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El apocalipsis laboral: una historia (muy) breve

El apocalipsis laboral: una historia (muy) breve
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El desempleo masivo provocado por la IA no tendría precedentes
El apocalipsis laboral: una historia (muy) breve

El desempleo masivo provocado por la IA no tendría precedentes

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The Economist

25/05/2026 Actualizado a las 02:14h.

En ningún momento de la historia de las encuestas los estadounidenses se han mostrado menos optimistas sobre sus perspectivas laborales a largo plazo. Según una ... encuesta, la persona media cree que tiene un 22% de probabilidades de perder su trabajo en los próximos cinco años, una cifra superior incluso a la registrada durante la crisis financiera mundial de 2007 a 2009. La causa de este pesimismo es la inteligencia artificial. Casi uno de cada cinco trabajadores estadounidenses declaró recientemente a otra empresa de sondeos que es «muy» o «algo» probable que la IA o la automatización les sustituyan.

Los economistas, para variar, son mucho menos pesimistas. Son alérgicos a la «falacia de la masa de trabajo», que trata el mercado laboral como algo estático y de suma cero. Si la tecnología desplaza a los trabajadores de algunas ocupaciones, argumentan, enriquece a otros, que luego gastan sus ganancias en bienes y servicios que crean empleo.

El mercado laboral ciertamente aún no se está resquebrajando. La proporción de la población en edad de trabajar de la OCDE con trabajo sigue batiendo récords, el desempleo en el club de países en su mayoría ricos es de apenas el 5% y Estados Unidos emplea a más personas que nunca en sectores «expuestos a la IA», como el derecho. Los titulados estadounidenses llevan pasando apuros desde antes de que OpenAI lanzara ChatGPT a finales de 2022. Muchos economistas prevén relativamente pocas perturbaciones en el futuro. Los responsables de la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos creen que el país creará 5,2 millones de puestos de trabajo entre 2024 y 2034, lo que supondrá un aumento del empleo total del 3%.

Los avances en las capacidades de la IA podrían dejar obsoletos los datos actuales y las extrapolaciones derivadas de ellos. Sin embargo, si esto ocurriera y la IA realmente dejara sin trabajo a millones de personas, sería algo sin precedentes en la historia de la humanidad. Nunca antes las nuevas tecnologías se han extendido con la rapidez suficiente como para dejar a un gran número de personas en el paro durante un largo periodo. Entender por qué puede arrojar luz sobre en qué aspectos esta vez es —y no es— diferente.

Teconolgía disruptiva, efectos graduales

Los datos históricos sugieren que la difusión tecnológica siempre avanza lentamente. En un artículo publicado en 2012, Robert Gordon, de la Universidad Northwestern, descubrió que, desde 1300, el crecimiento del PIB per cápita en la que fuera la economía más sofisticada del mundo en cada época nunca ha superado aproximadamente el 2,5% anual. Cuando otros países crecieron más rápido que a este ritmo, lo hicieron al ponerse al nivel de un lugar más rico que, casi por definición, había impulsado antes el progreso tecnológico generador de riqueza. Además, el hecho de que el crecimiento en la vanguardia de la innovación fuera más lento significaba que también lo era el ritmo de destrucción de puestos de trabajo.

Tomemos como ejemplo la agricultura. Aunque ha experimentado cambios tecnológicos monumentales a lo largo del último milenio, el empleo agrícola solo ha cambiado lentamente. La proporción de la población activa inglesa dedicada a la agricultura ha ido disminuyendo de forma constante desde el siglo XVI sin llegar a desplomarse de forma repentina. El tractor tal y como lo conocemos hoy en día se inventó en Estados Unidos a principios del siglo XX, y la disminución de la mano de obra agrícola llevó generaciones, en lugar de años.

El tractor se inventó en EE.UU. a principios del siglo XX, y la disminución de la mano de obra agrícola llevó generaciones, en lugar de años

Incluso cuando la disrupción laboral es más rápida, los trabajadores no tienen por qué sufrir. A mediados del siglo XX, los primeros ordenadores, los contenedores de transporte y otras maravillas llevaron a Harold Wilson, primer ministro británico, a describir el «calor blanco de la tecnología» que se extendía por las economías occidentales. El PIB per cápita en Estados Unidos, que para entonces había desbancado al Reino Unido como economía de vanguardia mundial, crecía un 2,5% al año, el ritmo más rápido jamás registrado para una potencia económica líder. El nivel de disrupción laboral, medido por la proporción de empleo que se desplazaba entre sectores u ocupaciones, fue en ocasiones más del doble de lo que es hoy. Sin embargo, mucha gente recuerda con nostalgia aquella época como un tiempo de salarios al alza, oportunidades cada vez mayores y una política sin polarización.

Un ejemplo de cambio tecnológico se ha hecho famoso: la Revolución Industrial en el Reino Unido del siglo XIX. Según algunas fuentes, supuso una terrible perturbación para los trabajadores. Los inventos de James Watt en la década de 1760-1780 hicieron que las máquinas de vapor fueran lo suficientemente eficientes como para potenciar las fábricas. Esto condujo a un periodo de vertiginoso crecimiento económico que pareció coincidir con el estancamiento de los salarios ajustados por la inflación. Entre 1790 y 1840 estos apenas variaron, incluso cuando los capitalistas obtenían enormes beneficios.

