Loli no sabe si el recuerdo es suyo propio o lo ha asimilado como tal por la de veces que se lo contó su madre. Es domingo 7 de marzo de 1971; ella tiene cuatro añitos y la madre, Amparo Zuheros, 27. Loli se visualiza agarrada a su mano, a primera hora de la mañana, esperando en la puerta del cuartel a que regrese su padre, el guardia civil Dionisio Medina Serrano, de 35 años, quien ha tenido turno de noche en la estación de trenes de mercancías de La Sagrera, ubicada en el barrio barcelonés del mismo nombre.
La impaciencia de madre e hija se debe a que acaban de adjudicarles un piso nuevo en la casa cuartel -uno mucho más amplio y sin las humedades del bajo en el que viven entonces- y van a pintarlo ese domingo; en cuanto Dionisio llegue. «Pero en lugar de mi padre, aparecieron un capitán y un médico. '¿Es usted Amparo?'. 'Sí'. 'Pues vamos para adentro, que su marido ha muerto'. Así de golpe se lo dijeron y así fui yo diciéndolo a la escuela sin saber bien qué significaba: 'Mi padre ha muerto'».
Loli Medina Zuheros, de 59 años hoy, lo cuenta sentada en la terraza de la gasolinera de La Rábita (Jaén), desde la que se divisa un mar de olivos que sigue más allá de donde alcanza la vista. Dionisio y Amparo dejaron este paisaje aceitunero atrás en 1968, cuando él ingresó en la Guardia Civil y lo enviaron a Barcelona. En el año 2000, tras tres décadas de emigración, la familia regresó a los orígenes buscando sosiego, que aquí hay de sobra. A nosotros nos trae a La Rábita -500 habitantes- el 55 aniversario de la muerte de Dionisio Medina, el primer muerto por terrorismo en Cataluña y el primer muerto por terrorismo andaluz, aunque al lector difícilmente le sonará su nombre porque nunca se le ha dado relevancia a su crimen ni se le homenajea.
A Dionisio lo mató un potente artefacto -dos kilos de TNT- colocado en la ventana de la Agencia de Recaudación de la Diputación Provincial de Barcelona por el Front d'Alliberament Català (FAC), una organización independentista catalana que practicaba la lucha armada en los estertores del franquismo.
Los del FAC se estrenaron el 15 de octubre de 1970 con una explosión en las oficinas de RNE en Barcelona y continuaron atacando otros medios de comunicación, como La Vanguardia, juzgados, cuarteles de la Guardia Civil, oficinas de Hacienda, vías ferroviarias... Firmaron un centenar de atentados que causaron una sola víctima mortal: Dionisio.
«Cuando acababan de trabajar, mi padre y Sánchez [José Álvarez Sánchez, el guardia civil con el que Dionisio formaba pareja] tomaban café antes de irse cada uno a su casa. Pero aquel día mi padre le dijo: 'No me voy a entretener porque me está esperando mi mujer para pintar el piso'», retoma el relato de lo sucedido Loli.
«Imagínate que esto es un edificio», continúa cogiendo el servilletero y señalando con el dedo a su alrededor. «Pues si mi padre normalmente tiraba por aquí, por la derecha, para ir a la parada donde cogía el autobús, ese día tiró por aquí. El artefacto estaba en una ventana. No se sabe si explotó al pasar él o se acercó a verlo y lo tocó, lo que no me extrañaría porque era muy chafardero».
«La onda expansiva lanzó a Dionisio contra la pared de la vivienda situada en la acera de enfrente, a unos 20 metros. Su muerte fue instantánea», cuenta Gaizka Fernández Soldevilla, responsable de investigación del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, quien ha rescatado y documentado el caso de Dionisio. «El informe forense certificó que el cuerpo quedó totalmente destrozado: tenía amputadas las dos piernas y el antebrazo derecho. 'De no ser por su documentación', se constata en las diligencias policiales, 'hubiera sido imposible su identificación'».
En 2009 el periodista y escritor catalán Blai Manté publicó Front DÀlliberament Catalá. Sabotatges per la independència, un libro entre novela y ensayo que recoge detalladamente la actividad del FAC. La acción que mató a Dionisio ocupa las páginas 50-54. En los seis días anteriores «els nois» [«los chicos», así los llama el autor] habían destruido el transformador de la Escuela de Ingenieros de Terrassa y la sede del Sindicato Vertical franquista, y habían hecho explotar una bomba en la estación de la Renfe de Castelldefels.
«El grupo, espoleado por el éxito y la suerte, se plantea un atentado más ambicioso, con más repercusión. Una acción que permitiría que miles de contribuyentes de la zona de Barcelona se ahorrasen pagar los impuestos durante una temporada. El plan es incendiar la oficina de los archivos de Recaudación de la Diputación de Barcelona, en la calle Sagrera. A la carga le añadirán líquido inflamable para que, una vez roto el cristal, el fuego se extienda hasta los archivadores y destruya la documentación», recoge el libro.
