El agua con gas es una de esas opciones 'raras' que hay en la carta de bebidas que poca gente consume en nuestro entorno, pero poco a poco está ganando protagonismo en el campo dietético. Todo gracias a una reciente publicación científica que apuntaba a sus beneficios para poder bajar de peso con su consumo, aunque hay bastante letra pequeña bajo esta premisa.
El estudio. El epicentro de esta nueva ola de entusiasmo está puesto en un estudio publicado en BMJ Nutrition donde se plantea una hipótesis fascinante: el dióxido de carbono disuelto en el agua podría aumentar la glucólisis en el organismo. Un proceso que básicamente lo que hace es 'romper' el azúcar que tenemos en nuestras células para obtener energía. De esta manera, estaríamos reduciendo uno de los componentes que da pie a la 'odiada' grasa que queremos evitar.
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¿Cómo? Tomar agua con gas y que pase esto no es algo a priori demasiado 'normal'. La ciencia apunta a que, al consumir agua carbonatada, el CO₂ que da lugar a esas burbujas que vemos en su superficie pasa al torrente sanguíneo, donde podría estimular a nuestros glóbulos rojos para que gasten más glucosa y por ende, no se acumule en forma de grasa.
Sobre el papel, suena a música para los oídos de quien busca perder peso: beber agua para quemar azúcar.
Hay letra pequeña. El propio estudio es un reporte breve y la comunidad científica ha sido rápida en matizarlo: aunque el mecanismo exista, el efecto aislado es demasiado pequeño para producir un adelgazamiento "milagroso" solo por beber agua. De esta manera, no estamos ante un gran 'quemagrasa', sino ante una curiosidad metabólica que difícilmente se notará en la báscula si no se acompaña de otros cambios.
El verdadero truco. Si el agua con gas no "quema" calorías de forma mágica, ¿por qué muchos nutricionistas insisten en que ayuda a controlar el peso? La respuesta no está en el metabolismo, sino en la mecánica de fluidos y la saciedad.
Esto no es algo novedoso, sino que ya en estudios de 2008 se mostraba que las bebidas carbonatas tenían un impacto directo en el estómago. El primero de los efectos se centra en la distensión del estómago, puesto que el gas ocupa volumen. De esta manera, al beber agua con gas, se produce una mayor distensión de la parte 'superior' del estómago en comparación con el agua normal. Esto hace que nos llenemos más rápido y no queramos seguir comiendo.
Hay más. Pero más allá de llenarnos más rápido, esta distensión envía señales de saciedad al cerebro a través del nervio vago. Es por ello que las burbujas "engañan" al estómago, haciéndole creer que está más lleno de lo que de verdad está. De esta manera, el cerebro interpreta que está lleno e inhibe nuestras ganas de seguir comiendo gracias a la inhibición química.
Investigaciones japonesas sobre estimulación oral con CO₂ sugieren que esta sensación de plenitud puede reducir la ingesta de alimentos posterior, aunque el efecto es modesto y a corto plazo.
El factor de sustitución. El argumento más fuerte a favor del agua con gas no tiene nada que ver con el CO₂ ni con la motilidad gástrica, sino con la conducta. Esto es precisamente a lo que apuntaba un metaanálisis de McGlynn que revisó qué ocurre cuando sustituimos bebidas azucaradas por opciones sin calorías.
Los resultados en este caso son bastante claros: sustituir el refresco de cola o el zumo envasado por agua (con o sin gas) reduce el peso, el IMC y la grasa corporal. Y aquí es donde el agua con gas brilla como herramienta de sustitución, puesto que para muchas personas acostumbradas a la "agresividad" sensorial de un refresco carbonatado, el agua plana es aburrida.
En Xataka
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Y su impacto. El agua con gas ofrece esa estimulación oral, con el querido picor de las burbujas, sin el "peaje" de las calorías vacías. Si el agua con gas te ayuda a dejar los refrescos azucarados, ese es el impacto clínico relevante, no el hecho de que el gas acelere la quema de azúcares que hemos tomado previamente.
No es para todo el mundo. Aunque las guías de hidratación indican que el agua con gas hidrata exactamente igual que el agua normal, no es para todo el mundo. Ese mismo mecanismo que ayuda a la saciedad (la distensión gástrica) es el enemigo número uno para ciertos perfiles clínicos, como por ejemplo para quien tiene reflujo gastroesofágico o el síndrome de intestino irritable. Aquí, aumentar la presión del sistema digestivo puede agravar estas enfermedades.
Imágenes | Anja Michal Jarmoluk
En Xataka | El mito de los "dos litros de agua al día" se derrumba: un error de 1945 que la ciencia ahora trata de corregir
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La noticia
El agua con gas tiene un "secreto" para perder peso. Y no tiene nada que ver con sus propiedades nutricionales
fue publicada originalmente en
Xataka
por
José A. Lizana
.