La falacia de la 'pausa de Engels'

Los 'líderes intelectuales' actuales de Silicon Valley suelen invocar esta «pausa». Se asocia a Friedrich Engels, un heredero capitalista convertido en comunista que la describió en 'La situación de la clase obrera en Inglaterra', su relato sobre los barrios marginales de Mánchester en la década de 1840. Sin embargo, estudios recientes ponen en duda que la 'pausa de Engels' sea un modelo útil para lo que la IA pueda deparar a los trabajadores.

La composición del empleo británico experimentó pocos cambios hasta la década de 1850, y desde entonces solo en la misma medida que hoy en día. Además, si la tecnología destruyó puestos de trabajo, creó muchos más. Entre 1760 y 1860, el número de británicos con empleo se disparó de 4,5 a 12 millones. El desempleo se mantuvo, en general, en niveles modestos.

El crecimiento salarial fue, en efecto, lento durante la 'pausa de Engels', pero no más lento que en el medio siglo anterior. Esta evolución reflejó el lento crecimiento de la productividad en los primeros años de la Revolución Industrial, que a su vez era consecuencia de la difusión paulatina de los avances tecnológicos de Watt. En 1830 solo se utilizaban unos 160.000 caballos de potencia en toda Gran Bretaña, lo que equivale a 1.000 coches modernos típicos. Dado el rápido crecimiento demográfico de la época, es un «logro verdaderamente notable» que el poder adquisitivo de los trabajadores creciera, como señaló Sir Tony Wrigley, un difunto demógrafo británico. Parece aún más notable si se ajustan los salarios no según el índice de precios al consumo, como suelen hacer los historiadores, sino según el precio medio de la producción nacional, el 'deflactor del PIB'.

Los villanos de la Revolución Industrial fueron los políticos, no las máquinas

La diferencia entre las dos medidas de los salarios reales ilustra un punto crucial sobre la Revolución Industrial. El empresario medio pagaba a los trabajadores de forma razonablemente justa tras vender sus productos y deducir el coste de los materiales. No se lucraba explotando a su personal, como suponía Engels. El problema para los trabajadores no era tanto la remuneración injusta como los fuertes aumentos del coste de la vida. Los precios de los alimentos subían de forma constante, y a veces se disparaban, debido a la guerra y a los elevados aranceles a las importaciones de cereales. Los villanos de la Revolución Industrial fueron los políticos, no las máquinas.

Esto arroja una luz diferente sobre el malestar industrial de la época. A principios del siglo XIX, los trabajadores textiles se rebelaron y destruyeron los telares mecánicos que, según ellos, acabarían con su oficio. Unos años más tarde, los jornaleros destrozaron las trilladoras en todo el sur de Inglaterra. Los historiadores vinculan ese malestar a la disrupción tecnológica, pero las huelgas y los actos de vandalismo son tan antiguos como el tiempo. En Inglaterra, los disturbios fueron menos frecuentes a principios del siglo XIX —en medio de la pausa de Engels— que a finales de siglo, cuando los salarios reales crecían con fuerza. Los cartistas, que consiguieron el sufragio y otros derechos para los trabajadores, no ganaron terreno hasta que el crecimiento salarial se reactivó en la década de 1840.

Si se avecina una disrupción, será una recesión

Nicholas Crafts, historiador económico, lo resumió con claridad. La Revolución Industrial, escribió, «no es un modelo» para «un cambio tecnológico que [impulse] la productividad a costa de una significativa… disminución de la participación del trabajo en la renta nacional». En resumen, quienes advierten del desempleo masivo impulsado por la IA están prediciendo algo que nunca ha ocurrido antes.

Esto no significa que nunca pueda suceder. Las primeras señales serían un fuerte aumento de la productividad combinado con un débil crecimiento de los salarios reales en Estados Unidos, la economía de vanguardia del mundo. Una evolución así se traduciría en un aumento del PIB per cápita, por encima del techo del 2,5% establecido por Gordon, y un salto simultáneo en los beneficios empresariales, lo que reflejaría que las ganancias derivadas del mayor volumen de producción fluyen hacia el capital, no hacia el trabajo. Otra señal sería una gran pérdida de puestos de trabajo en muchos sectores.

La historia nos ofrece una última lección. Si se avecina una disrupción, se manifestará en forma de recesión. Las recesiones depuran la economía de los puestos de trabajo improductivos. Las empresas deben realizar cambios radicales para sobrevivir; las empresas débiles quiebran; el capital y la mano de obra se desplazan hacia las más productivas. Casi todos los empleos que antes eran habituales en Estados Unidos han desaparecido durante las recesiones pasadas. Los que desaparezcan la próxima vez ofrecerán una gran pista. Hasta entonces, nadie —incluidos Amodei, Gates y Altman— sabrá nada más sobre la forma que adoptará el mundo de la IA en el futuro.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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