«Día 7 de marzo, domingo. Los jóvenes, muy temprano por la mañana, se dirigen hacia la calle Sagrera. Cerca hay una estación de tren. Hay poca gente en la calle. Miran a un lado y a otro y se acercan al edificio de Recaudación. Colocan el explosivo sobre el alféizar de una ventana lateral. Activan el mecanismo. Se retiran. Ven a unos niños que se acercan. Mierda. Ven que los niños pasan de largo y se alejan. Bien. Se marchan».
La primera reacción de los terroristas al escuchar por la radio unas horas después que han matado a un guardia civil es de alivio, pues temían que fuera uno de los niños, se lee en la página 53. «Pero la muerte de una persona, aunque sea sin intención, no es lo mismo que hacer volar un transformador o unas oficinas vacías. Sienten que han cruzado una línea. El juego va en serio. (...) Los días pasan y no hay ningún indicio de que la policía esté sobre sus pasos. El miedo se disipa y, aunque la lógica aconsejaría un replanteamiento, una pausa o incluso una disolución, el efecto es el contrario: el peligro agita la mente, el ánimo. A partir de entonces, las acciones son más ambiciosas que nunca».
Loli con sus padres: Dionisio y AmparoÁLBUM FAMILIAREl capitán le comunicó a Amparo que su marido había muerto y el médico que lo acompañaba le administró un calmante. «Le puso una inyección y se quedó en el limbo. Mi madre tenía cuatro depresiones al año de tres meses de duración cada una. Se quedó muy pillada. Yo no la he visto bien nunca», dice Loli.
La madre se quedó pillada con 27 años, sola en Barcelona, con una niña de cuatro años a su cargo y sin más recursos que una indemnización de 25.000 pesetas (150 euros) y «una porquería» de pensión de 3.000 pesetas (18 euros ) al mes «porque al principio dijeron que había sido un acto de vandalismo». Cuenta Loli que la cuantía de la pensión subió más tarde y que recibieron otra indemnización de 1,5 millones de pesetas -9.000 euros- sin que sepa aclarar cuándo. Probablemente fue fruto de la aprobación en 1999 de la Ley de Solidaridad con las Víctimas del Terrorismo.
Más nítido está el recuerdo de la salida de ambas del cuartel y el de la madre trabajando a todas horas. «A través de la Guardia Civil la emplearon de portera de un bloque de pisos y ella se buscó también para ir a una frutería en el mercado de La Boquería, y además se puso a coser; la recuerdo hasta por las noches con la costura», dice Loli descubriéndose el antebrazo derecho. En él tiene tatuado un tricornio y la fecha de la muerte de su padre, y una aguja con hilo y el 9 de julio de 2017, el día que falleció -aquí, en La Rábita- su madre. Loli su marido y sus dos hijos están representados por cuatro mariposas.
-¿Qué sabe del FAC, Loli?
-Es un grupo terrorista como Terra Lliure o así, de independentistas. Cuando veo que el Gobierno pacta con los independentistas se me revuelven las tripas, es superior a mí.
-¿Se le ha rendido alguna vez homenaje a su padre en Cataluña?
-¿Aquellos de allí? Nada. Ya te digo que mi padre ha estado siempre olvidado. Cuando nos vinimos aquí [año 2000] nos llamó un guardia civil a través de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT): «Hombre, por fin os encontramos». Y nos hicimos de la asociación.
En mayo de 1972 nueve de los «chicos» del FAC fueron detenidos y cuatro meses después, dos de ellos, Ramón Llorca López y Carles García Solé, fueron condenados a 30 y 20 años de prisión respectivamente por un delito continuado de terrorismo; por las bombas que habían colocado pero no se les adjudicó la muerte de Dionisio.
García Solé, protagonista del libro de Blai Manté y a cuya presentación acudió, se fugó de la cárcel y huyó a Francia, donde se integró en los berezis, el brazo más radical y operativo de ETA-pm. En 1979 regresó de forma legal a Cataluña, ingresó en ERC y acabó haciendo de mediador de Carod Rovira para sus citas con Otegi y con la cúpula de ETA.
El crimen de Dionisio se considera de autor desconocido, aunque, según cuenta ahora Loli, hay quien sabe quién lo perpetró. «Un familiar nuestro, asistente social que va a las cárceles y visita a los presos, habló con él. Le contó qué atentados había cometido. '¿Sabes que mataste a un familiar mío?'. El hombre había entrado en la cárcel por otras cosas y murió allí de cáncer. Nuestro familiar no quiso decir su nombre. Decía que había pasado y que ya está».
«Cuando se hace referencia a la historia del FAC es habitual que su única víctima sea olvidada o que simplemente se la mencione como 'un guardia civil'», dice Gaizka Fernández Soldevilla, a quien Loli ha ayudado a documentar la historia de Dionisio. «En cambio, este efímero grupúsculo sí ha tenido quien le escriba, le homenajee y le enaltezca. Después de 55 años, creo que ha llegado ya el momento de hacer justicia y de poner en el centro del relato a la víctima, a Dionisio Medina Serrano».