El agua con gas tiene un "secreto" para perder peso. Y no tiene nada que ver con sus propiedades nutricionales
El agua con gas tiene algunas propiedades que cuentan con una letra pequeña de la que algunos se olvidan
El agua con gas es una de esas opciones 'raras' que hay en la carta de bebidas que poca gente consume en nuestro entorno, pero poco a poco está ganando protagonismo en el campo dietético. Todo gracias a una reciente publicación científica que apuntaba a sus beneficios para poder bajar de peso con su consumo, aunque hay bastante letra pequeña bajo esta premisa.
El estudio. El epicentro de esta nueva ola de entusiasmo está puesto en un estudio publicado en BMJ Nutrition donde se plantea una hipótesis fascinante: el dióxido de carbono disuelto en el agua podría aumentar la glucólisis en el organismo. Un proceso que básicamente lo que hace es 'romper' el azúcar que tenemos en nuestras células para obtener energía. De esta manera, estaríamos reduciendo uno de los componentes que da pie a la 'odiada' grasa que queremos evitar.
¿Cómo? Tomar agua con gas y que pase esto no es algo a priori demasiado 'normal'. La ciencia apunta a que, al consumir agua carbonatada, el CO₂ que da lugar a esas burbujas que vemos en su superficie pasa al torrente sanguíneo, donde podría estimular a nuestros glóbulos rojos para que gasten más glucosa y por ende, no se acumule en forma de grasa.
Sobre el papel, suena a música para los oídos de quien busca perder peso: beber agua para quemar azúcar.
Hay letra pequeña. El propio estudio es un reporte breve y la comunidad científica ha sido rápida en matizarlo: aunque el mecanismo exista, el efecto aislado es demasiado pequeño para producir un adelgazamiento "milagroso" solo por beber agua. De esta manera, no estamos ante un gran 'quemagrasa', sino ante una curiosidad metabólica que difícilmente se notará en la báscula si no se acompaña de otros cambios.
El verdadero truco. Si el agua con gas no "quema" calorías de forma mágica, ¿por qué muchos nutricionistas insisten en que ayuda a controlar el peso? La respuesta no está en el metabolismo, sino en la mecánica de fluidos y la saciedad.
Esto no es algo novedoso, sino que ya en estudios de 2008 se mostraba que las bebidas carbonatas tenían un impacto directo en el estómago. El primero de los efectos se centra en la distensión del estómago, puesto que el gas ocupa volumen. De esta manera, al beber agua con gas, se produce una mayor distensión de la parte 'superior' del estómago en comparación con el agua normal. Esto hace que nos llenemos más rápido y no queramos seguir comiendo.
Hay más. Pero más allá de llenarnos más rápido, esta distensión envía señales de saciedad al cerebro a través del nervio vago. Es por ello que las burbujas "engañan" al estómago, haciéndole creer que está más lleno de lo que de verdad está. De esta manera, el cerebro interpreta que está lleno e inhibe nuestras ganas de seguir comiendo gracias a la inhibición química.
Investigaciones japonesas sobre estimulación oral con CO₂ sugieren que esta sensación de plenitud puede reducir la ingesta de alimentos posterior, aunque el efecto es modesto y a corto plazo.
El factor de sustitución. El argumento más fuerte a favor del agua con gas no tiene nada que ver con el CO₂ ni con la motilidad gástrica, sino con la conducta. Esto es precisamente a lo que apuntaba un metaanálisis de McGlynn que revisó qué ocurre cuando sustituimos bebidas azucaradas por opciones sin calorías.
Los resultados en este caso son bastante claros: sustituir el refresco de cola o el zumo envasado por agua (con o sin gas) reduce el peso, el IMC y la grasa corporal. Y aquí es donde el agua con gas brilla como herramienta de sustitución, puesto que para muchas personas acostumbradas a la "agresividad" sensorial de un refresco carbonatado, el agua plana es aburrida.
Y su impacto. El agua con gas ofrece esa estimulación oral, con el querido picor de las burbujas, sin el "peaje" de las calorías vacías. Si el agua con gas te ayuda a dejar los refrescos azucarados, ese es el impacto clínico relevante, no el hecho de que el gas acelere la quema de azúcares que hemos tomado previamente.
No es para todo el mundo. Aunque las guías de hidratación indican que el agua con gas hidrata exactamente igual que el agua normal, no es para todo el mundo. Ese mismo mecanismo que ayuda a la saciedad (la distensión gástrica) es el enemigo número uno para ciertos perfiles clínicos, como por ejemplo para quien tiene reflujo gastroesofágico o el síndrome de intestino irritable. Aquí, aumentar la presión del sistema digestivo puede agravar estas enfermedades.