LA TRIBUNA
El año del hambreLa historia y la realidad reflejan que la cooperación internacional es una de las políticas públicas más eficientes para proteger a los niños y a los más vulnerables
Regala esta noticia (AFP)MARÍA ÁNGELES ESPINOSAPRESIDENTA DE UNICEF ESPAÑA
PRESIDENTA DE UNICEF ESPAÑA
07/05/2026 a las 02:00h.El año del hambre de Madrid' es un cuadro de José Aparicio (1770-1838) que se expone desde hace unos días en una de las ... salas más espectaculares del madrileño Museo del Prado. Se trata de un impresionante lienzo, más grande que 'Las Meninas' de Velázquez, que recuerda la hambruna que sufrió Madrid entre 1811 y 1812. Es un cuadro crudo, incómodo, imposible de mirar con distancia. Muestra cuerpos agotados, miradas perdidas, infancia sin infancia, muerte. Es una escena del pasado remoto, pero también una realidad actual en muchos rincones del mundo.
En una sola generación, la humanidad ha logrado algo que parecía imposible: reducir la mortalidad infantil global en un 60 %. Este progreso histórico no ha sido fruto del azar ni de la inercia económica. Es el resultado directo de decisiones políticas, financiación sostenida y cooperación internacional eficaz. Un pacto solidario y colectivo para defender los derechos de la infancia.
La actual crisis de la ayuda no es sólo de financiación, sino de principios y valores a nivel global
Desde 1990, el mundo ha vivido, gracias a la cooperación, avances sin precedentes en derechos de la infancia. Más de 154 millones de muertes infantiles han sido evitadas gracias, en gran medida, a los programas de vacunación sostenidos durante medio siglo. En los últimos 25 años, más de 1.200 millones de niños y niñas en países de bajos ingresos han sido protegidos frente a enfermedades prevenibles.
La educación ha seguido una trayectoria similar. A principios de siglo, unos 390 millones de niños y niñas estaban fuera de la escuela. Hoy esa cifra se ha reducido en un 40 %, hasta los 244 millones. Junto a ello, se han evitado más de 60 millones de matrimonios infantiles y unos 2.000 millones de personas han accedido por primera vez a agua potable.
Detrás de cada uno de estos datos hay algo más que un indicador estadístico: hay derechos cumplidos. El derecho a la vida, a la salud, a la educación, a la protección. Derechos que los Estados, entre ellos España, han suscrito y ratificado. Y cuya materialización depende, en gran medida, de la cooperación internacional.
Ese progreso, sin embargo, no es irreversible. El mundo atraviesa el momento más crítico para la infancia global desde hace generaciones. En 2025, la Ayuda Oficial al Desarrollo conjunta de 32 de los 38 países de la OCDE cayó un 23 % respecto al año anterior. Es la mayor contracción anual jamás registrada y el segundo año consecutivo de descenso, con niveles equivalentes a los de 2015. Cinco países -Alemania, Estados Unidos, Reino Unido, Japón y Francia- concentran el 95 % de los recortes, y las previsiones para 2026 anticipan una nueva caída adicional, mientras se acumulan crisis humanitarias, conflictos armados y catástrofes naturales derivadas del impacto del cambio climático.
Las consecuencias ya son visibles. Este recorte ha obligado al cierre de clínicas, a la interrupción de campañas de vacunación y a la reducción de personal sanitario en los países más vulnerables. De mantenerse esta tendencia, podrían producirse hasta 22,6 millones de muertes adicionales de aquí a 2030, incluyendo 5,4 millones de niños y niñas menores de cinco años. También peligran avances clave en protección. La reducción del matrimonio infantil -que ha pasado de afectar a una de cada cuatro niñas a una de cada cinco- podría estancarse o revertirse.
En este escenario global de repliegue, es obligado apuntarlo, España destaca como una excepción relevante. En 2025, la Ayuda Oficial al Desarrollo española superó los 4.550 millones de euros, situándose en torno al 0,28 % de la Renta Nacional Bruta. Aún lejos del objetivo del 0,7 % comprometido para 2030, pero en una senda opuesta a la de muchos grandes donantes.
La historia y la realidad reflejan que la cooperación internacional es una de las políticas públicas más eficientes en términos de coste-beneficio. Cada euro invertido en vacunación retorna 54 euros en beneficios sanitarios y económicos. Cada euro destinado a educación incrementa el PIB en una media de 20 euros, y cada año adicional de escolarización eleva los ingresos futuros en un 10 %.
La actual crisis de la ayuda no es sólo una crisis de financiación, que también, sino una crisis de principios y valores a nivel global. Apostar por la ayuda al desarrollo es promover una sociedad donde la solidaridad, la humanidad, el apoyo a los más vulnerables y el respeto a los derechos humanos importan, y definen quiénes somos y cómo nos posicionamos ante la violencia, la injusticia y las desigualdades.
Olvidarlo es asumir que la desigualdad es un destino inevitable, cuando es, ante todo, un reto que nos pertenece a todos. Recordarlo es reafirmar que la solidaridad no entiende de fronteras y que invertir en dignidad humana es la forma más profunda de construir un mundo más justo para todos.
Hoy, más que nunca, invertir en infancia es una responsabilidad histórica. Si la cooperación se debilita, el progreso se detiene. Y cuando el progreso se detiene, el hambre -como el que refleja el lienzo de Aparicio en el Museo del Prado- vuelve a ocupar el centro de la escena.
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