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El 11-S veinticinco años después

El 11-S veinticinco años después
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La Democracia Liberal está menos preparada para encajar los golpes y lo está menos aún para superarlos. Nos sentimos más amenazados que en 2001 porque estamos menos unidos y repetimos errores que no hemos olvidado y de los cuales no hemos sabido aprender. Leer
Ensayos liberalesEl 11-S veinticinco años después
  • TOM BURNS MARAÑÓN
Actualizado 11 SEP. 2026 - 00:38Atentado en las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001.BLOOMBERG NEWSEXPANSIONSeguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas

La Democracia Liberal está menos preparada para encajar los golpes y lo está menos aún para superarlos. Nos sentimos más amenazados que en 2001 porque estamos menos unidos y repetimos errores que no hemos olvidado y de los cuales no hemos sabido aprender.

Hoy hace veinticinco años a primeras horas de la mañana hora local en Nueva York dos aviones comerciales, secuestrados y pilotados por yihadistas, se estrellaron contra las Torres Gemelas en el bajo Manhattan de la ciudad, un tercero se estampó contra el Pentágono y un cuarto cayó a tierra en la Pensilvania rural cuando los pasajeros se amotinaron contra los miembros de al-Qaeda que viajaban con ellos. El aniversario de unos hechos que se cobraron casi tres mil víctimas mortales merece varias reflexiones.

La primera que salta a la vista es que ni se ha aprendido nada ni se ha olvidado nada. La Democracia Liberal está menos preparada para encajar los golpes de sus enemigos y lo está menos aún para superarlos. Es de largo la reflexión principal.

¿Qué estamos con el mundo en llamas donde estábamos hace cuarto de siglo? Pues sí. "Lo que pasó es un prólogo" dice uno de los personajes en La Tempestad, una de las últimas obras de William Shakespeare. Lo que pasa es el desarrollo de una locura destructora que ya fue anunciada por el preámbulo. Se trata de un texto que se repite cada tanto tiempo. El cuarto de siglo entre un desastre y otro no es más que un soplo del tiempo.

Estamos donde estábamos, es lo que se decía la tropa que pegaba tiros, volaba puentes y bombardeaba a civiles cuando a atacaba Stalingrado y cuando se acercaba a Monte Cassino en 1943. En la ciudad estratégicamente crítica junto al río Volga y cuando se avanzaba lentamente de sur a norte por Italia, la humanidad se encontraba de vuelta y en el mismo lugar en donde había estaba en el antes de ayer. Llegado 1943 se habían cumplido veinticinco años desde que el tratado de Versalles de 1918 que puso fin a la Gran Guerra del Catorce y presumía de haber logrado poco menos que la paz perpetua. La paz de Versalles fue el prólogo de una nueva guerra mundial.

En vísperas del derrumbe de las torres en el World Trade Centre se vivía con el optimismo del "Fin de la Historia". Rusia había sido admitida al G-7 tres años antes (sería expulsada tras la anexión de Crimea en 2014). Con el cambio de siglo once países europeos habían lanzado una moneda común para transacciones electrónicas. Y, tras arduas negociaciones, China estaba a punto de ser recibida en la Organización Mundial del Comercio.

Esas mismas torres aniquiladas en lo que pasaría a llamarse el Ground Zero de la ciudad de los rascacielos habían simbolizado la ilimitada confianza en los mercados internacionales y en la globalización.

Hoy estamos otra vez rearmándonos al reconocer que viejos enemigos se han quitado la careta y han perfeccionado lo que hemos dado en llamar "guerras híbridas". Y como es natural empuñamos distintos artilugios bélicos y ensayamos estrategias dispares para utilizarlos. Pero, a pesar de ello, nos sentimos tan inseguros como ya lo estuvimos en esa chata y deshonesta década que fue las de los treinta en el siglo pasado. O más inseguros porque la angustia acompaña la irrupción de una inteligencia que es artificial.

El hecho es que nos sentimos más amenazados que en 2001 porque estamos menos unidos. No seguimos igual sino que seguimos peor. Repetimos errores que no hemos olvidado y de los cuales no hemos sabido aprender.

