es que esta vez tampoco sea.

Y no porque Digger sea mala, que no lo es en absoluto, sino porque es demasiado rara, demasiado desmadrada y, en último término, agotadora. Planteada como una farsa sobre el fin del mundo por una catástrofe climática provocada por la falta de escrúpulos de ese Digger enloquecido y "trumpiano", habrá que ver cómo responde el público a una película extenuante y pesimista a la que le falta un poco de sosiego para ser redonda. Un exceso de ambición en el que también encuentra sus mejores momentos, que los hay y no son pocos.

Homenaje cinéfilo

Digger arranca con un homenaje a Ciudadano Kane, cuyo protagonista, el riquísimo Charles Foster Kane de Orson Welles, es un claro predecesor del Rockwell de Tom Cruise. Un hombre que cree tener el mundo en la palma de la mano —y en parte lo tiene—, pero que por el camino ha perdido cualquier vestigio de integridad.

Digger está obsesionado con mantener con vida a su gata Maggie, de 38 años, mientras le importa un bledo que los trabajadores de su plataforma petrolífera en Groenlandia salgan volando por los aires.

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Cuando la catástrofe estalla, queda claro que su principal misión es no perder dinero y controlar el "relato". De ahí que le dé un nombre ruso al gigantesco bloque de hielo, seis veces mayor que Boston, cuyo desprendimiento de Groenlandia (cómo no) provoca tsunamis y catástrofes apocalípticas en Europa.

Tras pasarse los últimos años haciendo de Ethan Hunt en las sucesivas Misión: Imposible, excelentes películas de acción, y regresar con enorme éxito como aviador rebelde en Top Gun: Maverick, se nota que Cruise disfruta trabajando a fondo un personaje. Su Digger es un tipo repulsivo que presume de cowboy texano a la vieja usanza y nos conquista precisamente porque no pide perdón.

O, dicho de otro modo, por su carisma. Cruise, que es un actor extraordinario, es lo mejor de Digger. Atento a cada detalle gestual, cada leve entonación y la forma de pronunciar incluso la palabra menos importante, logra que sintamos asco por su personaje y que, al mismo tiempo, nos seduzca. Por terrible que sea, nos importa.

Kubrick con ketamina

Hay referencias a Ciudadano Kane y también guiños al cine de catástrofes de Hollywood del que el propio Cruise ha sido protagonista, véase La guerra de los mundos, además de sus aventuras como salvador de la humanidad en Misión: Imposible. Aquí, por una vez, Cruise no salva el mundo. Se lo carga.

También resulta asombroso verlo interpretando a un personaje con aspecto de viejo cuando, a sus 64 años, lucía en la última Misión: Imposible, titulada en España Sentencia final, como si tuviera veinte menos. Al paso que iba, cabía temer que lo próximo fuera regresar al romance adolescente de los tiempos de Risky Business.

Tom Cruise en 'Digger'. Warner Bros. Pictures

Sin embargo, queda claro casi desde el principio que el principal referente es Stanley Kubrick y aquella Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (1964), en la que Peter Sellers interpreta a varios personajes en una sátira brutal de la Guerra Fría. Allí veíamos el caos desatado cuando un general ordenaba, en un ataque de locura, un bombardeo nuclear contra la Unión Soviética.

En Digger, por suerte, Cruise solo interpreta a Digger. El papel del presidente de Estados Unidos, un tipo más bien pusilánime y controlado por los magnates, recae en John Goodman.

Enfermo de cáncer rectal, lo que da pie a numerosos chascarrillos, POTUS va acompañado por una camarilla de altos cargos pelotas e ineficaces y un tipo que, Biblia en mano y entre ataques místicos, reza por "la nación bendecida por Dios". Las secuencias que parodian ese mesianismo estadounidense son de las más graciosas.

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Con ritmo de vodevil, en un escenario teatral que remite a esa idea barroca de la realidad como "gran teatro del mundo" que daba título a la obra de Calderón de la Barca, González Iñárritu se mueve entre el gran guiñol y una puesta en escena arty. Por momentos, parece una ópera de Philip Glass diseñada por Damien Hirst, el de los tiburones disecados.

Histriónica, ruidosa y por momentos histérica, con unos actores que casi nunca dejan de gritar, la película parece rodada por Kubrick hasta arriba de ketamina.

Por lo general, los diálogos son ágiles y vivaces, y funciona el juego de entradas y salidas de sus estresados personajes. Como sátira de unas élites desalmadas y un mundo que se asoma a la catástrofe ecológica sin dejar de consumir de manera desaforada, el problema de Digger es que a veces resulta demasiado directa, demasiado evidente. Con frecuencia, el propio Digger, villano de caricatura, explicita lo que ya habíamos entendido: que la gente le importa un rábano porque todo va de dinero.

De vez en cuando, los personajes rompen la cuarta pared. Y aquí viene la gran sorpresa de Digger, que es mejor no desvelar. Llega a la media hora, funciona y enriquece la película. Detrás de tanto fuego artificial y exceso, Digger tiene algo que decir. Es solo que quizá lo dice demasiado alto.

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