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Sergio Blanco hizo la mili en carros de combate, en Ceuta. Dani Maldonado 25 años del final de la mili Donde uno se «hacía un hombre» y conocía todas las EspañasLuis Rando hizo la mili en los sesenta y Sergio Blanco en democracia: su experiencia fue distinta pero coinciden en que el servicio militar debería volver por lo que aporta a la convivencia
Domingo, 12 de abril 2026, 00:48
CompartirHace un cuarto de siglo se acababa la mili. Así que el servicio militar obligatorio ya sólo es un difuso recuerdo en la memoria colectiva, aunque sigue muy vivo entre los varones que como mínimo rondan la mediana edad. Para quienes siguieron el ritual del tallaje, el sorteo, la recogida del petate y el subirse a un autobús, un tren o hasta un barco rumbo al destino marcado sigue impresa en su memoria esa experiencia, con sus aventuras y sus desventuras, y aunque estas últimas a veces fueran dolorosas de un dolor bien físico y real, pesan más las primeras, porque en los rostros de estos viejos reclutas, al revivir aquella época, se dibujan sonrisas nostálgicas que a veces se convierten en carcajadas.
Para generaciones enteras, cumplir con ese deber con la milicia y con su país fue la gran oportunidad de salir de su pueblo y convivir con personas de otros puntos de la península, de diferente extracción social, de ideas distintas. Ese rito de paso de la adolescencia a la edad adulta que fue la mili comenzó a ponerse fin en 1999 cuando el Congreso aprobó la ley que abría el camino a la total profesionalización del Ejército, que fijaba en que como muy tarde el 31 de diciembre de 2002 se terminaría el servicio militar obligatorio y que los últimos llamados a filas serían los varones nacidos en 1982. Un decreto firmado el 9 de marzo de 2001 por el entonces ministro de Defensa Federico Trillo –que tras el Consejo de Ministros de ese día profirió el histórico «señoras y señores, se acabó la mili»– adelantó la fecha doce meses. Así que la quinta de 2001 fue la última: tras el sorteo para ese año que marcaba el destino de 90.625 muchachos, no hubo más. De ellos, un muy pequeño porcentaje llegó a hacer el servicio militar.
Distintas milis
Muchas generaciones de españoles hicieron la mili. Pero en condiciones muy diversas. Nada tiene que ver el servicio militar que desencadenó la Semana Trágica de Barcelona en 1909 que consistía en ir a África a combatir y del que podían librarse quienes pudieran pagar el canon que eximía de unirse a la milicia, con la mili en los sesenta, aunque fuera durante la dictadura de Franco. Y ésta tampoco resistía comparación con la que se desarrollaba cuando la democracia española estaba bien asentada. Por cuestiones obvias, no hay testimonios de la primera época citada más que en los libros de Historia. Pero sí hay malagueños que recuerdan cómo fue hacer el servicio militar en un ejército franquista y en un país que quería salir del atraso vía desarrollismo. Y también aquellos que creen que para los jóvenes de hoy sería necesario algo parecido a lo que su generación experimentó durante un año de su vida.
Luis Rando, de 82 años y de El Perchel, antes de entrar en materia, antes de contar su servicio militar, primero en Plasencia, luego en Madrid, (cómo se bromeaba hace no tanto con eso de «papá, abuelo, tío… no nos vengas ahora con las batallitas de la mili» y ahora se les ruega que las cuenten), recuerda que su vida es un reflejo de la de historia de España y más en particular de la de Málaga estallido turístico incluido: comenzó a trabajar a los once años con su padre, que era carpintero, fue conductor de Cervezas Victoria, administrador de una finca de olivos en Jaén, vio nacer la cadena de hoteles Sol que luego se convirtió en Sol Meliá, donde llegó a ser jefe de compras de frutas y verduras para toda la cadena en Andalucía. En definitiva, se jubiló con 49 años cotizados –trabajados, alguno más–. Y, ahora sí, Rando recuerda la mili: «El proceso comenzaba cuando te llamaban del Ayuntamiento, te tallaban, miraban si eras útil o inútil, si tenías enfermedades… Y a esperar el sorteo. A mí me tocó Madrid. Pusieron una fecha y aquí nos recogieron a los de Málaga desde el cuartel de Capuchinos. De ahí nos mandaron primero a Plasencia (Cáceres) para hacer la instrucción».
