La crisis de Groenlandia ha dejado de ser un rifirrafe diplomático para convertirse en un pulso abierto entre Washington y sus aliados, y eso significa un deterioro acelerado de la confianza dentro de la OTAN. Mientras Dinamarca ha enviado más tropas a la isla, una carta apunta a una idea que no estaba en las quinielas: que el germen de todo viene dado por una cuestión de venganza.
La grieta atlántica. Las posiciones en estos momentos son claras: Trump insiste en que Estados Unidos debe “adquirir” una isla estratégica y rica en minerales, mientras Dinamarca y Groenlandia repiten que no está en venta y alertan de un clima en el que la amenaza de fuerza ya no es un tabú.
Por su parte, Europa empieza a hablar no solo de indignación política sino de respuestas económicas y de seguridad, porque lo que parecía una excentricidad de campaña se está transformando en una crisis estructural sobre soberanía, alianzas y credibilidad. Mientras tanto, Rusia observa con palomitas y desde la barrera cómo el bloque occidental se va fracturando por dentro.
En Xataka
Si no hay otra opción, Europa tiene un misil para Groenlandia. Uno que apunta donde más le duele a EEUU: su obesidad
De la perfidia a la vendetta. El elemento más inquietante no es solo el objetivo, sino el verdadero motivo que Trump ha dejado entrever: si en otros escenarios recientes Washington pudo recurrir a la perfidia (la ingeniería del engaño, el movimiento calculado, la operación que se disfraza de otra cosa) aquí asoma algo más simple, cruel y primitivo, la vendetta.
No lo decimos nosotros, el propio Trump ha vinculado su determinación con no haber recibido el Nobel de la Paz en una carta al ministro noruego, como si una humillación simbólica bastara para romper los frenos mentales y justificar que ya no se sienta obligado a “pensar puramente en la paz”. Ese giro emocional lo convierte todo en imprevisible: ya no sería una disputa fría sobre el Ártico, sino un ajuste de cuentas personal elevado a doctrina, una mezcla explosiva de narcisismo herido y poder estatal que degrada cualquier coartada racional y deja a sus aliados sin un terreno estable sobre el que negociar.
La amenaza económica y el lenguaje del chantaje. La escalada se concreta en un esquema de presión que suena más a ultimátum que a diplomacia entre socios: como contamos ayer, Trump amenaza con aranceles del 10% a Dinamarca y a varios países europeos, con la promesa de subirlos al 25% si no hay acuerdo.
No solo eso. En paralelo se reserva el “no comment” cuando le preguntan por el uso de la fuerza, un silencio que funciona como amenaza en sí mismo, porque permite que cada gesto se interprete como preparatorio. Europa, por su parte, empieza a hablar de contramedidas y de activar instrumentos de presión comercial, dejando claro que entiende el movimiento como extorsión política. Dicho de otra forma, la soberanía pasa a ser moneda de cambio, y la economía se convierte en el mecanismo para doblar la voluntad de un aliado.
Nuuk
El gesto que encendió todo. Contaba el Financial Times esta mañana una historia reveladora. Al parecer, la chispa que ha encendido todo es casi ridícula por el tamaño de las cifras: el envío de un soldado británico, dos finlandeses y pequeños destacamentos daneses, franceses y alemanes que llegan para un ejercicio concebido como señal de compromiso con la seguridad ártica y solidaridad con Copenhague.
El mensaje europeo pretendía ser tranquilizador, como diciendo que la región no está desatendida y que los aliados se toman en serio el flanco norte, pero Trump lo interpretó como desafío respondiendo con represalias comerciales, como si esa presencia simbólica fuera una provocación antiamericana. Ahí apareció un problema central de la crisis: lo que para unos es un gesto defensivo, para la Casa Blanca se convierte en una afrenta que confirmaría su relato de que Europa le planta cara.
En Xataka
Por primera vez en la historia la posibilidad de un Mediterráneo sin vino empieza a darse en el horizonte
La isla se militariza. Frente a esa lectura agresiva, Dinamarca ha subido la apuesta en el terreno con un refuerzo más visible y con mayor carga política, enviando más soldados de combate y al propio jefe del Ejército a Groenlandia. Se suman a los aproximadamente 200 efectivos ya desplegados entre Nuuk y Kangerlussuaq en el marco de Arctic Endurance, que además se acelera e intensifica precisamente por la escalada verbal de Trump, como si el ejercicio pasara de rutina a advertencia.
