Cuando hablamos de estados aislados y sancionados, un enclave suele emerger en la conversación en algún momento. Corea del Norte tiene todas las papeletas para engrosar esa lista de naciones con dudosa calificación. Y, sin embargo, tras el ataque de Washington a Caracas, una idea se repite con insistencia: esto no le hubiera ocurrido a Pyongyang.
Esa idea incómoda. Sí, tras el ataque, una frase se está repitiendo en los análisis, tertulias y redes:“Esto a Corea del Norte no le habría pasado”. No es una consigna ideológica ni una provocación gratuita, sino una constatación casi empírica que apunta al corazón del sistema internacional real, no al que se enseña en los manuales.
La razón: Venezuela carece de armas nucleares, y Corea del Norte posee misiles balísticos intercontinentales armados con cabezas nucleares capaces de alcanzar territorio estadounidense. Esa diferencia, por sí sola, explica mucho más que décadas de resoluciones, tratados y declaraciones solemnes sobre soberanía, legalidad y orden mundial.
En Xataka
Ni drones ni cazas ni soldados de élite: EEUU entró en Venezuela disfrazando de tecnología una táctica del s. XIX
La legalidad internacional como relato. Ocurre que la operación contra Venezuela ha sido calificada por juristas y organismos internacionales como una violación flagrante del derecho internacional. Sin embargo, esa condena no ha tenido (ni parece que vaya a tener) consecuencias prácticas. No ha detenido la operación, ni revertido sus efectos ni impuesto costes reales al actor que la ejecutó.
Desde ese prisma, no es una anomalía del sistema, es, más bien, su funcionamiento normal. La legalidad internacional nunca ha sido un mecanismo coercitivo independiente, sino un marco normativo cuya eficacia depende, en última instancia, del equilibrio de poder. Cuando ese equilibrio no existe, el derecho queda reducido a un lenguaje moral que acompaña a los hechos, pero no los condiciona.
Disuasión nuclear: la frontera. El contraste con Corea del Norte es revelador. Hablamos de una nación capaz de lanzar misiles simplemente porque el “vecino” visita China. Pyongyang es un Estado aislado, sancionado, con un historial de violaciones de derechos humanos y resoluciones de la ONU en su contra mucho más extenso que el venezolano. Y, sin embargo, nadie plantea seriamente una operación militar directa para capturar a su líder o imponer un cambio de régimen por la fuerza.
La razón es meridianamente simple: Corea del Norte puede responder con eso que llamamos escalada nuclear. En ese sentido, la disuasión no garantiza paz ni justicia, qué duda cabe, pero sí garantiza supervivencia. En el sistema internacional real, el arma nuclear funciona como el único seguro de vida plenamente reconocido.
Irán y Venezuela. La situación de Irán encaja en la misma lógica. Teherán lleva años acercándose al umbral nuclear, consciente de que Libia, Irak o Venezuela muestran el destino de los Estados que renuncian (o no llegan a tiempo) a ese tipo de disuasión.
Mientras Irán no cruce definitivamente esa línea, permanece expuesto a ataques limitados, sabotajes, asesinatos selectivos y presión militar indirecta. Venezuela, sin programa nuclear ni paraguas de disuasión creíble, ha demostrado ser aún más vulnerable: no solo a sanciones o presiones, sino a una intervención directa diseñada para “extirpar” al liderazgo político, tal y como ha ocurrido.
El Tratado de No Proliferación. El Tratado de No Proliferación Nuclear nació con una promesa implícita: los Estados que renunciaran al arma nuclear obtendrían seguridad colectiva y respeto a su soberanía. ¿Qué pasa? Que la realidad ha desmentido esa promesa una y otra vez. Al menos hasta ahora, ningún Estado no nuclear ha sido defendido militarmente por el sistema internacional frente a una gran potencia decidida a actuar.
Por el contrario, los Estados que han logrado dotarse de disuasión nuclear (desde Corea del Norte hasta Pakistán) han asegurado su inviolabilidad práctica, independientemente de su comportamiento interno o externo. El mensaje que extraen otros países parece evidente y profundamente desestabilizador: cumplir las normas no te protege, pero tener la maldita bomba, sí.
EEUU y la jerarquía real. Si se quiere también, la operación venezolana no inaugura esta lógica, pero la hace visible de forma casi pedagógica. Estados Unidos no ha actuado fuera del sistema internacional, sino por encima, desde su cúspide. Ha demostrado que la jerarquía global sigue siendo asimétrica y que la soberanía es condicional para quienes no pueden imponer un coste intolerable a un agresor.
Visto así, la comparación con Corea del Norte no es una provocación antioccidental, sino una lectura, a priori, realista de los hechos: la ley se aplica donde hay equilibrio, y donde no lo hay, manda la fuerza.
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Lo que no queremos decir. Así las cosas, la lección que deja el ataque a Venezuela es incómoda porque desmonta décadas de retórica, o casi. La legalidad internacional no ha desaparecido ahora, quizás porque nunca ha existido como un escudo autónomo. Siempre ha sido un reflejo del poder.
Y Corea del Norte no es intocable porque tenga razón, qué duda cabe, sino porque puede simplemente destruir. Venezuela no fue atacada porque sea más ilegítima, por supuesto, sino porque en ese sentido es más débil. Por eso Irán avanza hacia el umbral nuclear, porque ha aprendido esa lección observando a otros.
Que el sistema internacional no premia el cumplimiento, sino la capacidad de disuasión. Todo lo demás es relato.
Imagen | GoodFon, Gary Todd
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La noticia
El ataque a Venezuela ha recuperado una verdad incómoda: que a Corea del Norte no le hubiera pasado por una razón muy sencilla
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
.
