Washington intenta convertir la guerra en una misión internacional de seguridad marítimo demasiado tarde
8 comentariosFacebookTwitterFlipboardE-mail 2026-03-16T18:31:54ZMiguel Jorge
EditorMiguel Jorge
Editor Linkedintwitter1428 publicaciones de Miguel JorgeEn 1988, durante la llamada “guerra de los petroleros” entre Irán e Irak, un solo artefacto naval de bajo coste logró dañar gravemente a una fragata estadounidense de última generación en el Golfo Pérsico. Aquella crisis dejó una lección incómoda para las grandes potencias: en los estrechos marítimos más transitados del planeta, basta un puñado de amenazas bien colocadas para poner en jaque a flotas enteras y alterar el equilibrio de la economía mundial.
Un llamamiento global. Dos semanas después del inicio de la guerra contra Irán, Estados Unidos se encuentra ante una paradoja de lo más inquitante. A pesar de los bombardeos masivos contra instalaciones militares iraníes y de los golpes contra su infraestructura estratégica, el estrecho de Ormuz (la arteria energética por donde pasa una quinta parte del petróleo mundial) sigue bloqueado para gran parte del tráfico marítimo.
La Casa Blanca ha respondido con una petición poco habitual: pedir a otras potencias que envíen buques de guerra para escoltar el comercio y reabrir el paso. De hecho, el llamamiento de Trump no se ha dirigido solo a aliados tradicionales como Reino Unido o Francia, sino también a potencias rivales como China. Ese movimiento refleja, una vez más, una realidad cada vez más evidente: la guerra es mucho más difícil de cerrar de lo que Washington esperaba.
En XatakaEl mismo día que EEUU envió sus marines a Irán, Taiwán despertó con un déjà vu: China la ha rodeado con 26 aviones y 7 buques de guerraAliados reticentes. La respuesta internacional ha sido prudente cuando no directamente evasiva. España ha sido la más clara, pero Reino Unido ha insistido en que la prioridad debería ser reducir la escalada militar antes que ampliar el despliegue naval. Por su parte, Japón ha recordado que su constitución pacifista limita la participación en conflictos armados.
Corea del Sur se ha limitado a prometer consultas con Washington, mientras Francia ha sugerido que podría participar en escoltas navales, pero solo si el conflicto se estabiliza primero. En otras palabras, los aliados reconocen el problema estratégico del estrecho, pero ninguno parece dispuesto a asumir el coste político y militar de entrar de lleno en la guerra.
Un aviso a la OTAN. La frustración de la Casa Blanca ha terminado traduciéndose en un mensaje muy directo a través de una entrevista en Financial Times. Trump ha advertido públicamente de que la OTAN podría enfrentarse a un “muy mal futuro” si sus aliados no ayudan a Estados Unidos a reabrir el estrecho. El argumento del presidente es simple: Europa depende del petróleo que pasa por Ormuz y debería contribuir a proteger esa ruta.
En su visión de las cosas, Washington ha apoyado a sus aliados en crisis como la guerra de Ucrania y ahora espera reciprocidad. El problema es que esa presión llega en un momento en que muchos gobiernos europeos temen verse arrastrados a una escalada militar de consecuencias imprevisibles.
Apelación a China. Ante la frialdad occidental, el llamamiento estadounidense incluyó sorprendentemente también a Pekín. China compra grandes cantidades de petróleo iraní y depende en gran medida del flujo energético que pasa por Ormuz. Para Washington, esa dependencia podría convertir a China en un actor interesado en estabilizar la zona.
Sin embargo, la maniobra tiene un trasfondo diplomático complejo: Estados Unidos está pidiendo ayuda para resolver una guerra que él mismo ha iniciado, y lo hace incluso a una potencia con la que mantiene una rivalidad estratégica global.
Respaldo a Irán. Y mientras Washington busca apoyos de los lugares más inesperados, Teherán le ha respondido demostrando que no está aislado. El gobierno iraní ha confirmado que mantiene cooperación política, económica e incluso militar con Rusia y China.
La relación con Moscú se ha estrechado especialmente desde la guerra de Ucrania, en la que Rusia ha utilizado drones iraníes como parte de su arsenal. Con Pekín, el vínculo se apoya sobre todo en el comercio energético y en acuerdos económicos a largo plazo. Para Irán, ese respaldo no implica necesariamente una intervención directa, pero sí refuerza su posición frente a la presión occidental.
La carta estratégica. Lo hemos ido contando. El control del estrecho de Ormuz se ha convertido en el principal instrumento de presión iraní. Teherán sostiene que el paso no está cerrado al comercio mundial, sino únicamente a los barcos de Estados Unidos, Israel y sus aliados directos.
Esa narrativa busca presentar la situación como una represalia selectiva y no como un bloqueo global. Al mismo tiempo, permite a Irán utilizar la amenaza sobre el tráfico energético como una herramienta para obligar a otros países a implicarse diplomáticamente en el conflicto.
Guerra económica en marcha. Mientras tanto, el impacto en los mercados energéticos ya es visible. El precio del petróleo ha superado los 100 dólares por barril y varios países temen que el encarecimiento de la energía provoque nuevas tensiones inflacionarias. Para las economías asiáticas, especialmente dependientes del crudo del Golfo, el bloqueo representa un riesgo directo para su crecimiento.
Esa presión económica forma parte del cálculo estratégico iraní: convertir el conflicto en un problema global que obligue a otras potencias a presionar a Washington para buscar una salida.
Ayuda tarde. En ese contexto, la respuesta implícita de Irán es bastante clara. Desde su punto de vista, la guerra ha entrado en una fase en la que las peticiones de cooperación internacional ya no cambian el equilibrio del conflicto.
Los ataques estadounidenses contra objetivos estratégicos como la isla petrolera de Kharg han elevado la tensión a un nivel que dificulta cualquier retroceso rápido. En otras palabras, si Washington busca ahora apoyo externo para cerrar la guerra, Teherán interpreta que lo hace cuando la oportunidad de evitar esa escalada ya ha pasado.
Un guion inesperado. La paradoja final comienza a ser cada vez más evidente, porque Estados Unidos insiste en que ha debilitado gravemente a Irán y que puede reabrir el estrecho “de una forma u otra”, pero al mismo tiempo está solicitando ayuda internacional para hacerlo.
Esa contradicción revela que mantener abierto Ormuz bajo amenaza constante de minas, drones y misiles requiere una coordinación militar mucho mayor de la prevista. Así, la guerra que comenzó como una campaña aérea rápida se ha transformado en un desafío estratégico que implica (o busca implicar) a todo el sistema internacional.
En XatakaLos satélites han revelado el plan de EEUU: dos cazaminas y una flota en dirección opuesta le están poniendo a Irán cara de VietnamUn tablero cada vez más complejo. El resultado es un escenario en el que las alianzas tradicionales se muestran extremadamente cautelosas, las potencias rivales respaldan a Irán y la economía mundial empieza a sentir el impacto del conflicto.
Washington intenta convertir la guerra en una misión internacional de seguridad marítima, mientras Teherán demuestra que aún conserva herramientas de sobra para prolongar la crisis. Y en medio de ese juego de presiones, el mensaje iraní se resume en una idea de lo más sencilla: si Estados Unidos busca ahora ayuda para poner fin a la guerra, quizá haya llegado demasiado tarde.
Imagen | sayyed shahab-o- din vajedi