Nueva era o fenómeno familiar

Por lo tanto, ¿aquella pavorosa embestida de al-Qaeda inició una era que se distancia de las anteriores o, pese a su espectacularidad, fue un fenómeno familiar que no pasó de ser otro asalto en el perenne duelo a garrotazos? Si es lo primero, si esta vez se está ante retos que son de otro orden, es porque la sociedad abierta tiene hoy muchos más enemigos que los tuvo en aquel Nine/Eleven, el once de septiembre de 2001. Entonces odiaban a Estados Unidos los regímenes de siempre: Rusia, China, Corea del Norte, los islamistas y, además, los bolivarianos que eran nuevos en la plaza. Siempre han detestado la libertad, la pluralidad de opiniones, la responsabilidad individual, el estado de derecho, la independencia judicial y la división de poderes. Y a la propiedad privada. La propiedad solo puede estar en manos del tirano y de sus apparátchiks.

Hoy hay cada vez más gobiernos totalitarios, arbitrarios o, cínicamente iliberales que son dirigidos por "hombres fuertes" que reniegan de esos principios y valores. Los sondeos y las encuestas valdrán lo que valdrán pero las más respetadas constatan que las Democracias Liberales se baten en retirada.

En Europa ha fracasado el sistema bipartidista y de la alternancia en el poder que engastaban las conductas y el decoro liberal. Los parlamentos están fragmentados, las coaliciones gobernantes son frágiles y los pueblos están polarizados por bloques enfrentados. Y, a la vez, se ha fracturado ese pacto transatlántico, ese entendimiento amistoso de la pos Segunda Guerra Mundial. Esto es sumamente grave. Se miran frente a frente con creciente recelo quienes antes miraban en la misma dirección.

Llegado 2026 escasean gentes ilustradas que en 2001 admiraban esa ilusionante Democracia Liberal que hace doscientos cincuenta años elaboraron los padres fundadores de la nueva república de Estados Unidos. Hoy queda ya muy poco de aquel entusiasmo y el que más y el que menos se revuelve contra el poder del hegemón en la otra orilla del océano.

Tras el Nine/Eleven el presidente George Bush invocó el Artículo Cinco de la OTAN y con el acuerdo de sus aliados declaró la Guerra al Terrorismo. Se bombardearían los refugios de al-Qaeda en Afganistán, más tarde se invadiría el estado fallido, y se derrocaría el régimen de Sadam Husein en Irak que financiaba la yihad y convirtió el país en otro estado malogrado más.

¿A quién ataca hoy EEUU?

Veinticinco años después los aliados de Estados Unidos no tienen tan claro a quién y porqué dispara el presidente Donald Trump, sea con misiles o con aranceles. Lo que sí saben es que el terrorismo yihadista no ha sido vencido, que Trump se entiende mejor con Vladímir Putin que con Volodímir Zelenski y que Estados Unidos no cuenta con ellos.

Si se recurre a los sondeos y a las encuestas se constata que el sentir es que quien más agrede la paz mundial no es Moscú, ni Beijing ni cualquiera régimen sujeto al campo clientelar de ambos. Es Washington. Y en respuesta a esta animadversión y desconfianza que genera Estados Unidos, la Casa Blanca de Trump desprecia a quienes hace veinticinco años tanto admiraban a un gobierno que se decía ser "del pueblo, para el pueblo y para el pueblo".

Los trumpianos demandan una obediencia ciega a su jefe y regañan a sus aliados de la OTAN y a los socios que agrupa Bruselas. Lo más extravagante es que se quedan tan frescos diciendo que el Viejo Continente ha entrado en fase terminal y que se enfrenta al finiquito de su civilización.

La mesiánica doctrina trumpiana es que la decadente y viejuna Europa tiene un enemigo interno que le corroe. Está infectada por el wokismo, la inmigración, el buenismo de los débiles, las políticas públicas intrusivas, las ecológicas y las de género. Putin lo tiene muy claro. Según él la Democracia Liberal es "obsoleta" y lo cree a pies juntillas. Si se escucha lo que se dice en el mundo de Trump a Europa solo la puede salvar una derecha "patriótica" como la AfD, la Alternativa por Alemania, cuyo ascenso electoral hace sonar todas las alarmas no solo en la izquierda europea sino en la conservadora, la democristiana y la liberal. Lo que se cuece en el país de los teutones es todo un aldabonazo. En Moscú ya pueden replicar las campanas. El Kremlin se puede entender perfectamente con la AfD. Y se entenderá, de eso no cabe duda, con Trump.

Reconstruir las 110 plantas de cada una de las Torres no es difícil. Sí lo es, y mucho, recuperar la confianza en la Democracia Liberal.

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Fuente original: Leer en Expansión
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