El ataque a Venezuela ha recuperado una verdad incómoda: que a Corea del Norte no le hubiera pasado por una razón muy sencilla
La legalidad internacional no ha desaparecido ahora, porque posiblemente nunca ha existido como un escudo autónomo
Cuando hablamos de estados aislados y sancionados, un enclave suele emerger en la conversación en algún momento. Corea del Norte tiene todas las papeletas para engrosar esa lista de naciones con dudosa calificación. Y, sin embargo, tras el ataque de Washington a Caracas, una idea se repite con insistencia: esto no le hubiera ocurrido a Pyongyang.
Esa idea incómoda.Sí, tras el ataque, una frase se está repitiendo en los análisis, tertulias y redes:“Esto a Corea del Norte no le habría pasado”. No es una consigna ideológica ni una provocación gratuita, sino una constatación casi empírica que apunta al corazón del sistema internacional real, no al que se enseña en los manuales.
La razón: Venezuela carece de armas nucleares, y Corea del Norte posee misiles balísticos intercontinentales armados con cabezas nucleares capaces de alcanzar territorio estadounidense. Esa diferencia, por sí sola, explica mucho más que décadas de resoluciones, tratados y declaraciones solemnes sobre soberanía, legalidad y orden mundial.
La legalidad internacional como relato. Ocurre que la operación contra Venezuela ha sido calificada por juristas y organismos internacionales como una violación flagrante del derecho internacional. Sin embargo, esa condena no ha tenido (ni parece que vaya a tener) consecuencias prácticas. No ha detenido la operación, ni revertido sus efectos ni impuesto costes reales al actor que la ejecutó.
Desde ese prisma, no es una anomalía del sistema, es, más bien, su funcionamiento normal. La legalidad internacional nunca ha sido un mecanismo coercitivo independiente, sino un marco normativo cuya eficacia depende, en última instancia, del equilibrio de poder. Cuando ese equilibrio no existe, el derecho queda reducido a un lenguaje moral que acompaña a los hechos, pero no los condiciona.
Disuasión nuclear: la frontera. El contraste con Corea del Norte es revelador. Hablamos de una nación capaz de lanzar misiles simplemente porque el “vecino” visita China. Pyongyang es un Estado aislado, sancionado, con un historial de violaciones de derechos humanos y resoluciones de la ONU en su contra mucho más extenso que el venezolano. Y, sin embargo, nadie plantea seriamente una operación militar directa para capturar a su líder o imponer un cambio de régimen por la fuerza.
La razón es meridianamente simple: Corea del Norte puede responder con eso que llamamos escalada nuclear. En ese sentido, la disuasión no garantiza paz ni justicia, qué duda cabe, pero sí garantiza supervivencia. En el sistema internacional real, el arma nuclear funciona como el único seguro de vida plenamente reconocido.
Irán y Venezuela. La situación de Irán encaja en la misma lógica. Teherán lleva años acercándose al umbral nuclear, consciente de que Libia, Irak o Venezuela muestran el destino de los Estados que renuncian (o no llegan a tiempo) a ese tipo de disuasión.
Mientras Irán no cruce definitivamente esa línea, permanece expuesto a ataques limitados, sabotajes, asesinatos selectivos y presión militar indirecta. Venezuela, sin programa nuclear ni paraguas de disuasión creíble, ha demostrado ser aún más vulnerable: no solo a sanciones o presiones, sino a una intervención directa diseñada para “extirpar” al liderazgo político, tal y como ha ocurrido.
El Tratado de No Proliferación. El Tratado de No Proliferación Nuclear nació con una promesa implícita: los Estados que renunciaran al arma nuclear obtendrían seguridad colectiva y respeto a su soberanía. ¿Qué pasa? Que la realidad ha desmentido esa promesa una y otra vez. Al menos hasta ahora, ningún Estado no nuclear ha sido defendido militarmente por el sistema internacional frente a una gran potencia decidida a actuar.
Por el contrario, los Estados que han logrado dotarse de disuasión nuclear (desde Corea del Norte hasta Pakistán) han asegurado su inviolabilidad práctica, independientemente de su comportamiento interno o externo. El mensaje que extraen otros países parece evidente y profundamente desestabilizador: cumplir las normas no te protege, pero tener la maldita bomba, sí.
EEUU y la jerarquía real. Si se quiere también, la operación venezolana no inaugura esta lógica, pero la hace visible de forma casi pedagógica. Estados Unidos no ha actuado fuera del sistema internacional, sino por encima, desde su cúspide. Ha demostrado que la jerarquía global sigue siendo asimétrica y que la soberanía es condicional para quienes no pueden imponer un coste intolerable a un agresor.
Visto así, la comparación con Corea del Norte no es una provocación antioccidental, sino una lectura, a priori, realista de los hechos: la ley se aplica donde hay equilibrio, y donde no lo hay, manda la fuerza.
Lo que no queremos decir. Así las cosas, la lección que deja el ataque a Venezuela es incómoda porque desmonta décadas de retórica, o casi. La legalidad internacional no ha desaparecido ahora, quizás porque nunca ha existido como un escudo autónomo. Siempre ha sido un reflejo del poder.
Y Corea del Norte no es intocable porque tenga razón, qué duda cabe, sino porque puede simplemente destruir. Venezuela no fue atacada porque sea más ilegítima, por supuesto, sino porque en ese sentido es más débil. Por eso Irán avanza hacia el umbral nuclear, porque ha aprendido esa lección observando a otros.
Que el sistema internacional no premia el cumplimiento, sino la capacidad de disuasión. Todo lo demás es relato.