Si observamos el tránsito de una calle, es fácil ver que cada persona tiene una velocidad a la hora de andar muy diferente. Esto es algo que puede parecer un dato sin demasiada relevancia, salvo porque ir más lento puede enfadar a alguien que va por detrás o hacer que perdamos menos grasa. Pero la realidad es que la ciencia encontró una correlación entre la velocidad de andar en la mediana edad y el estado del cerebro.
Se ha investigado. Aquí un gran estudio publicado en JAMA en 2019 cambió nuestra perspectiva sobre cómo y cuándo empezamos a envejecer neurológicamente. Para buscar esta relación, los investigadores se centraron en Nueva Zelanda, donde se siguió el desarrollo de 904 participantes desde su infancia hasta llegar a los 45 años.
Justamente cuando se llegó a la mediana edad, los investigadores midieron la velocidad de marcha de los sujetos a ritmo normal, realizando una tarea cognitiva simultánea y máxima velocidad. Y a partir de aquí solo faltaba cruzar la información.
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Los resultados. Aquí se pudo ver que los participantes que caminaban más lento a los 45 años presentaban un envejecimiento biológico acelerado, evidenciando un deterioro en múltiples sistemas orgánicos. Además, estos caminantes más lentos también mostraban una peor integridad cerebral, haciendo que tuvieran un menor volumen, como si hubieran envejecido mucho antes.
El nexo con la infancia. Sorprendentemente, la disfunción neurocognitiva detectada cuando los participantes tenían apenas 3 años de edad ya predecía una velocidad de marcha más lenta en su vida media. De hecho, se observó una diferencia de entre 12 y 16 puntos de cociente intelectual entre el grupo de los caminantes más lentos y el de los más rápidos.
Un sensor del deterioro. Todo esto apoya fuertemente la idea del nexo cerebro-cuerpo, puesto que la relación entre una peor función cognitiva en la niñez y un andar lento a los 45 años sugiere que el cerebro actúa como un órgano "sensor" temprano del deterioro sistémico impulsado por la genética, el envejecimiento y los factores ambientales.
De este modo, la velocidad de la marcha en la mediana edad ya no se ve solo como un síntoma de fragilidad de la tercera edad, sino como un verdadero "índice resumen" del envejecimiento acumulado y la salud cerebral de toda una vida.
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Tiene implicaciones en el futuro. Aquí el potencial preventivo es increíble, ya que una evaluación extraordinariamente sencilla como es cronometrar lo que un paciente tarda en recorrer de 4 a 6 metros podría convertirse en una herramienta estándar en las consultas médicas para valorar el estado cognitivo del paciente. Algo que también se puede estandarizar con el uso de los smartwatch, que a día de hoy hacen mediciones muy precisas del movimiento que hacemos a diario.
Esto permitiría a los especialistas identificar a personas en riesgo de experimentar un envejecimiento acelerado y deterioro cognitivo mucho antes de llegar a la vejez o de cumplir con los criterios de la fragilidad clásica. Y tener esta información es fundamental para anticiparnos, por ejemplo, ante la instauración de una demencia.
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La noticia
Dime a qué velocidad caminas a los 45 años y te diré cómo envejece tu cerebro: la ciencia detrás del "sexto signo vital"
fue publicada originalmente en
Xataka
por
José A. Lizana
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Dime a qué velocidad caminas a los 45 años y te diré cómo envejece tu cerebro: la ciencia detrás del "sexto signo vital"
La ciencia apunta a que la velocidad de caminar no es algo menor, y hay que tenerlo cada vez más presente
Si observamos el tránsito de una calle, es fácil ver que cada persona tiene una velocidad a la hora de andar muy diferente. Esto es algo que puede parecer un dato sin demasiada relevancia, salvo porque ir más lento puede enfadar a alguien que va por detrás o hacer que perdamos menos grasa. Pero la realidad es que la ciencia encontró una correlación entre la velocidad de andar en la mediana edad y el estado del cerebro.
Se ha investigado. Aquí un gran estudio publicado en JAMA en 2019 cambió nuestra perspectiva sobre cómo y cuándo empezamos a envejecer neurológicamente. Para buscar esta relación, los investigadores se centraron en Nueva Zelanda, donde se siguió el desarrollo de 904 participantes desde su infancia hasta llegar a los 45 años.
Justamente cuando se llegó a la mediana edad, los investigadores midieron la velocidad de marcha de los sujetos a ritmo normal, realizando una tarea cognitiva simultánea y máxima velocidad. Y a partir de aquí solo faltaba cruzar la información.
Los resultados. Aquí se pudo ver que los participantes que caminaban más lento a los 45 años presentaban un envejecimiento biológico acelerado, evidenciando un deterioro en múltiples sistemas orgánicos. Además, estos caminantes más lentos también mostraban una peor integridad cerebral, haciendo que tuvieran un menor volumen, como si hubieran envejecido mucho antes.
El nexo con la infancia. Sorprendentemente, la disfunción neurocognitiva detectada cuando los participantes tenían apenas 3 años de edad ya predecía una velocidad de marcha más lenta en su vida media. De hecho, se observó una diferencia de entre 12 y 16 puntos de cociente intelectual entre el grupo de los caminantes más lentos y el de los más rápidos.
Un sensor del deterioro. Todo esto apoya fuertemente la idea del nexo cerebro-cuerpo, puesto que la relación entre una peor función cognitiva en la niñez y un andar lento a los 45 años sugiere que el cerebro actúa como un órgano "sensor" temprano del deterioro sistémico impulsado por la genética, el envejecimiento y los factores ambientales.
De este modo, la velocidad de la marcha en la mediana edad ya no se ve solo como un síntoma de fragilidad de la tercera edad, sino como un verdadero "índice resumen" del envejecimiento acumulado y la salud cerebral de toda una vida.
Tiene implicaciones en el futuro. Aquí el potencial preventivo es increíble, ya que una evaluación extraordinariamente sencilla como es cronometrar lo que un paciente tarda en recorrer de 4 a 6 metros podría convertirse en una herramienta estándar en las consultas médicas para valorar el estado cognitivo del paciente. Algo que también se puede estandarizar con el uso de los smartwatch, que a día de hoy hacen mediciones muy precisas del movimiento que hacemos a diario.
Esto permitiría a los especialistas identificar a personas en riesgo de experimentar un envejecimiento acelerado y deterioro cognitivo mucho antes de llegar a la vejez o de cumplir con los criterios de la fragilidad clásica. Y tener esta información es fundamental para anticiparnos, por ejemplo, ante la instauración de una demencia.