En paralelo, las imágenes de soldados patrullando el centro de Nuuk y la presencia de un buque de guerra danés patrullando la costa proyectan la sensación de que la isla ha entrado en una fase nueva, donde la normalidad se militariza sin necesidad de disparos.
NORAD mueve piezas. Los analistas de TWZ también hacían énfasis a otro movimiento que ocurre al mismo tiempo. NORAD anunció el envío de tropas y aeronaves a Groenlandia para apoyar actividades “planificadas desde hace tiempo” y “rutinarias”, subrayando que no están vinculadas a la crisis actual.
Puede que el calendario sea real, pero el efecto político es inseparable del contexto: en plena escalada, cualquier movimiento estadounidense en la isla parece un mensaje, y cualquier explicación suena a fórmula de manual.
El ”argumento de seguridad”. Con el paso de las semanas, ademas, el pretexto estratégico de Trump empieza a sonar cada vez más vacío, porque Europa intenta cubrir la misma necesidad (reforzar el Ártico) y aun así la presión estadounidense no se relaja.
De hecho, para muchos observadores, el envío europeo destapa el motivo real, porque si el problema era que Groenlandia estaba expuesta a Rusia o China, entonces una mayor presencia aliada debería ser la solución, no el detonante.
Chagos como munición. The Guardian contaba hace unas horas otra vía: Trump ha remachado su visión del mundo usando el caso de las islas Chagos como ejemplo moral al revés, tildando de “gran estupidez” a que Reino Unido ceda soberanía a Mauricio aunque mantenga la isla de Diego García arrendada 99 años para la base conjunta.
En su relato, ese acto demuestra debilidad, y esa debilidad es lo que China y Rusia “solo entienden” como oportunidad, de modo que Groenlandia “debe” ser adquirida por razones de seguridad nacional. La lógica es simplista: no manda el derecho ni la historia, sino la fuerza, y lo que se entrega por acuerdo se interpreta como una suerte de concesión vergonzosa, incluso si es un arreglo para sostener una instalación militar.
Mientras tanto, en Groenlandia. Desde el comienzo de la crisis la población groenlandesa no aparece como sujeto pasivo, sino como actor que rechaza de forma mayoritaria la idea de integrarse en Estados Unidos. Las protestas en Nuuk, con consignas directas y sin diplomacia, reflejan el temor a que el debate se haya desplazado desde la “cooperación” hacia la “anexión”.
Ese miedo se ha refrendado cuando las reuniones trilaterales dejan relatos diametralmente distintos: mientras Dinamarca y Groenlandia creen haber salido con un grupo de trabajo para explorar salidas, la administración Trump lo vende como el arranque de conversaciones técnicas sobre la adquisición. Una discrepancia surrealista que no es un matiz, sino más bien un aviso de que Washington intenta encarrilar el proceso hacia un final predeterminado.
En Xataka
China acaba de cruzar la misma línea roja que Rusia: por primera vez, un dron militar ha invadido el espacio aéreo de Taiwán
Una situación cada vez más fea. Lo más peligroso es que el deterioro no parece que dependa de un único momento de ruptura, sino de una suma de señales que empujan en la misma dirección: refuerzos daneses, movimientos estadounidenses, amenazas arancelarias y una retórica cada vez más personalista.
En ese contexto, la vendetta que asoma en la carta de Trump no solo explica el tono, también la imprevisibilidad, porque introduce una motivación que no necesita que tenga sentido estratégico alguno para seguir escalando. Por eso la situación se vuelve cada vez más fea, porque lo que está en juego ya no es solo Groenlandia, sino la idea de que un aliado puede tratar el territorio de otro como botín negociable, y que la OTAN podría descubrir demasiado tarde que en realidad nunca ha tenido los suficientes mecanismos para frenar una crisis nacida del ego.
Imagen | Arctic Warrior, IToldYa, Quintin Soloviev, NATO North Atlantic Treaty Organization, United Nations
En Xataka | Ahora que Europa ha enviado sus tropas a Groenlandia, emerge una pregunta que nadie quiere hacer: ¿qué pasa si EEUU la invade?