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Ñito Salas«Mi destino era Madrid, pero hice la instrucción en Plasencia. Por la noche, cuando dabas la luz, ahí estaban los chinchorros que bajaban para comerte. Los tenías que matar con el machete»
Ese primer destino «fue un infierno»: «Ni se comía y no había agua ni para beber. Nada de nada. Cogías la camisa, la dejabas en el suelo y se quedaba de pie de lo sucia que estaba». Al mes y medio les llevaron a lavarse al río Jerte. Era marzo, hacía frío y se pusieron todos malos. Para comer, colaban monedas por las rejas para que chavales les compraran tomates, latillas… «No te imaginas dónde preparábamos esa ensalada: ¡En el lavabo! ¡Ahí lo picábamos, lo revolvíamos y nos lo comíamos!». «Y por la noche, cuando dabas la luz, ahí estaban los chinchorros que bajaban para comerte. Los tenías que matar con el machete», continúa, casi al modo de 'Imán', el libro sobre la guerra de Marruecos de Ramón J. Sender. En ese cuartel en el que debería haber 50 soldados, había 300 o 400, dice. Por la noche, cuando le tocaba hacer guardias, escuchaba el llanto de algún muchacho.
Oportunidad de ver mundo
Uno de los tópicos alrededor de la mili es que las personas de campo gracias al servicio militar conocieron mundo o incluso aprendieron a leer, escribir y las cuatro reglas. En el relato de Rando este tipo humano lo encarna un chico de los Montes, un muchacho que se quitaba la gorra de soldado para ponerse la boina, y viceversa. También era el que mejor surtida de comida tenía su taquilla. Aunque no era muy generoso o, simplemente, no le salía ser generoso con quien le llamaba «cateto». Así que Rando y un par de amigos forzaron el candado de tan nutrida despensa y le robaron comida. A partir de ahí el paisano pensó que le salía más a cuenta compartir algo con estos 'malhechores' que arriesgarse a nuevos robos.
Luis Rando supo escapar de lo más duro de la vida del recluta: un día el capitán Vaquero preguntó que quiénes de ellos no habían hecho la comunión. Levantaron la mano unos cuantos. A continuación el mando preguntó que quién sabía rezar para enseñarles. Rando, que ni es ni era muy religioso, pero que se sabía y se sabe todas las oraciones de todas las veces que había tenido que repetirlas, se postuló para catequista. «Me dije: así se quita uno de aquí», bromea. Las tardes, en lugar de dedicarlas a labores más duras, se metía en el cuartel a enseñar el catecismo.
De lo que no se libraba era del toque de diana a las seis, del darse prisa para evitarse correazos, lo que le lleva a contar que recibió un guantazo por no delatar a un compañero que fumaba.
Cuando llegó a Madrid la cosa fue diferente. Al menos, había comida y más limpieza. Pero no empezó con buen pie: la primera noche le tocó guardia. Pues bien, un cabo guardia va y le pregunta que cuántos cetmes (fusiles) había y que cuántos soldados dormían... A él, recién llegado, se le ocurrió decir que no sabía, a lo que siguió el castigo: tras la guardia, dormir en el suelo. Poco después llegó un coche de la policía militar a buscarlo porque había dicho que quería hacer ahí la mili. Aunque casi no le dejan irse porque donde estaba valoraban su oficio de carpintero. «Yo dije que carpintero no era, que yo quería irme a la Guardia Civil, a la Policía Nacional… Conseguí que me llevaran. En realidad no me gustaba nada de eso. Yo lo que tenía era el cuento para no trabajar tanto y ese era mi boquete», explica. De manera que a 'los grises' fue a parar.
Suceso traumático
Fue una mili de privilegio que lo llevó incluso al Palacio del Pardo, la residencia del dictador. Pero también a vivir un episodio traumático. Al dirigirse a un polvorín de Villaviciosa de Odón por una carretera reservada para la milicia iba un coche de civiles. Sus superiores le dieron la orden de que detuviera el vehículo. Le dio el alto, sacó la pistola y la cargó delante de los jóvenes que iban en el vehículo. «'Vamos a buscar a los generales', me dijeron. Y yo les contesté que buscaran lo que quisieran, pero que se dieran la vuelta y que lo hicieran en otro sitio. Escucharon el cerrajazo del arma. Pensaron que iba a tirar. Se dieron la vuelta y se fueron». Y termina con una broma: «En la policía militar éramos 170, pero la mayoría eran enchufados. Los que trabajábamos éramos 60».
Pese a los chinches, al hambre, a los bofetones, al agua fría, pese a una mili a mediados de los años sesenta y en una dictadura que era, dice, «palos, guantazos y correazos», Rando opina que los muchachos de hoy, todos, deberían hacer la mili un par de meses dos o tres veranos. Defiende la disciplina y que en la mili «uno se hacía un hombre»: «No digo que fueran tanto tiempo como íbamos nosotros, pero lo suficiente como para meter en vereda a la juventud. Ahora si se fueran tanto tiempo a la mili, perderían el trabajo. Yo, nada más que me licencié, volví a Cervezas Victoria». Hay que tener en cuenta que los reclutas de la mili tendrían que ir a una guerra si estallara durante su servicio. Él cree que la mili ya sirve poco para enfrentarse a una guerra. Recuerda que a él pudo haberle tocado ir a Vietnam, donde Franco quería llevar tropas para ayudar a EE UU: «Pero los mandos no querían ir y ya el dictador mandaba menos».