En Xataka | En Groenlandia no dejan de mirar al cielo como si fuera 1939. En las últimas 24 horas no han parado de llegar soldados
-
La noticia
EEUU invadió Venezuela con la perfidia. Una carta apunta a que hay algo más simple y primitivo con Groenlandia: la vendetta
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
.
EEUU invadió Venezuela con la perfidia. Una carta apunta a que hay algo más simple y primitivo con Groenlandia: la vendetta
Mientras tanto, Dinamarca ha tomado la decisión de enviar más tropas a la isla
La crisis de Groenlandia ha dejado de ser un rifirrafe diplomático para convertirse en un pulso abierto entre Washington y sus aliados, y eso significa un deterioro acelerado de la confianza dentro de la OTAN. Mientras Dinamarca ha enviado más tropas a la isla, una carta apunta a una idea que no estaba en las quinielas: que el germen de todo viene dado por una cuestión de venganza.
La grieta atlántica. Las posiciones en estos momentos son claras: Trump insiste en que Estados Unidos debe “adquirir” una isla estratégica y rica en minerales, mientras Dinamarca y Groenlandia repiten que no está en venta y alertan de un clima en el que la amenaza de fuerza ya no es un tabú.
Por su parte, Europa empieza a hablar no solo de indignación política sino de respuestas económicas y de seguridad, porque lo que parecía una excentricidad de campaña se está transformando en una crisis estructural sobre soberanía, alianzas y credibilidad. Mientras tanto, Rusia observa con palomitas y desde la barrera cómo el bloque occidental se va fracturando por dentro.
De la perfidia a la vendetta. El elemento más inquietante no es solo el objetivo, sino el verdadero motivo que Trump ha dejado entrever: si en otros escenarios recientes Washington pudo recurrir a la perfidia (la ingeniería del engaño, el movimiento calculado, la operación que se disfraza de otra cosa) aquí asoma algo más simple, cruel y primitivo, la vendetta.
No lo decimos nosotros, el propio Trump ha vinculado su determinación con no haber recibido el Nobel de la Paz en una carta al ministro noruego, como si una humillación simbólica bastara para romper los frenos mentales y justificar que ya no se sienta obligado a “pensar puramente en la paz”. Ese giro emocional lo convierte todo en imprevisible: ya no sería una disputa fría sobre el Ártico, sino un ajuste de cuentas personal elevado a doctrina, una mezcla explosiva de narcisismo herido y poder estatal que degrada cualquier coartada racional y deja a sus aliados sin un terreno estable sobre el que negociar.
La amenaza económica y el lenguaje del chantaje. La escalada se concreta en un esquema de presión que suena más a ultimátum que a diplomacia entre socios: como contamos ayer, Trump amenaza con aranceles del 10% a Dinamarca y a varios países europeos, con la promesa de subirlos al 25% si no hay acuerdo.
No solo eso. En paralelo se reserva el “no comment” cuando le preguntan por el uso de la fuerza, un silencio que funciona como amenaza en sí mismo, porque permite que cada gesto se interprete como preparatorio. Europa, por su parte, empieza a hablar de contramedidas y de activar instrumentos de presión comercial, dejando claro que entiende el movimiento como extorsión política. Dicho de otra forma, la soberanía pasa a ser moneda de cambio, y la economía se convierte en el mecanismo para doblar la voluntad de un aliado.
Nuuk
El gesto que encendió todo. Contaba el Financial Times esta mañana una historia reveladora. Al parecer, la chispa que ha encendido todo es casi ridícula por el tamaño de las cifras: el envío de un soldado británico, dos finlandeses y pequeños destacamentos daneses, franceses y alemanes que llegan para un ejercicio concebido como señal de compromiso con la seguridad ártica y solidaridad con Copenhague.
El mensaje europeo pretendía ser tranquilizador, como diciendo que la región no está desatendida y que los aliados se toman en serio el flanco norte, pero Trump lo interpretó como desafío respondiendo con represalias comerciales, como si esa presencia simbólica fuera una provocación antiamericana. Ahí apareció un problema central de la crisis: lo que para unos es un gesto defensivo, para la Casa Blanca se convierte en una afrenta que confirmaría su relato de que Europa le planta cara.
La isla se militariza. Frente a esa lectura agresiva, Dinamarca ha subido la apuesta en el terreno con un refuerzo más visible y con mayor carga política, enviando más soldados de combate y al propio jefe del Ejército a Groenlandia. Se suman a los aproximadamente 200 efectivos ya desplegados entre Nuuk y Kangerlussuaq en el marco de Arctic Endurance, que además se acelera e intensifica precisamente por la escalada verbal de Trump, como si el ejercicio pasara de rutina a advertencia.
En paralelo, las imágenes de soldados patrullando el centro de Nuuk y la presencia de un buque de guerra danés patrullando la costa proyectan la sensación de que la isla ha entrado en una fase nueva, donde la normalidad se militariza sin necesidad de disparos.
NORAD mueve piezas. Los analistas de TWZ también hacían énfasis a otro movimiento que ocurre al mismo tiempo. NORAD anunció el envío de tropas y aeronaves a Groenlandia para apoyar actividades “planificadas desde hace tiempo” y “rutinarias”, subrayando que no están vinculadas a la crisis actual.
Puede que el calendario sea real, pero el efecto político es inseparable del contexto: en plena escalada, cualquier movimiento estadounidense en la isla parece un mensaje, y cualquier explicación suena a fórmula de manual.
El ”argumento de seguridad”. Con el paso de las semanas, ademas, el pretexto estratégico de Trump empieza a sonar cada vez más vacío, porque Europa intenta cubrir la misma necesidad (reforzar el Ártico) y aun así la presión estadounidense no se relaja.
De hecho, para muchos observadores, el envío europeo destapa el motivo real, porque si el problema era que Groenlandia estaba expuesta a Rusia o China, entonces una mayor presencia aliada debería ser la solución, no el detonante.
Chagos como munición. The Guardian contaba hace unas horas otra vía: Trump ha remachado su visión del mundo usando el caso de las islas Chagos como ejemplo moral al revés, tildando de “gran estupidez” a que Reino Unido ceda soberanía a Mauricio aunque mantenga la isla de Diego García arrendada 99 años para la base conjunta.
En su relato, ese acto demuestra debilidad, y esa debilidad es lo que China y Rusia “solo entienden” como oportunidad, de modo que Groenlandia “debe” ser adquirida por razones de seguridad nacional. La lógica es simplista: no manda el derecho ni la historia, sino la fuerza, y lo que se entrega por acuerdo se interpreta como una suerte de concesión vergonzosa, incluso si es un arreglo para sostener una instalación militar.
Mientras tanto, en Groenlandia. Desde el comienzo de la crisis la población groenlandesa no aparece como sujeto pasivo, sino como actor que rechaza de forma mayoritaria la idea de integrarse en Estados Unidos. Las protestas en Nuuk, con consignas directas y sin diplomacia, reflejan el temor a que el debate se haya desplazado desde la “cooperación” hacia la “anexión”.
Ese miedo se ha refrendado cuando las reuniones trilaterales dejan relatos diametralmente distintos: mientras Dinamarca y Groenlandia creen haber salido con un grupo de trabajo para explorar salidas, la administración Trump lo vende como el arranque de conversaciones técnicas sobre la adquisición. Una discrepancia surrealista que no es un matiz, sino más bien un aviso de que Washington intenta encarrilar el proceso hacia un final predeterminado.
Una situación cada vez más fea. Lo más peligroso es que el deterioro no parece que dependa de un único momento de ruptura, sino de una suma de señales que empujan en la misma dirección: refuerzos daneses, movimientos estadounidenses, amenazas arancelarias y una retórica cada vez más personalista.
En ese contexto, la vendetta que asoma en la carta de Trump no solo explica el tono, también la imprevisibilidad, porque introduce una motivación que no necesita que tenga sentido estratégico alguno para seguir escalando. Por eso la situación se vuelve cada vez más fea, porque lo que está en juego ya no es solo Groenlandia, sino la idea de que un aliado puede tratar el territorio de otro como botín negociable, y que la OTAN podría descubrir demasiado tarde que en realidad nunca ha tenido los suficientes mecanismos para frenar una crisis nacida del ego.