La mili en democracia
La mili de Sergio Blanco transcurrió dos décadas más tarde así que fue muy diferente. Para empezar, ya fue en democracia, y ya se contemplaba la objeción de conciencia y el servicio social sustitutorio. Tiene 59 años y estudió electrónica industrial. Su mili fue en 1987, primero en San Fernando y luego en Ceuta donde recuerda que habían degradado a algunos mandos ligados al Franquismo. Eran años que coincidieron con las manifestaciones contra la OTAN y el referéndum sobre la participación de España en la organización. Pero él no participó en nada de eso. Y sobre la mili dice que «ni le apetecía ni le dejaba de apetecer»: «Era algo que todo el mundo hacía, aunque por aquella época se puso muy de moda la objeción de conciencia. Yo no quise ser objetor. Me tocaba cumplir y cumplí. No me arrepiento de haber hecho el servicio militar. Para mí no fue una carga». Sí que pidió prórrogas hasta que terminó sus estudios y defiende que a él no le perjudicó hacer la mili, ni que en general rompiera planes vitales a la juventud: «A los 18 años no se le corta la vida a nadie». De hecho, cuando acabó ese año de recluta, al poco entró a trabajar en Fujitsu, como muchos de sus compañeros de estudios y mili.
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Sergio Blanco Dani Maldonado«Me tocaba cumplir y cumplí. No me arrepiento de haber hecho el servicio militar, para mí no fue una carga»
Así que, como Luis Rando, también es partidario de recuperar la mili, en su caso, de un año entero: «Si no, no te da tiempo a que te enseñen nada. Menos de un año sería ridículo, sería decir 'pues me voy de vacaciones, voy a hacer cuatro caminatitas, me van a enseñar a pegar un tirito como mucho...'». «Y la disciplina viene muy bien en la vida», agrega.
Sergio Blanco defiende que sí le enseñaron cosas útiles para el caso de que hubiera una guerra: «Yo hice el curso de conductor de carros de combate, y también fui cargador, es decir, quien mete la munición en el cañón. Y salimos de maniobras en Almería y en Murcia con fuego real e hicimos simulaciones. No es una pérdida de tiempo. Te enseñaban manejo de armas, defensa… No es que acabáramos siendo un boina verde, pero en caso de tener que ir a pegar cuatro pepinazos, se puede ir». Aunque su motivo principal para defender el servicio militar no es ése, no es el aprender para la guerra: «No estuve nada de acuerdo en que se suprimiera el servicio militar. Pero no porque yo sea belicista, sino porque es algo enriquecedor para una persona y más en la sociedad que tenemos ahora mismo», comenta, haciendo referencia a lo enconadas y enfrentadas que están las diferentes posiciones políticas: «Ahí podías congeniar con otras personas, otras culturas, socializar, salir de debajo de la faldita de mamá. Te encontrabas con gente que sólo había vivido en el campo y otra que le daba a los canutitos, gente con más poder adquisitivo y otra con menos. Había personas de todo tipo, que todo no es lo que tenemos al lado de nuestra casa». Le encantó mezclarse con chicos de Cataluña, País Vasco, Asturias, Galicia… de todas partes.
El periodo de instrucción lo hizo en San Fernando, en Cádiz, y luego lo mandaron a Ceuta en su primer viaje largo en barco: «Yo no sabía lo que me iba a encontrar. Allí lo mismo me podían tocar los regulares que los zapadores y me tocó en carros de combate… y muy bien». Y rememora la rutina diaria: tocaban diana y había unos pocos minutos para la ducha, el afeitado, el vestido y estar en formación. De ahí, al desayuno. Y a la instrucción. Luego, los carros de combate: hacer el mantenimiento, reparaciones y, cuando tocaba, maniobras. Por la tarde también había tiempo para salir un ratigo: «En Ceuta había muchos marroquíes. Nos chocaba un poquito. Pero también había mucha población militar. Ceuta estaba prácticamente militarizada».
Reconoce que vio «alguna galleta de esas de salir la boina tres metros volando» o que sufrió un arresto de fin de semana porque se pasó tomando un par de copillas. Y recuerda entre risas que un mando a él y a un amigo les dio entradas para un concierto de Carlos Cano y que ellos, en lugar de ir a escuchar al granadino, aprovecharon para disfrutar de la feria de Ceuta. «Al día siguiente nos preguntó el teniente sobre el concierto y nosotros le contestamos: 'uf, una marcha tremenda'. Cuando descubrimos que Carlos Cano de marcha, nada, que era melódico, lírico, se nos cayó la cara de vergüenza…».
Qué sería de las historias de la mili sin estas anécdotas que remueven y alimentan la nostalgia. La que se le despierta a Sergio Blanco, aunque disimule, cuando enseña las fotos que conserva de la época. O cuando confiesa que alguna vez bichea en Facebook para ver qué ha sido de sus antiguos compañeros de filas.
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